La tendencia de París o Londres de maridar helado con vino llega a Madrid
Siete socios han visto en el barrio de Salesas el escenario perfecto para un concepto que ya triunfa en otras ciudades del mundo. Probamos Bea's
En el barrio de Salesas, en la transitada calle de Fernando VI, entre cafés de media tarde y escaparates de moda, un diminuto local llama la atención por lo que bebe y come su clientela: vino y helado. El espacio se llama Bea’s y, aunque su idea pueda parecer excéntrica de primeras, responde a un planteamiento meditado y coherente. Detrás se encuentran siete socios mexicanos que han visto en Madrid el escenario para un concepto que en otras ciudades —París, Londres o Ciudad de México— ya había empezado a despertar interés.
El punto de partida fue una idea sencilla. En un viaje a París, descubrieron wine bars un tanto diferentes. En ellos se ofrecían copas de vino acompañadas de helados elaborados por artesanos locales. “Nos pareció una unión lógica. Son dos placeres universales, familiares para todo el mundo, que al combinarse generan algo distinto”, cuenta Mariana. “No inventamos el formato, pero en España nadie lo había desarrollado de manera estable”.
"No se admiten reservas"
El lugar elegido terminó siendo el Cafetín, una acogedora casa de comidas, donde también se ofrecen desayunos, y que está regentada por Luis y Bea, una pareja venezolana con larga trayectoria en el barrio. Por las mañanas, Bea sigue sirviendo su menú del día y sus platos caseros; por la tarde, y hasta medianoche, el lugar cambia de manos. “Queríamos aprovechar las horas en las que el local quedaba cerrado. Al final es una forma de optimizar recursos y de darle otra vida al espacio”, comenta de una manera de trabajar que de momento no se ha visto demasiado en Madrid, pero que viendo los precios de los alquileres, quizás empiece a difundirse.
De esa convivencia nace el nombre de Bea’s, elegido como un guiño a la propietaria de la mañana. “Bea representa los valores que queríamos mantener: hospitalidad, amabilidad, ese trato cálido que hace que la gente vuelva”, comenta Mariana. El local conserva su ambiente familiar: paredes de tonos claros, una barra pequeña y pocas mesas en el interior. Por cierto, no se admiten reservas, solo funciona el orden de llegada. Y el aforo ronda las 20 personas.
Siete sabores para vinos de producción limitada
Los helados se elaboran en un obrador gallego. “Buscábamos calidad y un proveedor que entendiera lo que queríamos. A la propuesta lo que mejor le iba era esto, nada de helados industriales ni bases artificiales”, señala. La carta ofrece siete sabores: vainilla de Madagascar, chocolate, pistacho, frutos rojos, mandarina, matcha y avellanas. Dos de ellos son sorbetes —los de frutas— y los otros, cremosos, a base de leche. "Cada helado tiene su carácter. Lo importante es encontrar el equilibrio con el vino adecuado".
Para esa tarea cuentan con la sommelier Karla Melhem, consultora que se ha encargado de dar forma y diseñar la carta de vinos. “El reto es que ambos elementos se respeten”, explica la sumiller. “Un helado a base de leche necesita un vino con acidez o estructura suficiente para cortar la grasa; uno de fruta, en cambio, requiere frescor y ligereza”. El menú propone combinaciones pensadas pero no rígidas. “El cliente puede seguir nuestra recomendación o experimentar. No hay reglas fijas”.
Entre los maridajes más logrados figura el sorbete de frutos rojos con Les Astronautes, un tinto ligero, de Toro, que refuerza las notas de fruta sin dominar el conjunto. Otro ejemplo es el helado de mandarina con un blanco cítrico sin barrica, donde la acidez equilibra el dulzor. “Intentamos buscar que haya una armonía”, dice Karla, que también recomienda aquel que acompaña al helado de matcha con un vino naranja del Empordà; o el de avellanas con un ágil y limpio Corpinnat firmado por la enóloga Jessica Madigan, uno de los valores más en alza del Penedès.
Una carta que cambia mensualmente
Los vinos proceden en su mayoría de este tipo de bodegas, proyectos pequeños, seleccionados por su cuidado del viñedo y su carácter artesanal. En la carta actual se pueden encontrar etiquetas como La Figa, Curuba o Lucidity, junto a otras propuestas españolas y francesas de producción limitada. “Nos interesa la escala humana. Preferimos proyectos donde conocemos las caras que hay detrás”, continúa explicando la selectora.
La rotación de vinos quieren que sea mensual, de esta manera se podrán adaptar a las temporadas y mantener el interés del público. “En verano buscamos vinos más ligeros, con menos alcohol. En invierno, algo con más cuerpo y madera. La percepción de los helados cambia con ellos”. Próximamente incorporarán referencias de Jerez, Canarias y Sicilia, así como algunos espumosos naturales. “El vino espumoso es el más versátil para maridar con helados. Las burbujas limpian el paladar y realzan los sabores”, comenta Karla. También van a incluir muchos más vinos por copas. Estos, de momento, oscilan entre los 6,50 y los 7,50 euros; al maridaje de vino y helado hay que sumarle 3,60 en el caso de una bola y 4,90 si son dos. “Queremos que la experiencia sea divertida, no elitista”, dice Mariana. “El helado rompe la rigidez del vino. Lo hace más cercano”.
La clientela responde animadamente. Jóvenes del barrio, curiosos atraídos por el formato, turistas que descubren el lugar por redes sociales. “Instagram nos ha ayudado mucho. La gente ve una foto y quiere probarlo. Luego vuelven porque se sorprenden de lo bien que funciona la combinación”, reconoce Mariana. Una conexión que, como se puede comprobar por la gente que se arremolina alrededor de la entrada, ha sido esencial para el crecimiento del proyecto.
Nuestra valoración
Comida: 3/5
Carta de vinos: 3/5
Precio: 4/5
Ambiente: 5/5
Trato: 3/5
Valoración: 3/5
En el barrio de Salesas, en la transitada calle de Fernando VI, entre cafés de media tarde y escaparates de moda, un diminuto local llama la atención por lo que bebe y come su clientela: vino y helado. El espacio se llama Bea’s y, aunque su idea pueda parecer excéntrica de primeras, responde a un planteamiento meditado y coherente. Detrás se encuentran siete socios mexicanos que han visto en Madrid el escenario para un concepto que en otras ciudades —París, Londres o Ciudad de México— ya había empezado a despertar interés.