Pastelle Kitchen: por fin una pastelería hace algo distinto en Madrid
Este local ubicado en Chamberí mezcla clases de cocina, mimo, mantequilla y ruido a partes iguales. Un lugar diferente donde probar sabores nuevos
Me lo recomendaron así: “Te sorprenderán sus dulces, son chulos, diferentes”. Imaginé otra cafetería impersonal en un barrio pijo, llena de nombres en inglés. Pero al llegar, inmersa en la oscuridad propia de una tarde otoñal, me sorprendió la calidez que salía del local. Un espacio abierto para las clases de cocina y una pequeña zona de café invitaban a entrar al peatón con frío y ganas de refugio. Demasiado expuestas, eso sí. Más que un obrador, parecía un plató. No es el tipo de sitio en el que me imaginaría batiendo claras mientras aprendo. Pero me pudo la curiosidad. Quería ver qué tenía por contarme aquel lugar.
Al entrar, todo son sonrisas, murmullos amables de los clientes y olor a repostería artesana. Fui acompañada: probar dulces sola siempre me pareció un estropicio. Prefiero picar de todo antes que acabar saturada con uno solo. Me senté en el único hueco libre, junto a la puerta de cristal que separa el café del taller. La camarera me pidió moverme un poco para poder cerrarla –estaba como en una lata de sardinas–.
En cuestión de minutos, el aula se llenó de gente lista para celebrar un cumpleaños cocinando pasta boloñesa. La puerta de cristal, en la que confiaba como barrera de ruido, resultó ser puramente decorativa. Risas, gritos y vítores de celebración invadieron sin permiso la zona de cafetería. “Tenemos talleres de repostería casi todos los días, excepto los lunes, que cerramos”, me contó Debbie Simhon, dueña y pastelera, con una sonrisa. Lo que para ellos es una buena noticia, para los comensales significa ruido.
Sin embargo, la amabilidad del servicio me ayudó a centrarme en lo que había venido. Empecé por los salados: quiche de champiñón (3,80 euros) y de huevo con tomate (3,80 euros). La primera, un 10. Sabor suave a queso, champiñones bien marcados y un hojaldre delicado. La segunda, muy normalita. Sabía solo a huevo cocido, el tomate estaba de vacaciones. A los pocos minutos apareció Simhon para saber si nos había gustado. "A la próxima notaréis el tomate, ya veréis", dijo con la energía de quien quiere superarse. Ojalá.
Luego hinqué el diente a la cookie de chocolate con pistacho y cereales (3,50 euros). Muy buena: suave, cero empalagosa y con un sabor intenso a chocolate negro, casi de brownie. Eso sí, nada crujiente. Tampoco lo era el biscotti de guayaba (6 euros) que nos trajeron de cortesía. “Es un bizcocho partido tras el primer horneado; luego lo volvemos a meter para quitarle la humedad hasta que se tuesta”, explicó Debbie. El punto mantequilloso y el dulzor de la guayaba funcionaban bien. Estaba rico, algo diferente.
El cheesecake de Oreo (6 euros) sí estaba sobresaliente. Textura firme, equilibrio entre el amargor de la galleta y la suavidad del queso, y bordes ligeramente tostados. Dulce e intenso, de esos que llenan rápido. Por eso dejé sitio para el brownie de chocopistacho (4,50 euros), que fue justo lo contrario: demasiado compacto. No repetiría.
Las bebidas fueron un acierto. El chai latte (3,80 euros) tenía un sabor especiado único; el iced latte (3,20 euros), pese a lo trillado del formato, conservaba carácter propio. La limonada de yerbabuena (3,50 euros) fue la mejor: espumosa, con el ácido del limón suavizado por un toque de miel. Todas hechas con mucho cariño.
Tienen ganas. Se nota. En cómo preguntan, escuchan y anotan mentalmente cada detalle que podría salir mejor. La idea de Pastelle Kitchen es buena: un espacio donde la repostería se aprende, se comparte y se saborea. Les falta bajar el volumen, encontrar su propio tempo. Debbie lo afronta con una energía contagiosa. Lo heredó, quizá, de su abuela, Myriam Camhi, que hace más de 45 años fundó en Bogotá una de las pastelerías más exclusivas del país junto a su hija Denise. Ella quiere seguir esos pasos y añadirles algo nuevo: experiencias inmersivas, cercanas, vivas.
Espero que lo consiga. Porque cuando hay ganas y curiosidad, el resto llega. Como en la repostería, el secreto está en intentar, fallar y volver a hornear. Les queda recorrido. Por eso te animo a acercarte, probar y dejar tu opinión.
Nuestra valoración
Comida: 3/5
Trato: 4/5
Ambiente: 2/5
Precio: 4/5
Valoración: 3/5
Me lo recomendaron así: “Te sorprenderán sus dulces, son chulos, diferentes”. Imaginé otra cafetería impersonal en un barrio pijo, llena de nombres en inglés. Pero al llegar, inmersa en la oscuridad propia de una tarde otoñal, me sorprendió la calidez que salía del local. Un espacio abierto para las clases de cocina y una pequeña zona de café invitaban a entrar al peatón con frío y ganas de refugio. Demasiado expuestas, eso sí. Más que un obrador, parecía un plató. No es el tipo de sitio en el que me imaginaría batiendo claras mientras aprendo. Pero me pudo la curiosidad. Quería ver qué tenía por contarme aquel lugar.