No es que me resulte agradable que los ministros se diviertan con nuestro dinero. Pero puesto a elegir formas de política corrupta, entre la amnistía y las amigas de Ábalos la primera me parece mucho más dañina para España
El exministro y diputado José Luis Ábalos (i), al término del pleno del Congreso de los Diputados. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
No es sencillo ser a la vez laico y catequista. Pese a mis muchos (demasiados) años de militancia, siempre rechacé instintivamente todo lo que la política partidaria tiene de eclesiástico, la vida orgánica de litúrgico y las ideologías oficiales de teológico. Por ejemplo, jamás me acostumbré al uso ritual de las expresiones "camarada" de los comunistas y "compañero" de los socialistas entre sujetos que usualmente se detestan y dedican una parte desproporcionada de su tiempo a perpetrar canalladas recíprocas.
El sanchismo no tiene remedio en esta legislatura, pero aún le queda mucho daño por hacer: sus efectos nocivos en la política española se prolongarán durante años, tras la previsible derrota intentará reciclarse y recuperar el poder lo antes posible -incluso con el mismo líder o con el sucesor que él designe- y, en todo caso, deja un reguero de malas prácticas para uso y provecho de los gobiernos futuros, junto a varios artefactos explosivos situados en los cimientos deledificio constitucional.
En esta fase de descomposición del régimen, no hay paz para el fundador ni para sus conmilitones. Han entrado en esa etapa postrera en la que todo lo que sucede los daña, lo que intentan se les tuerce y lo que tocan se pudre por su mero contacto. Su toxicidad de origen ya los envenena a ellos más que a nadie. La tropa observa al caudillo con más aprensión que pasión, los generales murmuran entre sí, los aliados calculan el momento adecuado para dejarlos tirados y los adversarios quizá caigan en la tentación de disputarse la herencia antes del deceso; cualquier taurino recuerda cornadas mortales que propinaron toros a su vez heridos de muerte.
Cuando a un Gobierno se le apelotonan las desgracias políticas, se hace difícil distinguir unas de otras y establecer una jerarquía entre ellas. El mes de agosto se presumía de descanso, ya que los jueces y los periodistas más peligrosos para el poder también toman vacaciones, y miren lo que sucedió: una salvaje sucesión de incendios descontrolados terminó de delatar ante la sociedad la incuria de los gobernantes tanto en la prevención como en la acción, el desorden estructural en el funcionamiento de las administraciones y la miseria moral de los políticos para los que hasta la ocasión más trágica es buena para sacarse las tripas. Si añadimos el espectáculo tercermundista de un servicio ferroviario del que antaño nos enorgullecimos, el verano ha servido para asentar la convicción social de que nuestras infraestructuras y servicios públicos son impropios de un país moderno en 2025; además de expandir la sospecha sobre el funcionamiento del Estado autonómico, especialmente cuando el poder central y los territoriales están en manos opuestas.
Por lo demás, la crisis del sanchismo se manifiesta de forma simultánea en tres planos:
En primer lugar, su propia naturaleza como producto político y fórmula de Gobierno. Los partidos centrales, mayoritarios, irracionalmente enfrentados entre sí y sometidos al chantaje permanente de sus aliados extremistas, minoritarios pero poderosos como nunca. La polarización como instrumento estratégico de laboratorio, que paraliza crónicamente cualquier reforma de fondo en un sistema concebido para avanzar desde los consensos básicos. El principio de legalidad, pisoteado por las conveniencias sectarias. La ocupación sistemática y el maltrato de las instituciones en manos de ineptos sin otra cualificación que el servilismo. La mentira como hábito. El desprecio del Parlamento y el enfrentamiento irrestricto entre el poder ejecutivo y el judicial. Los privilegios territoriales a las regiones ricas emanados de los pactos políticos con los nacionalismos destituyentes. La política exterior, al servicio de la interior y orientada en la sombra por lobistas manejados desde China. Una legislatura entera sin presupuestos, que se joda la Constitución. Aquí, el contrapoder más temido es el de los socios, insaciables.
En otro nivel, el regreso de la corrupción como problema nacional. El miserable negocio de la pandemia, con gobernantes y compinches haciéndose ricos con la compraventa de mascarillas. Por lo demás, lo de siempre: la práctica del comisionismo consentido y amparado por un sistema de contratación pública con más agujeros que un gruyere. Los apparátchik del partido del Gobierno al frente de las obras públicas. La ley del embudo, única que se cumple estrictamente en el tratamiento de las prácticas corruptas: máxima indulgencia para los amigos, máxima exigencia para los enemigos. La Moncloa, ocupada por los abogados. Aquí se teme ante todo a los jueces, denigrados por hacer el trabajo que les encomienda la ley.
Por último, la emergencia de la sordidez en los comportamientos personales. La contradicción escandalosa entre lo que se predica y lo que se practica. El puterío pagado con el dinero de los contribuyentes. Las queridas de pago colocadas en empresas públicas para financiar los polvos del señor ministro y sus compañeros de jarana. El Tito Berni vendiendo favores en el Ramsés con su carné de diputado, una versión cutre del tocomocho. Los paradores nacionales convertidos en lupanares.
Mientras tanto, procedente del mismo partido, el discurso puritano y represor del abolicionismo, como si acabar con la prostitución fuera el mayor problema de la sociedad española. Además, como si ello fuera posible: todo lo que conseguirán será llevarla a las catacumbas y condenar a las mujeres que la practican a la desprotección absoluta.
Con la parte sórdida, el espectáculo mediático vomitivo. La troupe de meretrices favoritas de Ábalos y Koldo es infinitamente más famosa que la gran mayoría de los miembros del Gobierno. Carlota, Ariadna y compañía son hoy el rostro del régimen, el tema de conversación en bares, terrazas y taxis. Una televisión se permite emitir, con gran éxito de audiencia, un programa de cinco horas con la mujer del ministro más putero relatando las cochinadas de su ex. Como ha señalado Juan Soto Ivars, en ese programa se habló mucho de dinero, salvo de la millonada que pagaron a la protagonista por sacar a pasear la ropa sucia.
Ciertamente, Ábalos es la figura en la que se condensan los tres niveles de la putrefacción. Arquitecto de la política sanchista, operador principal de la corrupción y campeón del puterío a base de pastillas de color azul. El hombre de confianza.
Pero qué quieren que les diga: no es que me resulte agradable que los ministros se diviertan con nuestro dinero o que se forren con las comisiones de las obras públicas. Pero puesto a elegir formas de política corrupta, entre la amnistía y las amigas de Ábalos la primera me parece mucho más dañina para España.
Con todo, lo más asombroso es la catadura del personal. Este oficialismo resultó ser una especie de submundo en el que todos se vigilan y espían, se graban las conversaciones, se mienten y calumnian, se elaboran dosieres preventivos, se traicionan y se chivan al jefe de las trapisondas de los demás. Y no ahora, sino desde el primer día. ¡Y siguen llamándose "compañeros"!
Como dicen que ha dicho Alfonso Guerra (y si no lo ha dicho, está muy bien traído), no es que los políticos se hayan hecho criminales; es que los criminales se han metido en la política. Aunque sea sin mucha esperanza por lo que venga, toca sanear el entorno.
No es sencillo ser a la vez laico y catequista. Pese a mis muchos (demasiados) años de militancia, siempre rechacé instintivamente todo lo que la política partidaria tiene de eclesiástico, la vida orgánica de litúrgico y las ideologías oficiales de teológico. Por ejemplo, jamás me acostumbré al uso ritual de las expresiones "camarada" de los comunistas y "compañero" de los socialistas entre sujetos que usualmente se detestan y dedican una parte desproporcionada de su tiempo a perpetrar canalladas recíprocas.