Cuando se equipara el velo, el burka y el niqab con el tocado de una monja se está construyendo una coartada retórica que normaliza una práctica asociada a la regulación sexista del cuerpo femenino
Varios nazarenos se dirigen a la Iglesia Parroquial de San Bernardo en Sevilla. (Europa Press/María José López)
Estos días y antes de que irrumpiese el ruidito informativo de los therians teníamos el foco en un asunto de verdadero calado: el debate sobre el velo (burka/niqab). El debate desconcertó al escuchar a parte de la izquierda enarbolar argumentos en defensa del uso de una prenda opresiva que actúa como marca segregadora para las mujeres.
En las tertulias, y en el mismísimo Parlamento, se ha enarbolado como argumento la libertad religiosa y el apoyo a la diversidad mientras se percibía un generalizado abandono de los argumentos en defensa de la igualdad de derechos entre los sexos, y el principio de neutralidad del espacio público como garante de la convivencia democrática.
El feminismoya ha subrayado que más allá de la igualdad legal es preciso poner fin a tradiciones y prácticas culturales que perpetúan la desigualdad y que el respeto a la diversidad no debe ser nunca excusa para establecer cómo deben comportarse las mujeres, imponiéndoles normas de control. Les toca a las sociedades democráticas poner empeño en garantizar la neutralidad en espacios y servicios públicos confrontando, sin temor, las grandes resistencias de las élites religiosas o las corrientes identitarias siempre tentadas a sobrepasar los límites de la igualdad y la libertad.
Pero yendo al grano: entre los argumentos escuchados estos días, ha destacado la comparativa del velo musulmán con el tocado de las monjas, o los capirotes de los procesionarios de la Semana Santa católica.
La comparación entre el velo y el tocado de las órdenes religiosas femeninas incurre en un problema de falsa equivalencia normativa. El hábito monástico se inscribe en una lógica vocacional: es un signo externo que identifica a mujeres y hombres que, tras un proceso formal de discernimiento y consentimiento, asumen votos específicos dentro de una institución concreta. No constituye una prescripción general para el conjunto de las creyentes ni opera como requisito de respetabilidad social femenina en el entorno civil.
Por el contrario, el velo integral se prescribe para el conjunto de las mujeres como códigos de modestia que afectan al conjunto de las mujeres por razón de su sexo, estableciendo expectativas diferenciadas sobre su apariencia y conducta en el espacio público. Además, la literatura comparada en sociología de la religión y estudios sobre desigualdad subraya que la significación simbólica difiere: el hábito expresa pertenencia institucional voluntaria, el velo se integra en sistemas normativos que regulan la visibilidad, movilidad y corporalidad femeninas.
La dimensión no es equiparable. La decisión de ingresar en una orden religiosa suele producirse en la edad adulta y con posibilidad real de abandono, mientras que las normas de vestimenta del velo se interiorizan desde la socialización temprana y pueden estar respaldadas por sanciones informales o normas de imposición violenta como estamos viendo en Irán o Afganistán.
Esta asimetría se agrava por la ausencia de exigencias equivalentes para los varones, pero también porque el veladoes un dispositivo de control social de alcance general ya que a nadie se le escapa que la aspiración cultural de quien lo promueve es que sea de aplicación para todas las mujeres.
El tocado de las monjas y el niqab no soportan una comparación equivalente: el tocado de las monjas es una prenda ligada a una vocación dentro de una comunidad religiosa privada; el velo, el burka y el niqab mueven dinámicas de derechos civiles, igualdad y neutralidad del Estado en el espacio público. Los argumentos que los equiparan oscurecen las relaciones de poder implicadas, los regímenes normativos que los sostienen y los efectos sobre la igualdad sustantiva.
Cuando se equipara el velo, el burka y o el niqab con el tocado de una monja, o el capirote procesional, se está construyendo una coartada retórica que normaliza una práctica asociada a la regulación sexista del cuerpo femenino. Ese argumento desplaza el foco desde los derechos y la autonomía hacia una falsa simetría que, en la práctica, opera como defensa del velado de las mujeres y no como defensa de su libertad ni de la igualdad entre mujeres y hombres.
Y esto, creo yo, es lo que piensa la izquierda feminista. La identitaria no lo sé.
*Ángeles Álvarez, política y referente del feminismo socialista en España.
Estos días y antes de que irrumpiese el ruidito informativo de los therians teníamos el foco en un asunto de verdadero calado: el debate sobre el velo (burka/niqab). El debate desconcertó al escuchar a parte de la izquierda enarbolar argumentos en defensa del uso de una prenda opresiva que actúa como marca segregadora para las mujeres.