El Oliver, un súper que luego fue bar y ahora un restaurante con premio
Abierto como bar en 1974, este restaurante condensa algunas de las mejores opciones gastronómicas de Granada. Acaba de ganar un Solete Repsol
El Oliver fue en origen un supermercado, uno de los primeros de Granada. Las fotos antiguas que enseña su actual propietario muestran cómo allí se hacían sorteos de lavadoras a la vez que cualquier granadino se podía acercar a hacer la compra. Sin embargo, la historia que nos interesa tiene menos tiempo: 51 años, es lo que ha pasado desde la apertura del bar que dio origen al restaurante que hoy luce un Solete.
Aquel primer Oliver era pequeño, funcional y reservado a una clientela fija. Tenía pocas mesas y un "privado" donde solo comían los habituales. Era un sencillo bar para los días de diario. Hace 33 años, el relevo generacional decidió acometer una serie de cambios que harían que el local ganase en calidad, adquiriendo el contiguo y abriendo un amplio comedor. El Oliver pasó entonces de bar a restaurante con un puntito clásico, sin perder su esencia de casa de comidas.
Fritura y guisos caseros
Boquerones, chipirones, calamares, rape o gambas forman parte de una carta donde el Mediterráneo es el que manda. El pescado llega desde Motril, pero también desde Vélez. Ya no hay distancias. Muchos de sus proveedores vienen del Mercado de San Agustín, referencia histórica.
Si el pescado estructura la carta, los guisos heredados le dan identidad. Muchas de las recetas proceden directamente de la cocina familiar. "Mi madre tenía muy buena mano", comenta Jose Enrique Oliver, el actual propietario. De ella vienen recetas como son las del rabo de toro o las manitas de cerdo.
Las manitas con chorizo, morcilla y piñones, es uno de sus platos más talentosos. Antes se limpiaban con un nivel de detalle casi artesanal; hoy se mantiene el espíritu original, adaptado al ritmo actual, pero con la misma intención: acercarse lo máximo posible a aquellas que permanecen en la memoria de muchos de sus clientes.
La ensaladilla es una de las mejores que hemos podido probar en la zona: patata, mayonesa y gambas. Nada más. “Lo sencillo es lo bueno”, dice. Es un bocado repleto de matices, todos muy sutiles, pero que realzan lo importante, el producto, y sin resultar nada aceitosa. Las croquetas se elaboran con caldo de gallina y jamón: la gallina se cuece para la sopa de picadillo y la pechuga se aprovecha para el relleno. Una cocina de aprovechamiento magnífica.
En Granada no hay bar sin tapas, y el Oliver mantiene una propuesta reconocible. Destacan las migas, la tortilla del Sacromonte —con huevo, sesos y habas, rematada con jamón— y un tentempié mínimo que gusta a todo el mundo: los pitufos, pequeños bollitos rellenos de atún. “Es la más simple, pero es la que más me gusta”, cuenta.
Otro punto a destacar es su tomate aliñado, que se elabora con un tomate pequeño de Motril, cultivado por una sola finca, dulce y equilibrado. Un producto de un nivel altísimo. En chacinas trabajan jamón 100 % ibérico de bellota del Valle de Los Pedroches, de Diego López. La bodega cuenta con Rioja, Ribera y vinos andaluces. De Granada destacan blancos como Calvente, de uva moscatel: aromático y seco en boca.
Una casa de comida con alma de restaurante, que no olvida su pasado, pero que mira al futuro de la excelencia. “Solo así se puede mejorar”, remata José Enrique.
Nuestra valoración
Comida: 4/5
Trato: 3/5
Ambiente: 3/5
Vinos: 2/5
Precio: 4/5
Valoración: 3/5
El Oliver fue en origen un supermercado, uno de los primeros de Granada. Las fotos antiguas que enseña su actual propietario muestran cómo allí se hacían sorteos de lavadoras a la vez que cualquier granadino se podía acercar a hacer la compra. Sin embargo, la historia que nos interesa tiene menos tiempo: 51 años, es lo que ha pasado desde la apertura del bar que dio origen al restaurante que hoy luce un Solete.