El retrato más crudo de la abogacía de élite: "Hay mucho infeliz sin pelotas u ovarios para dejarlo"
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Fue el socio más joven del sector

El retrato más crudo de la abogacía de élite: "Hay mucho infeliz sin pelotas u ovarios para dejarlo"

Javier Vasserot publica 'La condena de las élites', segundo libro de una saga autobiográfica que desnuda las vergüenzas de bufetes y 'big four'. "Ha gustado para hacer el 'Suits' español, pero me piden más sexo", asevera

Foto: Javier Vasserot, exabogado y autor de 'El juego de las élites'. (Cedida)
Javier Vasserot, exabogado y autor de 'El juego de las élites'. (Cedida)
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El sector legal español, y más concretamente el madrileño, ha tratado la primera novela de Javier Vasserot, 'El juego de las élites' (editorial Esdrújula, 2019), como una suerte de tabú. Muchos conocen de su existencia y no son pocos los que la han leído —incluso devorado, pues, a pesar de sus más de 400 páginas, se consume en apenas un par de días—, pero casi nadie la menta. Cuando uno se adentra en sus páginas y bucea en paralelo en la vida profesional de Vasserot (búsquenla en la prensa jurídica de la época, no en su perfil de LinkedIn), entiende rápidamente el porqué.

Vasserot fue el socio más joven de un gran despacho en España y uno de los socios directores más precoces. Dejó la abogacía de primer nivel con la idea de recoger en una novela algunas de las "crudas" experiencias que se llevaba de su paso por los bufetes, una potencial obra que creció hasta saga tras experimentar, en su siguiente etapa profesional, lo que era trabajar en una 'big four'. El segundo libro, que se lee con la misma agilidad que el primero, acaba de publicarse: 'La condena de las élites', de la editorial Kolima Books.

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Lo que eleva las obras de Vasserot a la categoría de tabú del sector es su plasmación literaria. Su autor ha optado por una semiautobiografía (a modo de 'El director', de David Jiménez) en la que, aunque la identidad de las firmas y sus compañeros aparece oculta bajo pseudónimo, los hechos son tan reales que no resulta demasiado difícil descubrir quién hay tras ellos para cualquier persona del entorno del mundo de los despachos; basta con investigar la trayectoria de Vasserot. Él tampoco lo oculta. Durante su entrevista con El Confidencial, no revela nombres de personas, pero menciona sin problemas el las de las firmas.

Su experiencia lo convierte en una voz autorizada. Tras estudiar en ICADE, ingresó en Uría Menéndez en 1996, despacho desde el que cuatro años más tarde saltó a Linklaters, que iniciaba su desembarco en España. Con 30 años, se incorporó como socio a la firma norteamericana Squire, Sanders & Dempsey, que poco después fue absorbida por DLA Piper. En 2006, se suma a Bird & Bird, bufete del que fue codirector, saltó a Linklaters, hasta que en 2010 sale para dirigir Olswang en España, organización de la que sale mal parado y tras la cual decide embarcarse en el mundo de la consultoría en PWC. "Mis novelas no son un ajuste de cuentas", asegura, pero tanto sus libros como sus palabras desprenden la decepción, la corrosión y el hastío propios de una gran vocación frustrada. Se comparta o no su ácida visión de la abogacía de élite, la lectura de los dos libros (y del que, ya anuncia, está por venir) se antoja imprescindible.

PREGUNTA. ¿Cuánto hay de Javier Vasserot en Bernardo, el protagonista de la saga? O, dicho de otro modo, ¿cuánto de autobiográficas son las novelas?

RESPUESTA. El primer libro, 'El juego de las élites', es muy autobiográfico. En 'La condena de las élites' el peso de la ficción es mayor. Todos los escritores tendemos a la autobiografía, porque trasponemos o proyectamos nuestra personalidad o manera de percibir las cosas. Pero, en mi caso, las anécdotas o cosas que suceden en 'El juego' son fieles a lo que he vivido. De hecho, la idea de la saga surge mientras estaba en Linklaters, cuando hablando con compañeros comentamos: "Lo que nos pasa da para escribir un libro", y ahí me decidí a escribir todas esas cosas. Es decir, hay mucho de Javier Vasserot y de su paso por los despachos en la primera parte. En la segunda, la personalidad sigue ahí, pero en los hechos hay una mayor dosis de ficción.

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Portada de 'La condena de las élites', de la editorial Kolima Books.

P. ¿Es tan descarnada la realidad que se vive en los despachos, llenos de celos, envidias, traiciones o ineficiencias, y en las 'big four', enterradas en burocracia, desorden y arbitrariedad presentada como meritocracia, o has acentuado esos rasgos para darle atractivo a la novela?

R. ¿Acentuar? Todo lo contrario, ¡he rebajado el tono! Tanto en 'El juego' como en 'La condena' podría haber sido mucho más incisivo y más ácido. Por eso me hace gracia cuando hay gente que se queja diciéndome que si me he pasado. Es al revés porque, de hecho, he intentado ser bastante elegante, por ejemplo, evitando contar actitudes que podían tener alguna implicación penal, que las he vivido. En todo caso, debo decir que los que han protestado son los menos. Creo que, en general, hay más sentido del humor del que parece y, aunque nos cueste hacer autocrítica a nosotros mismos, cuando alguien la hace por nosotros entonces decimos: "Es cierto, tiene razón". La realidad es así de descarnada, en efecto.

P. ¿Pero ha sido siempre así o ha evolucionado a peor en los últimos años?

R. Cuando empecé, en los 90, el mundo de los negocios era más pequeño y, por tanto, más vocacional. Ahora está todo hiperprofesionalizado y eso conduce a la burocracia y el funcionariado que vemos hoy en día. Se está tendiendo a la dictadura de la mediocridad, porque en las organizaciones prospera no quien realmente puede aportar más valor añadido, sino quien conoce mejor los resortes internos de la maquinaria. Las grandes corporaciones limitan la capacidad de hacer cosas nuevas y diferentes, y de aportarle valor al cliente. Y por eso, en una profesión tan vocacional como es la de abogado, vemos cada vez a más jóvenes frustrados.

"Se tiende a la dictadura de la mediocridad; no prospera quien aporta más valor, sino quien conoce los resortes de la maquinaria"

P. Hay dos escenas en 'La condena de las élites' que son llamativas. Una es el primer día de trabajo de Bernardo en la consultora, cuando tarda casi una hora en llegar al encuentro con su jefe de la cantidad de gente que hay entrando en el edificio a primera hora de la mañana. La segunda es su primera reunión de socios y directores, cuando a su jefe se le olvida presentarle a sus nuevos compañeros. ¿Deshumanizan estructuras tan grandes como son las 'big four' a los trabajadores?

R. Sí, los deshumanizan. Y no solo por el hecho de ser grandes, que también, porque el trabajador forma parte de una masa. Además, ocurre que, como la mayoría de socios no conocen otra cosa, porque llevan allí toda la vida, se acaban mimetizando con la estructura. Estas organizaciones son muy sectarias; son una especie de logia y lo que te intentan transmitir es que, una vez allí, formas parte de una familia. En esa mentalidad, lo importante no es el individuo, sino la organización. A nadie le importa el nuevo y si este puede aportar algo diferente. Ese es el segundo elemento deshumanizador que percibes cuando entras allí. Nadie se preocupa por sacar provecho de tus cualidades para darles el máximo recorrido; lo que esperan de ti es que te adaptes y prestes el servicio que necesita la organización sin salirte del carril.

P. El trabajador es solo una pieza más dentro de un gran engranaje...

R. Así se le trata. Además, todo se reduce a cifras muy estadísticas. A mí me llamaba la atención, por ejemplo, el famoso 'attrition rate' o índice de rozamiento. En PWC, por ejemplo, se decía: de cada cuatro consultores que entra, tres se van a ir antes de los tres años. Esa era una estadística que se daba por buena y a nadie parecía preocuparle que así fuera.

Foto: Foto: iStock.

P. ¿No se analizaba la razón por la cual había tantas salidas?

R. No. Es un coeficiente más. Eso ocurre así y nadie es capaz de ver un poco más allá y preguntarse: "¿Por qué existe un coeficiente de rozamiento?". Pasa lo mismo en los despachos. Recuerdo un comité ejecutivo de Olswang en el que teníamos que decidir si dábamos o no el bonus completo a los asociados sénior. Algunos socios proponían recortarlo un 10 o un 20% y yo planteé: "Si hacemos eso, ¿cuántos se nos van a ir?"; entonces me respondieron con el dichoso 'attrition rate'. Pero insistí: "Si ese número decide irse, vamos a tenerlos tres meses desmotivados, trabajando a medio gas, hasta que encuentren una salida. Después, tendremos que contratar a otros abogados, lo que supondrá pagarles una prima de fichaje, y esperar al menos tres meses más hasta que sean eficientes". Hice el cálculo rápidamente y esa operación nos salía cuatro veces más cara que pagar el bonus completo. Ahí es cuando te das cuenta de que este tipo de análisis no se hacen. Despachos y consultoras se sienten más cómodos dejando que las cosas funcionen 'como siempre' a pensar en hacerlas de manera diferente.

P. Pero ¿se pueden hacer las cosas diferente?

R. Claro. En PWC yo formaba parte del comité de selección —siempre he estado en él en todos los despachos—. Estábamos en proceso de fichar gente y me tocó entrevistar a un chico de Alicante, hijo de un ama de casa y de un guardia civil, que había sido ciclista profesional, miembro de la selección nacional sub-23. Se había sacado ingeniería con matrículas, pero no tenía ni idea de finanzas y tampoco hablaba inglés. Cuando pusimos en común los perfiles, mis compañeros me dijeron que no valía porque ni sabía inglés ni había hecho bien el caso práctico. Yo respondí: "Normal que no sepa de finanzas, en su casa no ha oído hablar de la bolsa en su vida. Pero un chaval que está en la selección sub-23 de ciclismo tiene una capacidad de sacrificio brutal". Finalmente, lo fichamos porque yo me empeñé y, después de tres años en PWC, se ha ido a un fondo de inversión y le va fenomenal. Claro, ¡es que ese era el brillante! Pero no, prefieren al tipo estándar. Ese es el paradigma de la deshumanización.

placeholder Imagen del complejo de las Cuatro Torres, en Madrid.
Imagen del complejo de las Cuatro Torres, en Madrid.

P. Una imagen que, no sé si es metafórica o real, es el frío que pasa Bernardo en su despacho en la consultora. ¿Es representativo de lo que siente un abogado cuando da el salto de un despacho a una 'big four'?

R. Ese frío tiene una parte real —ciertamente, pasé mucho frío en PWC, de hecho, llevaba siempre una bufanda puesta en el cuello—, pero también es simbólico. Los despachos, con todos sus defectos, son organizaciones más familiares, en donde todo el mundo sabe quién eres. Cuando entras en una 'big four', en cambio, te invade una gran sensación de desamparo. De hecho, a mi madre imaginarme allí pasando frío y solo fue la parte que más pena le dio de 'La condena'. Mi sensación es que si no fueras a trabajar, nadie se enteraría. Nadie sabe de qué te ocupas, ni qué estás haciendo. Nadie hace por integrarte. ¡Y eso que yo entré como una figura supersénior!

P. En 'La condena de las élites' también destripa lo que son los fondos de inversión. ¿Qué va a descubrir el lector sobre ellos en la novela?

R. Cuando uno piensa en un fondo, se imagina algo con mucho 'glamour', con profesionales supersofisticados, haciendo operaciones chulísimas y ganando un pastón. Es la cúspide de la pirámide. Sin embargo, en ellos también se da ese estrés del que todos huimos y el elemento funcionarial de los despachos y las 'big four', por lo que ese sector que esperabas que fuera realmente brillante, te das cuenta de que no lo es tanto. La diferencia es que, como mueven mucho más dinero, se acentúan mucho más las ambiciones.

Los fondos también son esclavos de varios conceptos, como el 'skin in the game' o el 'track record', que los convierten en una profesión relativamente estandarizada. Si quieres hacer una operación, te preguntarán por tu 'track record' (cuántas veces la has hecho antes), nadie pensará: "¿Quizás este tipo tenga la capacidad de hacer algo diferente?". Es la misma terminología siempre: si la operación es binaria o no binaria, si debe pasar por el comité o no... Al final, vuelve a ser lo mismo y ahí está mi crítica.

"Creemos que los fondos son glamourosos y sofisticados, pero son un sector mucho menos brillante de lo que parece"

P. ¿Esas son 'las élites' a las que se refiere en los títulos de las novelas?

R. Efectivamente. Abogados, consultores y fondos conforman estructuras vacías, huecas. Y los que entran en ese mundo están condenados a trabajar en ese tipo de organizaciones burocratizadas cuando se supone que son gente brillante que debería tener la capacidad de frenar y decir: "Un momento, esto no es lo que yo quiero". Tengo la sensación de que en las grandes élites profesionales ese sentimiento crítico está muy adormecido. Muy poca gente da un paso al lado y trata de hacer las cosas de manera diferente.

P. ¿Habrá tercera parte de esta saga?

R. Sí, ya la estoy escribiendo. Se llamará 'El nacimiento de las élites' y será una precuela. En 'El juego' abordo en el primer capítulo el paso por la universidad; voy a incidir en ello. Todos los personajes aparecerán metidos en el ambiente universitario y verá como el que acabó siendo un cabronazo es porque durante los estudios ya era un cabroncito. Yo no pretendo aleccionar a nadie, pero, cuando te permites putear a un compañero de clase, no dejándole los apuntes, por ejemplo, son los primeros pasos para convertirse en un verdadero cabronazo profesional.

Foto: Universidad. (iStock)

P. ¿Y ahí termina todo?

R. Hay algún lector que, tras leerse 'La condena', me ha pedido que haya una continuación porque no quiere que Bernardo termine así y me pide que le haga triunfar. Pero Bernardo es un antihéroe. Por eso, me hace gracia cuando la gente me critica diciendo: "Vaya ajuste de cuentas"; ¡pero si el primer ajuste de cuentas es conmigo mismo! El cariño que se le coge a Bernardo es precisamente porque es un antihéroe; una persona que teóricamente es magnífica y a la que debería irle todo bien, pero al que siempre 'se las dan con queso'. Y me gusta que sea así, imperfecto y con errores, porque es con lo que la gente se va a sentir identificada. Que todo salga bien se lo dejo a las películas de Marvel. Mi novela es psicológica y realista; que la gente piense "esto también me ha pasado a mí" y les haga reflexionar. Con 'El nacimiento de las élites' terminará la saga. Después quiero meterme en la ficción pura y retomar la poesía.

P. Fuera de la trama de los libros, ¿qué lleva a Javier Vasserot, en su momento, el socio de gran despacho más joven de España y un socio director también muy precoz, a hacer un retrato tan crudo de la abogacía?

R. Siempre he tenido una doble vocación: la de profesor y la de escritor. Con estas novelas se conjugan las dos cosas. Por un lado, quería entretener, y creo que la historia lo consigue; y, por otro, quería enseñar y explicarle a la gente la verdad de este sector para provocarles una reflexión. Sé que el retrato es crudo, pero no es una crítica porque sí, sino que pretende ser constructiva.

En la primera novela menciono la anécdota de cuando, en el año 2000, en Costa Rica, veo a un socio de Freshfields Alemania con un niño al borde de la piscina y pienso que es su nieto, porque él no se podía ni mover ni jugar con él. Pero no, ¡era su padre! En ese momento le dije a mi mujer: "Si ves que voy por el mismo camino, me encierras". Yo no quiero trabajar como un loco para acabar así con apenas 50 años y no poder hacer ya nada más en la vida. No quiero decir, "tengo un castillo en Francia", como muchos socios de Linklaters, pero soy un desgraciado en mi vida personal. Por eso sentí la necesidad de abrir los ojos a la gente y advertirles de por dónde les lleva este camino.

placeholder Sede de Linklaters en Madrid.
Sede de Linklaters en Madrid.

P. ¿Eso no es, en cierta medida, un ajuste de cuentas?

R. No, yo no he sentido la necesidad de ajustar cuentas con nadie. El sector me ha dado mucho. Fui muy rápido en mi vida profesional porque siempre he tenido gran capacidad de pensamiento lateral y, en cuanto una actividad o tarea me parecía que no tenía sentido porque no aprendía de ella, saltaba a la siguiente. Por eso he evolucionado tan rápido y he dado saltos que otros no daban. He consumido el sector muy rápidamente y, una vez consumido, me he dado cuenta de lo que es. Lo respeto, está bien, pero no es para mí. Mi objetivo ha sido mostrarle mi camino a los demás para que otros también sean capaces de dar el salto que yo di y buscarse otra cosa.

P. A pesar de los seudónimos, no es demasiado difícil identificar quién es en realidad cada personaje y cada despacho. ¿No sintió pudor al escribir los libros, especialmente el primero?

R. Es cierto que es un elemento morboso que podía ayudarme a vender más, pero tampoco he querido explotarlo demasiado. Juego mucho con los nombres y cada uno de ellos tiene su razón de ser. Lo primero que me planteé fue si, técnicamente, alguien podía ponerme una demanda o una querella. Pero llegué a la conclusión de que no, porque todo lo que cuento es cierto y, además, he quitado las aristas más controvertidas. Además, sería muy estúpido que alguno me demandara porque sería reconocer que él o ella son un personaje...

P. Algo así como el efecto Streisand.

R. Claro. Yo nunca he dicho quién es quién por pura elegancia. Pero estaba convencido de que, si le quitaba acidez o crudeza, el libro perdería mucho interés y nadie se lo leería, ni El Confidencial estaría entrevistándome ahora mismo. Quiero que la gente lo lea y vea que lo que cuento es real. Hay quien lo ha comprado pensando que la novela sería el anecdotario de Vasserot y después se han dado cuenta de que es mucho más. Es mi contribución para hacer mejor este sector.

Foto: Ilustración: EC Diseño.

P. ¿Cuál ha sido la reacción de los abogados representados en la novela: enfado o 'fair play'?

R. Ha habido más 'fair play' que otra cosa. De hecho, coincidí en un 'alumni' con el socio que me agrede físicamente y nos hicimos una foto con él agarrándome del cuello, haciendo que me estrangulaba. La gente se toma mejor las cosas de lo que parece.

P. ¿El sector legal tiene sentido del humor? Esto sí es noticia.

R. Sí, aunque no lo parezca. En Amazon todas las valoraciones son cuatro o cinco estrellas. Hay uno que me puso solo una..., pero siempre tiene que haber algún amargado. Todos tenemos nuestro 'hater' particular. Quienes sí se han cabreado son algunos de mis compañeros de clase, que sé que han hecho una especie de pacto para no leerse el libro.

P. Pero seguro que se lo han comprado a escondidas.

R. No me cabe ninguna duda. Aunque luego negarán habérselo leído. Hay que saber reírse de uno mismo. Todas las personas y los sectores somos risibles.

"Mis excompañeros de universidad llegaron a un pacto para no leerse el libro..., pero estoy seguro de que lo han comprado"

P. En 'La condena' el protagonista se dice a sí mismo: “Sería de imbéciles volver a un gran despacho". ¿Qué siente Javier Vasserot respecto de la abogacía de los negocios?

R. De la abogacía me quedaría con mi primer paso, cuando entro en Uría Menéndez. Ese es el mejor despacho en el que he estado y, por lo que conozco el sector, el mejor despacho de España, porque en él todavía hay algo de ese componente vocacional que mencionábamos al principio. Si tuviera que volver a algún sitio, prescindiendo de las cosas malas que luego allí viví, sería a Uría. Si pienso en las demás firmas, lo que experimento es una sensación de gran pereza. Todavía tengo sueños en los que entro como socio de un gran despacho otra vez y mi pensamiento es: "Pero quién me ha mandado mí meterme otra vez en esto". En ese sueño, cuando voy a la primera reunión de socios me veo rodeado de gente que sé que está pensando: "¿Este tío cuánto cobra?, ¿qué va a hacer aquí?, ¿qué clientes ha traído?, espero que no me pise este cliente, que es mío...".

P. ¿Es solo esa competitividad lo que despierta la sensación de pereza o hay algo más?

R. También la burocracia y la cantidad de cosas que allí se hacen que son absurdas, una pérdida de tiempo. Cuento el caso real de un socio que me llamó a las ocho de la tarde para que tuviera un 'pitch' preparado para las 10 de esa misma noche. Y yo le dije: "No lo voy a hacer hoy, me voy a cenar con mi mujer; ya lo haré mañana por la mañana". Y él se enfadaba. Con el tiempo, muchos me veían y pensaban: "Este cabrón, ¿cómo se va a las ocho de la tarde a casa?". Fácil, porque me había quitado de encima un montón de trámites innecesarios.

En 'La condena' hay un capítulo muy divertido que es el 'retreat' de socios. Estas reuniones son un coñazo por definición; todo lo que allí pasa es muy aburrido. Pero en PWC, como acababa de entrar, no pude escaparme y me tocó ir. En los anteriores, lo que hacía era irme a la habitación a dormir todo el día y aparecer las menos veces posibles. ¿Ves a lo que me refiero cuando hablo de sensación de pérdida de tiempo? Cada vez hay menos vocación, valor añadido, humanización y tiempo aprovechado. Por eso, la gente joven se aburre en estos trabajos, porque no ven ninguno de estos cuatro elementos.

placeholder Sede de Uría Menéndez en Madrid.
Sede de Uría Menéndez en Madrid.

P. Pero sigue habiendo muchos estudiantes que aspiran a entrar en despachos, consultoras y fondos. ¿Cuál es la razón: ingenuidad, desconocimiento...?

R. A los jóvenes les atrae la fama y la prosperidad. Y, al igual que si quieres ser Messi sabes que tienes que entrar en un club de fútbol, ellos siguen el camino que creen más adecuado para alcanzar sus aspiraciones. De lo que aún no se han dado cuenta es de que los grandes emprendedores no son los que siguen un carril, sino los que desarrollan el pensamiento lateral. ¿Cuál es el problema? Que nadie te lo enseña, porque es poco beneficioso para quien manda, por eso solo lo hace el que realmente es muy generoso. Si das mucha libertad a sus aprendices, al final todos querrán volar solos. Por eso, en las organizaciones prefieren a la gente menos brillante, pero que les garantiza un beneficio.

Hoy por hoy, es cierto que la creencia general es que, para llegar a estos mundos de élite, hace falta haber ido a un buen colegio, una gran universidad, entrar en un despacho o un fondo; y tener casa, mujer y tres hijos. Y, para cuando te das cuenta, han pasado 15 o 20 años y lo último que te apetece pensar es que te has equivocado.

P. 'El juego de las élites' está lleno de traiciones entre compañeros de despacho. ¿Es la lealtad incompatible con la abogacía de primer nivel?

R. La lealtad es inversamente proporcional a la presencia de dinero. Cuanto más dinero hay en juego, menos lealtad. Es cierto que después ya depende de cómo sea cada uno, pero el ser humano es así: en cuanto hay algo en juego, todo se complica. Recuerdo un artículo que leí hace poco que hablaba sobre los equipos de fútbol de niños. Hasta los 10 años, los padres se sientan juntos en la grada. A partir de los 13, ya prefieren ver los partidos por separado porque empiezan a querer que su hijo sea el bueno, el que llame la atención de los ojeadores, al que llamen otros equipos... Lo mismo sucede al estudiar: en el colegio todos comparten apuntes; en la universidad, ya nadie te deja los suyos no vaya a ser que otro saque mejor nota que tú. Esta competitividad es consustancial al ser humano; no en todos, pero sí en la mayoría.

Foto: Una oficinista con mucho estrés. (iStock)

P. ¿Hay alguien realmente feliz en estas organizaciones?

R. Hay gente que se cree feliz, pero luego realmente no lo es. En muchas ocasiones, la mejor manera de sentirse bien es carecer de capacidad autocrítica. He conocido a mucha gente que era aparentemente feliz, pero que al salir de ese entorno se han dado cuenta de que no lo eran.

P. Quizá porque estaban viviendo la vida que les habían dicho que tenían que vivir y no la que realmente querían.

R. Sí. Y, si nadie les dice lo contrario, se la seguirían creyendo. En el fondo, despertar a alguien de su sueño o generales la duda es una putada. Ese fue siempre uno de mis grandes miedos, que mi vida pasara de largo o darme cuenta que me había dejado llevar por la inercia. A mis padres les preocupaba mucho que al escribir estos libros ya no pudiera volver a ser abogado o consultor. Pero ¿y qué? Si uno va con esa mentalidad, al final no hace nada. No quería verme con 80 años pensando: cuánto me hubiera gustado haber escrito 'El juego de las élites'.

P. María, la mujer de Bernardo, sufre mucho. ¿Cuánto sufren las familias de quienes entran a jugar este juego?

R. Algunas sufren, en efecto, pero no todas. Hay maridos o mujeres que lo que esperan de su pareja es que tengan un puestazo y eso compensa todo lo demás. Pero el que no sufre. De hecho, el índice de divorcios es altísimo en el sector porque realmente no te permite hacer vida de familia.

Un amigo de un fondo me contaba que, hace unos años, cerró una operación que le tuvo encerrado en el notario un par de meses en julio. La oficina estaba a dos manzanas de su piso. Cuando llegó a casa con todo el subidón su mujer le dijo: "Tengo que contarte cómo están las cosas aquí. Tu hijo, de cuatro años, está superenfadado contigo porque no entiende que su padre no haya podido venir a verle ni un segundo con él de vacaciones en casa". Esa es la cruda realidad: las mujeres o los maridos sufren por la falta de tiempo y también porque la tensión y la presión que se vive en el trabajo es imposible no llevársela a casa. En parte también porque de ella depende el nivel de vida que va a poder mantener la familia.

"La escala retributiva tiene una curva ascendente. Es una trampa que atrapa a los abogados, sobre todo antes de llegar a socios"

P. Hay abogados de treinta y tantos que dicen: "Me encantaría irme a un despacho en el que no tuviera que trabajar 12 o 14 horas diarias, pero no quiero o no puedo permitirme bajar de los 80, 90 o 100.000 euros anuales que gano aquí". ¿Es el dinero la trampa con la que les atrapan los grandes despachos?

R. Eso es. La escala retributiva en los bufetes está diseñada de tal manera que el incremento sigue una curvatura muy ascendente. El momento más peligroso se produce cuando los abogados son muy sénior, pero todavía no se les puede hacer socios. Ahí se les unta todo lo posible para evitar que se marchen a otra firma. Es verdad que ese sistema de remuneración es una trampa que los atrapa. También es cierto que son soldados muy cualificados que llevan años imbuidos en un sistema que les cercena la iniciativa propia. Y yo añadiría un tercer factor: a muchos les faltan pelotas u ovarios para decir: "Soy infeliz, me voy y ya veré lo que hago después". Los hay muy cobardes que prefieren mimetizarse a pesar de todo.

P. Hay dos elementos que menciona, pero en los que no se detiene demasiado: los directorios y la prensa. ¿Qué opinión le merecen los directorios?

R. Ahora que estamos en época de premios y directorios y veo LinkedIn inundado de menciones a los Best Lawyers y otros reconocimientos pienso: "¿Pero cómo podemos ser tan estúpidos?". ¡Pero si es facilísimo que te den un premio o te metan en un directorio! Al final, todo está hecho para que todo el mundo tenga su momento de gloria en LinkedIn. Estas publicaciones no cumplen ninguna función; son gente que monta un negocio que lo que busca es venderte un libro, una silla en una cena o un cacharrito de metacrilato. Dudo mucho que ningún director de asesoría jurídica te contrate por estar en un directorio porque todos saben que los ha hecho un 'researcher' que no tiene, con perdón, ni puta idea del sector ni de los despachos. Se limitan a recopilar nombres. Luego, eso sí, te venden un libro en el que sales muy guapo o te montan una cena en la que te sacan 200 fotos. Es absurdo, pero se aprovechan de la vanidad.

Foto: Foto: Istock.

P. ¿Y qué papel juega la prensa jurídica?

R. La primera vez que aparecí en 'Expansión' me hizo mucha ilusión. Fue cuando fiché por Squire Sanders, con apenas 30 años. Creo que Expansión identificó muy bien esa vanidad de la que hablábamos antes y eso impulsó la creación de 'Expansión Jurídico', que se convirtió en el cotilleo del sector, muy al estilo de la prensa inglesa. La prensa os habéis dado cuenta de que vendéis más si habláis de cositas de abogados y alimentáis su ego, pero si los periódicos acabáis siendo cautivos de este juego, os vais a ver arrastrados por el mismo descrédito que ha salpicado a los directorios. Los informadores no podéis perder la objetividad y el componente crítico; ese es el juramento hipocrático de los periodistas.

P. ¿Los periodistas que informamos del sector formamos parte del circo?

R. Es el riesgo que corréis si perdéis el pensamiento crítico. Tenéis que ser de verdad el cuarto poder. Los grandes logros de la prensa se han conseguido cuando estáis desvinculados de aquello sobre lo que informáis, cuando hacéis las cosas con independencia. ¿Se puede abordar la información del sector de esta manera? Yo creo que sí, pero tenéis que saber renunciar a lo fácil y a lo que vende. El cotilleo vende, pero es basura. Los periódicos tenéis que ayudar a mejorar el sector y aportar esa visión crítica que le falta a muchos profesionales.

P. En este sentido, me llama la atención que se hable tan poco del libro en el sector o no haber encontrado ninguna suya entrevista tras salir 'El juego de las élites'. ¿Cómo es posible?

R. Yo envié el libro a algunos medios, pero nunca tuve respuesta. Hay cierta endogamia y mucha prensa está muy metida en el sector y eso les impide ser independientes. Son deudores de los despachos y no pueden ser excesivamente críticos. En todo caso, sí, me sorprendió. También esperaba más interés de las universidades, pero solo me invitaron a dar charlas en ICADE y en la Universidad de Navarra. Hay mucho miedo a molestar y eso te genera ciertos vetos, pero con esta segunda entrega creo que la primera novela también experimentará un nuevo impulso.

placeholder Sede de DLA Piper, en Madrid.
Sede de DLA Piper, en Madrid.

P. ¿Cuántos ejemplares vendió 'El juego de las élites'?

R. Según me dijo mi antigua editorial, unos 1.000 ejemplares. Aunque este también es un sector muy oscuro y las editoriales mienten más que hablan. Pero, si damos por buena la cifra de 1.000 ejemplares, creo que está muy bien.

P. ¿Le han ofrecido llevarlo a la televisión?

R. Estuve hablando un alto cargo de Antena 3 que había leído el primer libro y le pareció que tenía mucho potencial. Ya le he enviado el segundo. El mundo audiovisual es lento, pero creo que hay material suficiente para hacer una serie del estilo de 'Suits' pero a la española. Es cuestión de esperar el momento en que el interés del público joven, que son quienes tiran del consumo de las plataformas, gire hacia estos mundos elitistas.

P. ¿No teme que al adaptarlo para la televisión se desvirtúe la esencia de las novelas?

R. Ya me han advertido que necesita más sexo y más dinero. No sé cuánto margen dan los productores de la serie al escritor. Si al redactar los guiones tengo que pervertirlos un poco, lo haré, pero intentando que no se pierda la esencia.

"Ya me han advertido que, para la televisión, la historia necesita más sexo y dinero. Intentaré que la historia no pierda su esencia"

P. Antes de terminar, ¿qué hace hoy Javier Vasserot?

R. Ahora mismo tengo un fondo de inversión, Class Accelerator, que fundé con mis dos socios, que salieron conmigo de PWC. Lo que hacemos a través de esta plataforma es financiar y facilitar acciones colectivas. Buscamos oportunidades en las que se ha producido un abuso en el mercado y en las que hay mucha dispersión y atomización de los potenciales reclamantes. A estos les ofrecemos una plataforma fondeada que hará posible su reclamación. He podido conformar este proyecto gracias a mi experiencia y conocimiento anteriores en despachos, consultoras y fondos. Hace 10 años no habríamos sido capaces de poner en marcha Class Accelerator, nos habría salido mal, pero hoy sabemos qué hacemos, por qué lo hacemos y qué tipo de servicio queremos prestar. Y también tenemos claro los tres socios que somos antiburocracia, antiprocesos y 'anti-reporting'. Cero pérdidas de tiempo.

P. Es decir, que, al final, sí hay una lectura positiva de su paso por el mundo de los despachos y las 'big four': el aprendizaje.

R. No, no querría desvirtuar mi mensaje inicial. A mí me ha servido, pero no es necesario pasar por la experiencia de los despachos ni hacer las cosas como las hacen ellos. No hace falta aprender a bofetadas. Yo he salvado muchos 'match balls' que podría no haber superado. Se puede aprender lo mismo haciendo las cosas de otra manera. Que a mí me haya servido no lo convierte en un camino útil ni aconsejable para mucha gente. No hay nada de admirable en todo ello.

El sector legal español, y más concretamente el madrileño, ha tratado la primera novela de Javier Vasserot, 'El juego de las élites' (editorial Esdrújula, 2019), como una suerte de tabú. Muchos conocen de su existencia y no son pocos los que la han leído —incluso devorado, pues, a pesar de sus más de 400 páginas, se consume en apenas un par de días—, pero casi nadie la menta. Cuando uno se adentra en sus páginas y bucea en paralelo en la vida profesional de Vasserot (búsquenla en la prensa jurídica de la época, no en su perfil de LinkedIn), entiende rápidamente el porqué.

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