Un arquitecto reconvertido en viticultor está recuperando la época dorada de la Rioja Baja
"No tengo nada así, quiero probarlo", le dijo el sumiller de Arzak a Javier Arizcuren cuando le habló de su vino 100% mazuelo. Usar las variedades propias aporta diferenciación
Javier Arizcuren elabora vinos de pueblo en la subzona oriental de la DOCa Rioja y ha presentado Finca El Foro 2022 en Desborre (Madrid), un restaurante que eligió por todo lo que tienen en común ambos proyectos. Lucía Grávalos, propietaria y cocinera, es de Calahorra, pueblo vecino al suyo; es buena conocedora de su tradición gastronómica compartida y, como Arizcuren, defiende el producto local, sostenible y de escala humana, con especial atención a la biodiversidad y la salud de los suelos de cultivo.
Esta bodega riojana sólo trabaja con uvas propias, cultivadas en ecológico y secano procedentes de un único municipio, Quel, donde produce apenas 28.000 botellas. Los Monte Gatún son sus vinos de pueblo, elaborados con diferentes variedades y parcelas. Su línea Sol -Solo Graciano, Solo Mazuelo, Solo Garnacha…-, fue la pionera, con tintos monovarietales sin rastro de tempranillo. Más recientemente añadió Apuntes, una gama más experimental -el n°9 es un rosado de guarda impresionante- y, en la cúspide de la pirámide, sus parcelarios: Barranco del Prado y el vino que nos ocupa, ambos multivarietales de viñas minúsculas.
Finca El Foro viene de una viña de 0,7 hectáreas a 600 metros de altitud. Está elaborado con garnacha (60%), mazuelo (30%) y uvas blancas (viura, garnacha gris, Miguel de Arco... 10%) entremezcladas en el viñedo y fermentadas juntas. La añada 2022 pasó dieciocho meses en roble francés para dar lugar a unas 2.200 botellas de un vino maduro, elegante y perfumado, con recuerdos de Rioja, sur del Ródano e Italia. Es granate, brillante y huele a especias, flores y bayas silvestres sobre matices tostados, terrosos. Tiene un trago ágil, sabroso y aterciopelado. Un fiel representante de la diversidad, frescura y altitud de la sierra de Yerga.
Javier es arquitecto. Construye y restaura calados y bodegas, siempre en contacto con quienes dirigen los procesos enológicos: “Me transmitían sus necesidades y su pasión. Verles absolutamente enamorados de su trabajo es contagioso y me dije: esto lo quiero para mí”. Así que hace dieciséis años tomó las riendas de unas parcelas familiares que se mueven entre los 30 y 120 años: “Crecí jugando en esas viñas: forman parte de mi vida y quiero cuidarlas como hicieron mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo”.
Empezó parcelas nuevas en 2015 y 2018 siguiendo la máxima de “plantar árboles que sabes que nunca te van a dar sombra”, en un gesto de altruismo intergeneracional. “Sé que su mejor momento llegará en 50 u 80 años” y que alguien hará un gran vino: “Es algo más importante que tú, que trasciende tu existencia [...] y que antes era normal: quien construía una catedral gótica sabía que no la vería terminada, pero se dejaba la vida en ello”.
La viticultura tiene algo de transmisión de “conocimiento empírico, aprendido por prueba y error”, y Javier está recuperando técnicas de antaño, como el cultivo en bancales, la agricultura regenerativa y el uso de ganado ovino en viña -proyecto Ohvino- que favorece la biodiversidad y salud de los suelos, reduciendo su erosión. Prácticas especialmente útiles ante el calor, la sequía extrema y las lluvias torrenciales consecuencia del cambio climático.
Sabiduría y viña vieja
“La vejez no es ni buena ni mala. Según hayas vivido serás un anciano adorable o un viejo cascarrabias”. Si la viña ha tenido un lugar, unas variedades y un cuidado adecuados, se convierte en “un cultivo sabio -y no uno lleno de achaques- con raíces extensas y profundas capaces de captar más agua y nutrientes y concentrarlos en una cantidad de uva menor, resultando en una intensidad de aroma y sabor imposible para un viñedo joven”, asegura.
Tiene una parcela centenaria, prefiloxérica, en pie franco: el barranco del Prado. “En los suelos de arena de mi pueblo las cepas pueden vivir muchos años sin conocer la filoxera”. Este insecto (que arrasó el viñedo europeo desde el siglo XIX, obligando a replantar con portainjertos resistentes) no se desarrolla en este tipo de suelo. Por eso, Quel tenía en 1984 el 25% del viñedo prefiloxérico de La Rioja: este, plantado por selección masal antes de la propagación clonal que multiplica un individuo homogéneamente, “tiene mayor diversidad genética y resiliencia", afirma el viticultor. "Una helada o un granizo pueden afectar a unas variedades y no otras, según cuando brote y madure cada una. La diversidad garantizaba que habría fruta para hacer vino, y hacía mejor vino, por la complejidad de matices y balance entre variedades". La mazuelo, explica, agarra "lo etéreo y luminoso de la garnacha, y la baja al suelo con su carácter terroso y oscuro". Por su lado, "la uva blanca aporta acidez y ligereza a los tintos, haciéndolos más frescos, ágiles y longevos”, dándoles un color más estable.
“Cuando llamé a Mariano Rodríguez -sumiller de Arzak, de mis primeros clientes-, le dije que hacía un 100% mazuelo y contestó: "No tengo nada así, quiero probarlo. Usar las variedades de tu pueblo te aporta diferenciación, pero también una coherencia inalcanzable con uvas [como la tempranillo] elegidas según criterios de mercado”.
Javier relata cómo la mazuelo (Cariñena) era la uva más plantada en Rioja hasta que llegó la plaga de oidio a mediados del siglo XIX: por su sensibilidad a aquel hongo, fue sustituida por la garnacha, más resistente. Pero en los setenta del siglo XX, “cuando Rioja se extiende geográficamente y aumenta su producción, la garnacha fue un problema”. Se plantaba en secano, altitud, pendientes y terrazas sobre suelos pobres, poco productivos y difíciles de trabajar; y luego se pagaba igual que cualquier otra uva. “Las variedades tradicionales se cambiaron por tempranillo y el viñedo bajó de la montaña al valle”.
Rioja Baja, que no low quality
Ahora la llaman ‘Rioja Oriental’. “Yo insisto en llamarla Rioja Baja”, declara Javier. Dice que aunque al trasladarlo al inglés como Low Rioja denote low quality (baja calidad), no tiene nada que ver. Se llama así porque el río Ebro baja en esa dirección, donde la zona tradicional de cultivo (sierra de Yerga) es la más alta de la denominación. A 550-800 metros y en ladera norte, “los días son luminosos y cálidos, pero las noches frías: las uvas maduran lentamente, conservan acidez y producen vinos frescos, de textura delicada [...] En vez de ponernos un nombre sugerente, seamos algo sugerente: recuperemos lo que fuimos, una zona histórica de grandes garnachas y mazuelos”.
Su pueblo, con 300 familias, tenía un barrio con 230 bodegas en el siglo XVIII. “Todo el mundo hacía vino y formamos la primera cooperativa de La Rioja en 1946. Aunque nos permitió elaborar profesionalmente, supuso el inicio de la pérdida de identidad: nadie elaboraba su propio vino ya; se mezclaba, se vendía a granel y otros lo comercializaran [...] Debemos volver al paso anterior, cuando cada vino era reconocible y sabíamos quién hacía algo estupendo porque tenía las viñas no sé donde… Hay que poner el foco en lo pequeño. Debemos abrir camino para nuevos viticultores, porque tenemos un lienzo en blanco que se borró y hay que pintar otra vez [...] En Rioja Baja puedes imaginar qué pasará y ser tú quien lo haga”. Y sus vinos, como los de Carlos Mazo (Vinos en Voz Baja) y Álvaro Palacios (Palacios Remondo) son perfectos ejemplos.
Uva en Quel, vino en Logroño
Arizcuren se trasladó al centro de Logroño en 2016 para que Javier pudiera continuar siendo arquitecto. La bodega urbana facilitó la divulgación y el enoturismo: “Puedes ver todo el proceso de elaboración e irte de tapas o cenar sin coger el coche; es didáctico y comodísimo [...] En 2024 recibimos 4.000 personas, y este año esperamos llegar a 6.000”.
Nos cuenta que “la ubicación ha sido irrelevante para el resultado de los vinos. Si fuera un lugar distante, con condiciones muy diferentes al viñedo, sería distinto; pero no es el caso”. Al trabajar con levaduras autóctonas y uvas propias, explica, la microbiología de Quel colonizó las nuevas instalaciones en Logroño, dando continuidad al terruño. Una palabra, terroir -omnipresente en el mundo del vino- que Javier describe como “armonía del clima, suelo y saber que has heredado [...] Cuando trabajas para la naturaleza, todo se pone a tu favor: acompañas a la uva y al vino para que sea lo mejor que pueda ser, sin desviarlo de su camino, ni forzarlo”. Y una vez más, se intuye en sus palabras eso intergeneracional, hablando de hacer vino como si se tratara de educar y cuidar a un hijo.
Javier Arizcuren elabora vinos de pueblo en la subzona oriental de la DOCa Rioja y ha presentado Finca El Foro 2022 en Desborre (Madrid), un restaurante que eligió por todo lo que tienen en común ambos proyectos. Lucía Grávalos, propietaria y cocinera, es de Calahorra, pueblo vecino al suyo; es buena conocedora de su tradición gastronómica compartida y, como Arizcuren, defiende el producto local, sostenible y de escala humana, con especial atención a la biodiversidad y la salud de los suelos de cultivo.