Se habla con frecuencia de la degradación progresiva del PSOE desde su rutilante reaparición en la política española con Felipe González como líder y Alfonso Guerra como jefe del Estado Mayor hasta su lamentable condición actual, confundido en un amasijo de fuerzas populistas de vocación extraconstitucional y acaudillado por un sujeto tóxico y probablemente perturbado.
La última exclusiva de este periódico desvela oscuras actividades de un tal Borja Cabezón, apparatchik de largo recorrido y, al parecer, presunto defraudador de Hacienda en sus ratos libres.
A propósito de esa noticia, ha vuelto a mi mente una observación que albergo desde hace años: existe una correlación temporal entre la degradación histórica del PSOE y la regresión continuada en la calidad de sus secretarios de Organización. Hablo de correlación temporal y no causal porque sería excesivo considerar que el empeoramiento de los sucesivos jefes del aparato socialista sea el único motivo de la degeneración política de ese partido. Pero, como mínimo, es uno de sus síntomas. Recorramos rápidamente la historia:
En el principio estuvo Alfonso Guerra, arquitecto, aparejador y hasta primer albañil de la maquinaria política y electoral más eficiente que ha conocido la democracia española. Con distintos rótulos orgánicos, actuó como secretario de Organización de facto durante una década, desde el Congreso de Suresnes de 1974 hasta 1984, y aún le quedó tiempo para actuar de comadrona de la Constitución junto a Fernando Abril y dirigir una larga lista de campañas electorales victoriosas. Él marca la primera referencia y el punto más alto de calidad en esta escala sostenidamente descendente. Sobresaliente.
Tras él vino Txiki Benegas, aún en el nivel de la excelencia aunque quizá un escalón por debajo de Guerra en cuanto a su trascendencia. Supo combinar un buen manejo de la organización del PSOE con el liderazgo del socialismo vasco en el tiempo más difícil y un papel crucial en la lucha contra el terrorismo de ETA. Su figura merece el respeto general dentro y fuera de su partido. Notable alto.
Ciprià Císcar fue el secretario de Organización durante el período crepuscular del mandato de Felipe González y el de Joaquín Almunia. Se dice que hay dos clases de políticos valencianos: los del modelo fallero y los del modelo Borgia. Si es así, Císcar está más cerca del segundo grupo. Hombre inteligente, culto y civilizado, su designación para la jefatura del aparato fue un clarísimo error de casting: en cualquier otro puesto sus virtudes habrían brillado más. Además, le tocó administrar un tiempo declinante de su partido y cometió el error de implicarse en exceso en la intrincada conspiradera del socialismo valenciano. Dadas las circunstancias, aprobado sin más.
José Blanco fue el artífice de la victoria de Zapatero frente a José Bono en el congreso del PSOE del año 2000. Guerra, que controlaba 200 delegados y contaba con su propia candidata, tenía cuentas pendientes con Bono. Envió un experto emisario a negociar con Blanco. "¿Cuántos votos necesitáis?", preguntó el emisario. "Con 50 nos bastaría", respondió Blanco. "Con 50 no llegáis, a ver si aprendéis a hacer las cuentas. Te pasaré 80 y ganaréis por los pelos". Zapatero ganó por nueve votos (la candidata de Guerra se quedó en 120) y aún cree que fue por su brillante discurso. En general, alguien debería explicar a todos los líderes cómo se les llenan los mítines y se les hace ganar las votaciones orgánicas.
Por lo demás, Blanco fue razonablemente eficiente como jefe del aparato zapateril, aunque quizá pisó más callos de los necesarios y apadrinó a una generación detestable de jóvenes consumidos por la ambición (entre ellos un tal Sánchez) que han conducido al estrago actual. Aprobado en la gestión, con serios reparos en cuanto a adopciones y promociones.
A partir de ahí, comienza un imparable descenso a los infiernos. La primera sucesora de Blanco fue Leire Pajín, que jamás habría sido secretaria de Organización del PSOE si el PP no hubiera anunciado a Dolores de Cospedal como secretaria general. Comprobada su inepcia, Zapatero decidió que no valía para el partido ¡pero sí para el Gobierno! y, como consolación, le entregó el Ministerio de Sanidad, donde, afortunadamente, sólo duró un año. Suspenso inapelable.
La cosa parecía difícilmente empeorable, pero entonces se trajo a Marcelino Iglesias, un político hueco por sus cuatro costados que, por motivos ignotos, había llegado a ser presidente de Aragón. Sus dos años en Ferraz coincidieron con la fase final y más penosa del zapaterismo, superado por la crisis financiera. Su contribución es desconocida: pasó por el cargo, pero el cargo no pasó por él. Suspenso por incomparecencia.
No sé qué vio Rubalcaba en Óscar López, pero lo hizo secretario de Organización para que lo acompañara en la travesía del desierto. A López no se le recuerda una buena decisión ni un consejo útil, pero sí una copiosa colección de derrotas, fracasos y desaguisados. Entre ellos, la idea genial de comprar el voto de un tránsfuga condenado por agresión sexual para ganar una moción de censura en el Ayuntamiento de Ponferrada. Tras fracasar con ruido en la conducción de varias campañas electorales, se hizo nombrar candidato en Castilla y León y logró la hazaña de perder por 22 puntos cuando aún no existía Podemos. El año que viene en Madrid, frente a Ayuso, superará esa marca. Suspenso esférico.
Pedro Sánchez estrenó su liderazgo con César Luenaen la Secretaría de Organización. Típico producto de las Juventudes Socialistas, político y conspirador profesional desde la cuna, sin otro oficio conocido. Tuvo algo que ver en el intento de pucherazo tras las cortinas en el infausto comité federal de octubre de 2016. Suspenso con tarjeta roja por tramposo.
La última fase es la de los secretarios de Organización que terminan en los tribunales, pasando por Soto del Real. José Luis Ábalos, martillo de corruptos y presunto corrupto hasta las trancas, especulador con las mascarillas en lo peor de la pandemia y presunto traficante de coimas y mordidas con las obras públicas. Tras él, Santos Cerdán, un tipo con disfraz de monje, extraído del inframundo partidario, que recuerda al personaje de Tommy DeVito que Joe Pesci interpretó magistralmente en Uno de los nuestros; eminente negociador de pactos oscuros con Otegi, Puigdemont y otros amantes de la ley, así como usuario pasado -y probablemente futuro- de instituciones penitenciarias. Para esos dos no vale ni el suspenso, más bien vigilar la cartera en su proximidad.
Pasando por el gatillazo de Paco Salazar, desembocamos en la vacua Rebeca Torró (traten de encontrar una idea en su entrevista en el diario gubernamental del 15 de febrero) y su influyente adjunto, Borja Cabezón. Además de sus andanzas fiscales, se cuenta que, en la época de las primarias de Sánchez contra Susana Díaz, este andoba actuaba como topo: fingía colaborar con la gestora de Javier Fernández y en realidad era el chivato de Pedro Sánchez. Corcel de la cuadra de Iván Redondo, recientemente formó parte del comando expedicionario -encabezado por López- que Sánchez envió a Zaragoza para terminar de hundir la campaña de Pilar Alegría. En Ferraz y Moncloa había muchas esperanzas depositadas en él.
Así, recorriendo paso a paso el trayecto de cuatro décadas que transcurre abismalmente desde la cumbre de Alfonso Guerra hasta el subsuelo de Rebeca Torró y Borja Cabezón, se entienden mejor muchas cosas del partido de Sánchez, que conserva las cuatro letras de la sigla y sólo eso.
Se habla con frecuencia de la degradación progresiva del PSOE desde su rutilante reaparición en la política española con Felipe González como líder y Alfonso Guerra como jefe del Estado Mayor hasta su lamentable condición actual, confundido en un amasijo de fuerzas populistas de vocación extraconstitucional y acaudillado por un sujeto tóxico y probablemente perturbado.