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Ignacio Varela

Una Cierta Mirada

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Cómo Sánchez destruyó el PSOE de Andalucía

Sánchez ha convertido al PSOE de Andalucía en un guiñapo político. Su influencia es ridícula comparada con el poderío que exhibe el PSC en la corte monclovita

Foto: La candidata del PSOE a las elecciones de Andalucía, María Jesús Montero, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Gabriel Luengas)
La candidata del PSOE a las elecciones de Andalucía, María Jesús Montero, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Gabriel Luengas)
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En la democracia española ha habido partidos-régimen o, si se prefiere, partidos del modelo PRI: el PNV en el País Vasco, Convergència en Cataluña, el PP en Galicia y el PSOE en Andalucía. Ejercen un dominio político y social casi absoluto en un territorio donde no sólo ganan las elecciones y gobiernan durante períodos larguísimos; además crean una identificación esencial con el territorio, se apropian de su identidad, controlan los resortes de la sociedad y, en cierto modo, la moldean a su imagen y semejanza.

De ese modelo imperial sólo queda en pie el PP de Galicia, cuya única y lejana alternativa de Gobierno es el BNG. Los otros se fueron pulverizando. El PNV sigue mandando, pero necesita al PSE para todo y boquea desesperadamente, intentando retrasar el momento inexorable en que Bildu lo supere. La Convergència de Pujol es un espectro del pasado desde que Artur Mas se subió al carro del secesionismo insurreccional y después se dejó atropellar por un orate llamado Puigdemont. Y el 17 de mayo comprobaremos la profundidad de la sima a la que el sanchismo ha conducido al PSOE de Andalucía.

Es cierto que si se introduce el censo electoral entero en un bombo y se saca un nombre al azar, saldrá alguien que produzca menor repulsión en el cuerpo social que María Jesús Montero. Su designación digital como candidata forma parte de la pulsión suicida de los partidos políticos. Esa parte la han explicado en este periódico Zarzalejos y Amón y yo sólo podría añadir casquería.

Todo empezó en 1980, cuando Rafael Escuredo se puso astutamente al frente de una movilización popular masiva que sólo formalmente se relacionaba con la autonomía porque, en realidad, conectó con el sentimiento secular de abandono y postergación de Andalucía frente a la España rica. Ni siquiera los dirigentes del PSOE fueron conscientes entonces de la extensión de los efectos de la maniobra. Tras aquel terremoto en forma de referéndum, el Partido Socialista se erigió en el partido nacional de Andalucía y la derecha española pagó allí una factura de 40 años de destierro electoral.

Foto: moncloa-defiende-a-montero-como-activo-electoral-frente-a-las-sondeos-que-apuntan-a-una-derrota

Eso tenía que tener un final y lo tuvo cuando convergieron tres elementos: primero, la carambola que permitió al PP hacerse con el gobierno andaluz tras unas elecciones que perdió y cuando Pablo Casado preparaba el entierro político de Juanma Moreno. Segundo, el aroma fétido del escándalo de los ERE, que acabó con la paciencia de buena parte de la sociedad andaluza. Tercero, la obsesión de Pedro Sánchez de hacer una exhibición de poder desmantelando el aparato histórico del PSOE de Andalucía y domeñando a la organización más poderosa de su partido, la cuna de Felipe González y Alfonso Guerra.

La transformación que se produjo entre 2018 y 2022 demostró hasta qué punto el imperio político del PSOE en Andalucía se enraizó en un uso exhaustivo de los infinitos resortes de poder que proporciona el entramado institucional de la Junta. El PP había estudiado en profundidad el modelo de ejercicio del poder de sus rivales y se dispuso a reproducirlo en su integridad, mientras Moreno aprendió a parecerse lo más posible a Chaves, el presidente socialista más duradero y más próximo a su perfil. Fíjense bien en él: lo imita hasta en los gestos.

Foto: los-dardos-de-felipe-gonzalez-en-la-campana-mas-dificil-del-psoe-a

La mezcla de la pulsión de Sánchez de exhibir como una finca personal al orgulloso PSOE de Andalucía (ese que se identificaba sin pudor como "El Gran Partido de los Andaluces") y la inteligencia del PP en la administración del poder según un modelo clientelar de eficacia acreditada ha producido en muy poco tiempo resultados asombrosos.

Juanma Moreno no tiene nada que envidiar a Chaves, ni al Pujol de su mejor época, ni al lehendakari Urkullu ni al Feijóo de las cuatro mayorías absolutas consecutivas en Galicia. Todos ellos responden al mismo patrón de liderazgo sereno y aparentemente plano, pero de enorme contundencia.

En el momento de convocarse la elección del 17 de mayo, el PP no solo gobierna la Junta con una confortable mayoría absoluta en el Parlamento andaluz. Además, el 70% de la población andaluza tiene alcaldes del Partido Popular, mientras el poder municipal del PSOE apenas llega al 25% de la población. El PP gobierna los ayuntamientos de las ocho capitales y 25 de las 30 ciudades con más de 50.000 habitantes. Y las encuestas le garantizan una distancia abrumadora, casi humillante, sobre el segundo partido, más agobiado por no convertirse en el tercero que en alimentar el sueño -imposible en el horizonte divisable- de recuperar el poder perdido.

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El temible PSOE de Andalucía, que marcaba el rumbo y dictaba las políticas en los congresos federales del PSOE, sigue siendo su federación más numerosa: uno de cada cuatro militantes del PSOE vive en Andalucía. Sin embargo, Sánchez lo ha convertido en un guiñapo político. Su influencia es ridícula comparada con el poderío que exhibe el PSC en la corte monclovita. Sus cuadros, completamente desmoralizados, viven atemorizados ante cada desafío electoral, sin terminar de conocer el suelo de su decadencia. Le ponen y le quitan candidatos desde Madrid como si fueran marionetas. Su aparato orgánico, antaño eficiente, hace el ridículo cada vez que lo ponen a prueba. Y Montero ha tenido que soportar varias embestidas coléricas de su jefe por intentar disuadirlo de que la enviara al martirio como muestra definitiva de fidelidad.

El PP llegó al poder en 2018 con este lema: "Juanma Moreno, garantía de cambio". Desde entonces ha usado todos estos: "El cambio ha llegado a Andalucía" (2019), "Andalucía, el cambio funciona" (2021-2022) y "el cambio tranquilo" (2023). Por otra parte, la Junta de Andalucía realizó una gran campaña publicitaria tras la pandemia con el lema "Andalucía en marcha".

Pues bien, María Jesús Montero ha aterrizado en su antigua tierra y los creativos de su partido no han tenido otra ocurrencia que darle la bienvenida con un lema deslumbrante por su originalidad: "El cambio en marcha". Eso se llama trabajar para el enemigo.

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El PSOE de Andalucía transpira derrota por todos sus poros. Sus portavoces oficiosos no se privan de admitir ante los periodistas que toda su esperanza está depositada en una crecida de la extrema derecha que prive al PP de la mayoría absoluta. Miran con aprensión la cifra del 20%, que señala el punto aritmético donde podrían cruzarse la trayectoria ascendente de Vox con la descendente del PSOE. Cada provincia en la que retengan la segunda posición, aunque sea a distancia sideral del primero, será celebrada como un triunfo.

Andalucía funcionó históricamente como el motor principal de las victorias electorales del PSOE en España y el amortiguador de sus derrotas. En el año 2000, el PP de Aznar logró su primera mayoría absoluta en unas elecciones generales. En esa ocasión el PSOE, con Almunia como candidato, obtuvo en Andalucía un 44% del voto, diez puntos más que en el resto de España. Hoy "la mujer más poderosa de España" no garantiza ni la mitad de ese porcentaje.

El PSOE sigue siendo electoralmente andaluz-dependendiente. Su victoria en unas elecciones generales es matemáticamente inviable sin un gran resultado en Andalucía, que hoy es impensable. Entre otros motivos, por las prisas de Sánchez en descabalgar a Susana Díaz (la mujer que lo encumbró, luego trató de desencumbrarlo y hoy le lame las botas) y demoler la fortaleza histórica de su partido.

En la democracia española ha habido partidos-régimen o, si se prefiere, partidos del modelo PRI: el PNV en el País Vasco, Convergència en Cataluña, el PP en Galicia y el PSOE en Andalucía. Ejercen un dominio político y social casi absoluto en un territorio donde no sólo ganan las elecciones y gobiernan durante períodos larguísimos; además crean una identificación esencial con el territorio, se apropian de su identidad, controlan los resortes de la sociedad y, en cierto modo, la moldean a su imagen y semejanza.

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