Siempre se dijo que la sociedad española era más bien de centro-izquierda, pero la izquierda sanchista ha logrado que, por primera vez en medio siglo de democracia, la derecha sea ampliamente mayoritaria
El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez durante la reunión de la Ejecutiva socialista en Ferraz. (EFE/PSOE/Eva Ercolanese)
Bravo por la izquierda sanchista. Ha conseguido resucitar en la juventud española la versión más rancia del nacionalcatolicismo, volver a llenar las plazas de toros, hacer que florezca la afición a la caza, prestigiar de nuevo la copla, el flamenco y la zarzuela, convocar a las masas a las procesiones de Semana Santa. Hacer que el consumo inmoderado de carnes rojas sea un acto de militancia, los alimentos frescos un lujo sólo para ricos y los venenos ultraprocesados una necesidad de los pobres. Clamar un hipócrita "No a la guerra" mientras se hartan de vender armas y aumenta el alistamiento de los jóvenes en las Fuerzas Armadas. Teñir de pecado el placer de contemplar la belleza del cuerpo humano y de disfrutar del sexo libre entre adultos, pero aumentar el consumo de pornografía desde la infancia. Yugular la emancipación de los jóvenes y que los hijos permanezcan en casa de sus padres hasta los 40 años. Fracturar el movimiento feminista y acentuar el reflejo machista entre los hombres jóvenes. Llenar las librerías de títulos de autores conservadores porque la izquierda oficial dejó de pensar. Incitar a los progres a defender el islamismo represor y los burkas (y de paso, estimular el antisemitismo). En general, instaurar una versión posmoderna de la Santa Inquisición con sus Torquemadas, sus herejes y sus autos de fe. Y lo más imperdonable: extirpar el sentido del humor. Hoy, la izquierda prohibiría La Codorniz.
Pronto vendrá el Papa a España. Este pontífice yanqui no ha salido peronista como Bergoglio ni reaccionario como Wojtyla, pero en el más pequeño de sus actos públicos en España congregará más gente que la suma de todos los mítines de Pedro Sánchez desde que se reencarnó en presidente del Gobierno. Eso, en un país en el que apenas dos de cada diez adultos se declaran católicos practicantes (Tezanos dixit).
No son menores los logros socioeconómicos. Dando lo mejor de sí mismos, han conseguido sacar adelante 100 medidas de subidas de impuestos y extraer de los bolsillos de "la gente" medio millón de millones de euros extra desde 2018.
Tanta voracidad fiscal tendría sentido si la recaudación adicional procediera de una lucha eficiente contra la evasión de impuestos, pero no es el caso: la reducción del fraude es el chocolate del loro, la asignatura pendiente crónica de la hacienda española. Así pues, ¿se lo han hecho pagar a los ricos? Tampoco. La riada de dinero hacia el Estado viene mayormente de los autónomos y de esos a quienes les gusta llamar "clase media trabajadora" -que nunca he sabido qué diablos es, pero sé que no se refieren a Ana Patricia Botín, por ejemplo-.
Bien, aceptemos que al Estado le sale el dinero por las orejas, lo que, al parecer, es muy de izquierdas. Digo yo que lo sería más si se tradujera en una mejora visible de los servicios públicos esenciales, en el mantenimiento de las infraestructuras, en las inversiones en ciencia y tecnología, en las universidades o en quitarnos de encima la deuda que nos aplasta. Tampoco es el caso. Así que ustedes verán: o mienten, o se lo quedan, o se lo están gastando en comprar votos. O las tres cosas.
Han logrado que la capacidad adquisitiva de los salarios descienda sostenidamente hasta el nivel que tenía en el siglo pasado. Si les dan cuatro años más en el poder, son capaces de obrar el milagro económico de que el salario mínimo legal supere al salario medio real. Sé que eso es aritméticamente imposible, pero no menosprecien a Pedro Sánchez: también parecía imposible pasar una legislatura entera gastando a manos llenas sin un presupuesto y lo está consiguiendo.
En el paraíso español, una pareja de 35-40 años en la que ambos trabajen, residente en una concentración urbana, no puede ni soñar con tener un hijo y mucho menos con adquirir o alquilar un piso donde tres personas puedan alojarse dignamente. Además, saben que, cuando lleguen a la vejez, este sistema de pensiones habrá quebrado a base de subidas indexadas a la inflación y nadie les garantizará un ingreso razonable para subsistir. En la jerga oficial, ese disparate recibe el nombre de escudo social.
De joven me enseñaron que eso de la izquierda tenía algo que ver con la igualdad. Quizá lo entendí mal, porque con el Gobierno de la izquierda sanchista las brechas de la desigualdad no hacen otra cosa que ensancharse, tómese el indicador que se desee: entre rentas, entre generaciones, entre territorios… Por recuperar el vocabulario de los padres fundadores: la distancia entre los propietarios de los medios de producción y quienes venden su fuerza de trabajo se hace galáctica cada día que transcurre.
Por otro lado, estamos a punto de batir el récord europeo de pobreza infantil. Con la colección de chollos y bicocas que regalan las administraciones a los viejos por el hecho de serlo (no me refiero ahora a la pensión) podría alimentarse a millones de criaturas. Quizá sea porque los niños no votan.
En cuanto a la política, los logros son asombrosos. Sintonizando el Congreso un miércoles por la mañana, se concluye que la mitad del país es fascista y la otra mitad comunista y/o separatista. La inflamación verbal no es la menor de nuestras patologías políticas. Siempre se dijo que la sociedad española era más bien de centro-izquierda, pero la izquierda sanchista ha logrado que, por primera vez en medio siglo de democracia, la derecha sea ampliamente mayoritaria, hasta el punto de tener prácticamente asegurado más del 50% de los votos en las próximas elecciones. De hecho, eso ha obtenido en las tres votaciones de esta temporada y nadie duda de que se repetirá en la cuarta.
Además, la firme apuesta del oficialismo por el crecimiento de la extrema derecha va dando sus frutos. Vox, que durante años fue una insignificante escisión del PP, saltó a la fama inmediatamente después de la llegada de Sánchez al poder y ya va camino de los cinco millones de votos. Bildu, el más fiel aliado de este Gobierno, está ya muy cerca de recibir su recompensa: es cuestión de meses que se convierta en la primera fuerza política del País Vasco y reclame su derecho a gobernar donde antes mataba (entre otros, mataba socialistas).
El partido gubernamental no ha ganado una elección desde 2019; pero, mientras colecciona derrotas, siempre pone varias fichas en la mesa contraria con la esperanza de que la crecida de la extrema derecha impida gobernar con calma al centro-derecha. Si, por ejemplo, el 17 de mayo en Andalucía el PP duplica al PSOE en votos y en escaños pero se queda en 54 diputados por la subida de Vox, esa noche en la Moncloa se brindará con champán. En el lenguaje de las carreras de caballos se diría que Vox es la "segunda monta" de la cuadra Sánchez.
Por lo demás, en los pasillos judiciales aguarda juicio por distintas causas de corrupción un pelotón de íntimos colaboradores y/o familiares del presidente del Gobierno, que conquistó el poder enarbolando la bandera de la limpieza. Esta semana asistiremos al juicio de ese ministro del que usted me habla, el que presuntamente se enriqueció durante la pandemia traficando con mascarillas en dudoso estado y se pagaba las putas con nuestros impuestos.
Con ese palmarés, es imposible no sospechar que Sánchez y sus aliados son quintacolumnistas de la derechona de toda la vida.
Bravo por la izquierda sanchista. Ha conseguido resucitar en la juventud española la versión más rancia del nacionalcatolicismo, volver a llenar las plazas de toros, hacer que florezca la afición a la caza, prestigiar de nuevo la copla, el flamenco y la zarzuela, convocar a las masas a las procesiones de Semana Santa. Hacer que el consumo inmoderado de carnes rojas sea un acto de militancia, los alimentos frescos un lujo sólo para ricos y los venenos ultraprocesados una necesidad de los pobres. Clamar un hipócrita "No a la guerra" mientras se hartan de vender armas y aumenta el alistamiento de los jóvenes en las Fuerzas Armadas. Teñir de pecado el placer de contemplar la belleza del cuerpo humano y de disfrutar del sexo libre entre adultos, pero aumentar el consumo de pornografía desde la infancia. Yugular la emancipación de los jóvenes y que los hijos permanezcan en casa de sus padres hasta los 40 años. Fracturar el movimiento feminista y acentuar el reflejo machista entre los hombres jóvenes. Llenar las librerías de títulos de autores conservadores porque la izquierda oficial dejó de pensar. Incitar a los progres a defender el islamismo represor y los burkas (y de paso, estimular el antisemitismo). En general, instaurar una versión posmoderna de la Santa Inquisición con sus Torquemadas, sus herejes y sus autos de fe. Y lo más imperdonable: extirpar el sentido del humor. Hoy, la izquierda prohibiría La Codorniz.