El hiyab no solo es una amenaza para la libertad de la mujer, sino también una amenaza para la esencia de la libertad y la igualdad en la que se basa toda sociedad democrática
Una mujer con hiyab en una calle de Barcelona. (Europa Press/David Zorrakino )
Hace tiempo que nos va llegando información sobre la presencia del hiyab en nuestra sociedad. Ya es una realidad tanto en los centros educativos y universitarios como en el mundo laboral; tanto en la empresa pública como en la privada. La visibilidad del hiyab es una realidad que cada día irá a más. Algunas organizaciones no gubernamentales islamistas apelan al derecho de los padres a educar a sus hijos libremente en los valores religiosos que profesan.
En los últimos días, hemos asistido a una manifestación a favor del hiyab por parte del Sindicato de Estudiantes. Al mismo tiempo, un grupo de maestras ha solicitado la prohibición legal del hiyab en las aulas de manera muy acertada, lo que ha tenido unas consecuencias terribles para ellas: una lluvia de amenazas y acusaciones tanto de racismo como del famoso mantra de la islamofobia.
Hasta ahora, nuestros debates se han desarrollado a partir de una visión sencilla: sí o no, libertad o imposición. Pero me temo que ha llegado el momento de trascender esa visión: que en Egipto, Argelia e Irán lleven décadas debatiendo sobre el velo, y que en los tres países esta batalla siga costando la vida de miles y miles de mujeres a día de hoy, demuestra que el hiyab no es una simple tela. Que no es un símbolo religioso, cultural ni identitario, sino que es y ha sido un instrumento político poderoso. Una herramienta que el islamismo internacional ha sabido usar de manera muy inteligente desde que en 1928 Hasan Al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, pidió al presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, que obligara a todas las mujeres del país a usar el hiyab. De todas las concesiones que podían reclamar los islamistas, la primera fue el uso obligatorio del hiyab.
El islamismo internacional ha conseguido expandir su ideario logrando importantes alianzas políticas con la izquierda en Europa, lo que le ha permitido blanquear su instrumento de control, el hiyab, presentándolo como un símbolo identitario religioso. Si hoy en Egipto los Hermanos Musulmanes son considerados un grupo terrorista, si Argelia declaró ilegal al grupo Frente Islámico de Salvación (FIS) y en la actualidad todos vemos la peligrosa situación que se vive en Afganistán e Irán, ¿en qué creen España y toda Europa que consiste el debate sobre el hiyab?
La pregunta fundamental es qué es realmente el hiyab. ¿Es realmente solo un trozo de tela? ¿Y qué conlleva reconocer su presencia en nuestro sistema educativo? ¿Es el hiyab una amenaza para los principios de igualdad y libertad de la mujer? Si aceptamos el hiyab, ¿estamos aceptando que la mujer y su feminidad son una amenaza para la paz social, y que aquellas que no llevan el hiyab son mujeres inmorales? ¿Aceptaremos que las niñas crezcan en España bajo el control moral islamista creyendo que la feminidad y su voz son inmorales, e incluso ofensivos?
Si todos entendemos que la mutilación genital y la lapidación de las mujeres son crímenes inaceptables, ¿por qué nos surgen dudas sobre el hiyab? ¿Estamos seguros de que una niña, sin haber desarrollado el pensamiento crítico, elige utilizarlo libremente? Y si aceptamos el hiyab, ¿dónde quedan la libertad y seguridad de no usarlo? Además, cuando hablamos del hiyab, ¿realmente estamos hablando solo de los derechos y libertades de la mujer, o lo que tenemos delante es la yihad del pensamiento? La realidad es que lo que el hiyab simboliza es el reconocimiento de estar bajo el control del todopoderoso islamismo.
El hiyab simboliza el reconocimiento de estar bajo el control del todopoderoso islamismo
Nawal el Saadawi, doctora y escritora egipcia, toda una referencia mundial en la lucha por la libertad y la igualdad de las mujeres, afirma que "no se puede ser feminista y aceptar el hiyab". Pero no solo han sido mujeres quienes han hecho frente al totalitarismo islámico; también hombres, como el autor indio Ibn Warraq, Salman Rushdie o Walid Shoebat, nacido en Cisjordania. Porque el hiyab no solo es una amenaza para la libertad de la mujer, sino también una amenaza para la esencia de la libertad y la igualdad en la que se basa toda sociedad democrática. La batalla penetra desde lo local en los barrios y municipios más pequeños, llega a las familias y a los más jóvenes a través de pequeños gestos, palabras y frases sencillas; pero es global, e interpela a los más profundos principios.
El problema de fondo, en todo caso, es previo al debate. El núcleo, allí donde empieza todo, es otro: ¿de dónde surgen estas miles de jóvenes europeas que defienden el uso del hiyab como un ejercicio de libertad? ¿Qué hace que miles y miles de jóvenes españolas se aferren a él como quien se agarra a un salvavidas en medio del mar? ¿Cómo es posible que un símbolo, un instrumento político que ha matado a mujeres y que esclaviza niñas, alimente este sentimiento de pertenencia y arraigo? ¿Cómo es posible que el islamismo siga ganando terreno en el siglo XXI?
Debemos preguntarnos qué les sucede a estos miles de jóvenes españoles que son españoles, que no han sido otra cosa que españoles nacidos y crecidos en nuestro territorio nacional, que son hijos o nietos de inmigrantes, pero a quienes aún tratamos con el paternalismo y la condescendencia propios del prisma sesgado del multiculturalismo. Les hablamos de su capacidad de adaptación, de que en su país comen cuscús…, cuando en realidad se vuelven locos por comerse una hamburguesa con sus amigos. Poco a poco, estos jóvenes, víctimas del multiculturalismo, se van sintiendo desplazados. Y ese sentimiento de desarraigo y desafección es lo que las organizaciones islamistas y los tentáculos del islamismo internacional utilizan en su propio provecho, para acogerlos y construirles un ideario identitario. Los reconocen y les dan su espacio de arraigo y pertenencia, empoderándolos a partir de un sentimiento que distingue el "ellos" (fieles) del "nosotros" (infieles).
Los islamistas siempre han sabido detectar dónde falla el Estado, dónde hay una fisura en la democracia. Ellos saben cómo aprovecharlo, y por eso hoy nos encontramos con que muchos niños y jóvenes nacidos en España no crecen en nuestros valores sociales ni reconocen nuestras leyes ni nuestra democracia. Están en lo que se denomina "sociedades paralelas". Cuando las instituciones públicas, con la intención de mostrar que tienen presentes a todos los jóvenes, identifican y representan a esos jóvenes a través del hiyab, las consecuencias son terribles, porque con ello es la autoridad del argumentario islamista lo que se refuerza.
La situación es tan grave y la negligencia de nuestras instituciones es tal que hace no mucho el entonces presidente de la Generalitat de Cataluña, Pere Aragonès, y otros dirigentes independentistas cuestionaron la expulsión de España de un líder salafista que supuestamente ejercía como interlocutor de la comunidad musulmana con la administración pública. Lo que nunca se explicó es que, cuando no tenía delante a un político, ese líder desplegaba su verdadero discurso salafista, en el que la democracia y la igualdad no eran más que frases hechas para las redes sociales, y en el que consideraba a las mujeres sin hiyab como personas inmorales a las que se debe señalar.
Ante tal control social, y teniendo en cuenta las fuertes alianzas políticas que en Europa ha logrado forjar el islamismo, ¿quién es capaz de rebelarse en su barrio contra el hiyab y su código moral, cuando además algunas administraciones públicas han dejado en manos de las organizaciones islamistas la educación y el trabajo comunitario de nuestros hijos? ¿Qué podemos esperar?
Los islamistas siempre han sabido detectar dónde hay una fisura en la democracia
El hiyab no es un debate que corresponda únicamente al ámbito educativo, sino un indicador esencial que interpela al conjunto de la ciudadanía y de las administraciones públicas sobre qué modelo de sociedad queremos construir. Debemos preguntarnos cómo conseguir que la diversidad social esté al servicio de un marco común de convivencia sólido y seguro para todos. Y no permitir que nos confundan: el hiyab no es un debate sobre la libertad religiosa o la libertad de expresión; es mucho más.
En nuestro país todos los ciudadanos tenemos garantizados nuestros derechos y libertades; entre ellas, la libertad de culto. El debate sobre el hiyab no persigue ni quiere señalar a los musulmanes, porque no existe una indumentaria musulmana; no son menos musulmanas las mujeres sin velo. La fe siempre ha sido y es una cuestión personal. No eran menos musulmanas las mujeres en el Irán de 1960 que las de hoy.
No busco provocar alarmismo. Solo expongo una realidad que se da, sutilmente, a diario sin que nadie preste atención, pero que, con menos sutilezas, constituye una parte esencial de la táctica del islamismo internacional. El debate, en definitiva, no es hiyab sí o no, sino si vamos a permitir que un día el debate sea democracia o islam.
*Hanan Serroukh, autora de Coraje: el precio de la libertad.
Hace tiempo que nos va llegando información sobre la presencia del hiyab en nuestra sociedad. Ya es una realidad tanto en los centros educativos y universitarios como en el mundo laboral; tanto en la empresa pública como en la privada. La visibilidad del hiyab es una realidad que cada día irá a más. Algunas organizaciones no gubernamentales islamistas apelan al derecho de los padres a educar a sus hijos libremente en los valores religiosos que profesan.