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La experiencia de la soledad
Ya no es solo que existan diferentes tipos de soledades, sino que además esta es compleja, múltiple, transversal y poliédrica, así que, por favor, no la banalicemos
Somos seres sociales, necesitamos vincularnos con otros y tenemos una motivación esencial para crear y mantener relaciones interpersonales. Nuestra experiencia de la soledad está enraizada en ese carácter social del ser humano, sobre cuya base, los vínculos con otras personas, constituyen una necesidad básica y una parte esencial de nuestra identidad.
Esa identidad viene dada por la relación con las demás personas: el yo no existe a priori, sino que es un a posteriori relacional. Solos no somos nada, o como decía bellamente José Agustín Goytisolo en Palabras para Julia, que Paco Ibáñez hizo canción: "Un hombre solo, una mujer así tomados, de uno en uno son como polvo, no son nada".
Cuando estos vínculos afectivos centrales se ven alterados por la muerte de nuestros seres queridos, o por un divorcio y la consiguiente separación entre padres e hijos, vivimos los momentos de mayor dolor, soledad, vulnerabilidad psicológica y física de nuestra vida. Pérdidas afectivas, duelo y soledad son, por tanto, conceptos íntimamente entrelazados.
La soledad nace —no es un tsunami, ni una epidemia, ni una enfermedad— de nuestra propia vulnerabilidad ontológica y de la profunda necesidad de los otros. Está relacionada y se solapa, además, con otras experiencias como el aislamiento, la depresión, la desesperación, la falta de propósito, la sensación de falta de control o la experiencia de vacío.
La fenomenología de la soledad
En los últimos años, se ha investigado mucho sobre la fenomenología de la soledad, acerca de cómo la experimentamos y vivimos, qué tipo de vivencias incluye, cómo debe describirse.
Imaginemos que nos divorciamos sin quererlo o que fallece nuestra pareja, la experiencia de la soledad puede ir más allá de la ausencia de esa persona porque, en muchos casos, implica no solo su falta, sino la pérdida de una parte de uno mismo o incluso del sentido de nuestra vida. Cuando perdemos a nuestra pareja, la soledad no está únicamente tamizada por sentimientos de ausencia o vacío. Algo de nosotros mismos se despide con esa persona: el proyecto común, las ilusiones, ese futuro compartido que habíamos trazado... porque las pérdidas y la soledad derivada interrumpen aspectos esenciales de nuestra identidad personal.
A la hora de comprender esta experiencia de la soledad, algunos autores la entienden como una ausencia emocional, resultante de la pérdida de bienes sociales (compañía, apoyo moral o contacto físico). Así, la soledad se puede experimentar como la sensación de que ciertos bienes interpersonales deseados están ausentes o son inalcanzables, lo que provoca una experiencia de ausencia.
"Somos afectivamente golpeados por la repentina aparición de un vacío que no debería estar allí"
Ocurre que la ausencia no es suficiente para capturar lo profundo de los sentimientos de soledad porque simplemente informa sobre lo que falta, pero no logra expresar la fuerza experiencial del sentimiento de soledad.
Volvamos al caso de la pérdida de la pareja. La ausencia deja un espacio vacío concreto generado por la ausencia física de esa persona, pero también un espacio subjetivo porque existía una unidad experiencial caracterizada por el estar juntos, donde la persona se sentía 'fusionada' con el otro. La pérdida del ser querido rompe esta unidad, creando un hueco o vacío que hace que la unidad deje de estar completa. Somos afectivamente golpeados por la repentina aparición de un vacío que no debería estar allí o que esperábamos que fuera llenado por el que se ha ido.
A veces esta experiencia del vacío no es meramente imaginativa, sino una experiencia corporal concreta. ¿Cuántas mujeres viudas del programa Siempre Acompañados de la Fundación “la Caixa” nos hablan de ese vacío, de esa presencia (del marido fallecido, por ejemplo) que ya no está, pero que sienten, para su asombro, cuando nos preguntan si se estarán volviendo locas?; o ¿de esa presencia que genera una sensación de vacío y que también a veces perciben?
No sentirse comprendido ni visto
Es muy habitual que advirtamos soledad en otras circunstancias. Por ejemplo, necesitamos que nuestras experiencias resuenen afectivamente con las de los otros, que sean comprensibles y que formemos una orquesta que toque en un mismo tono. Cuando nuestras vivencias —positivas o negativas— no son comprendidas ni compartidas por aquellos que son significativos o con los que queremos conectar, sentimos soledad. "Siento que hablo y no me entienden", "parece que hablamos idiomas distintos", dicen algunas personas que pasan por esta experiencia.
En ocasiones, la soledad está asociada a la necesidad que tenemos de que se reconozca nuestro valor o se nos mire a la cara. Cuando uno siente que no importa en sí mismo, cuando nuestras interacciones sociales son limitadas o superficiales, o nos volvemos invisibles, nos sentimos solos. Hace poco escuché a una mujer, peluquera de profesión ya jubilada que iba a la universidad de mayores, decir que, harta de que no le hicieran caso, se maquilló la mitad de la cara (uno de los dos ojos, una mejilla, la mitad de la nariz y de los labios), se sentó a la mesa, repartió la comida a su marido e hijos y ninguno se dio cuenta de cómo iba pintada.
"La conexión social o el reconocimiento son bienes otorgados por otro y su obtención está en última instancia fuera de nuestro control"
También se puede definir como una forma de dolor social, producto de la frustración por no hacer realidad nuestros deseos de interacción con otros. No es simplemente la ausencia de compañía o la falta de personas, sino la percepción de una carencia de relaciones significativas que impiden la satisfacción de necesidades profundas, como el reconocimiento o la conexión íntima. La soledad nos manda un mensaje, nos dice que somos vulnerables, que dependemos de los otros, que nuestro bienestar, la valía de uno mismo y su identidad están intrínsecamente ligados a la existencia y la calidad de sus relaciones con otros.
La soledad además nos habla de los límites de nuestra agencia, de la incapacidad que tenemos para satisfacer necesidades por nosotros mismos, porque, al fin y al cabo, la conexión social o el reconocimiento son bienes otorgados por otro y, por tanto, su obtención está en última instancia fuera del control de uno mismo y en manos de algo tan demodé como la reciprocidad y la interdependencia.
Escribía Lope de Vega (1562-1635) en el Siglo de Oro aquello de "[…] a mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos". Y tenía razón, no solo porque hay muchas soledades, sino porque la soledad es algo complejo, múltiple, transversal y poliédrico, así que, por favor, no la banalicemos.
*Javier Yanguas es doctor en Psicología y director científico del Programa de Personas Mayores de Fundación “la Caixa”.
Somos seres sociales, necesitamos vincularnos con otros y tenemos una motivación esencial para crear y mantener relaciones interpersonales. Nuestra experiencia de la soledad está enraizada en ese carácter social del ser humano, sobre cuya base, los vínculos con otras personas, constituyen una necesidad básica y una parte esencial de nuestra identidad.