¿Por qué Sánchez ordena ceses en Rodalies y defiende la alta velocidad?
Sánchez ha castigado a dos de los responsables del mal funcionamiento de las cercanías catalanas. Pero mantiene a los de la catástrofe de la alta velocidad. Es un reflejo de que se preocupa más por sus socios que por su propio partido
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa en Adamuz. (Pedro Pascual)
Los nacionalistas catalanes llevan una década convencidos de que la frustración que genera el pésimo funcionamiento de la red de trenes de cercanías es una gran generadora de independentistas. Según ellos, los retrasos, las cancelaciones y la constante falta de información a los usuarios son la muestra de que Madrid considera a Cataluña una mera colonia. Y las colonias deben independizarse.
El PSC de Salvador Illa llegó al poder en 2024 con un argumento contrario y muy convincente. Según este, muchas cosas funcionan mal en Cataluña porque los nacionalistas que la han gobernado durante los años del procés se han centrado en el maximalismo de la independencia y han ignorado la gestión. En el caso de Rodalies, la gestión pasa inevitablemente por dialogar y pactar con el Gobierno de Madrid. Y eso, prometió Illa, haría el PSC. El mensaje era que con los socialistas volvía la gestión pragmática y eficiente.
Pero el hecho de que Rodalies no haya mejorado en el último año y medio, y de que un maquinista muriera la semana pasada en un accidente, a lo que siguió un nuevo deterioro de la red con más cancelaciones y graves carencias en la información a los usuarios, ha desmontado ese argumento. Para eximirse, el PSC ha utilizado excusas absurdas como el cambio climático. Pero también ha hecho un uso contundente del enorme poder político que tiene sobre Pedro Sánchez. Nadie ha dimitido por el funesto accidente de Adamuz en el que murieron 45 personas. Pero a petición del PSC, el Ministerio de Transportes ya ha cesado a dos altos responsables del sistema ferroviario en Cataluña, el director de operaciones de Adif y el de Rodalies. Y ayer, como informaba este periódico, el PSC dijo que quería más sangre porque la necesita para mantener su relato de eficiencia e influencia en Madrid.
Más allá de las servidumbres de una coalición
Esa disparidad en la reacción señala tres realidades dolorosas para Pedro Sánchez. La primera es que está en manos, al mismo tiempo, de las dos grandes fuerzas políticas rivales de Cataluña: los independentistas y el PSC. La segunda es que este último ya no actúa como parte del PSOE, sino como un socio más de la coalición. Pero la tercera es casi peor. Mantener a los presuntos responsables de la tragedia de Adamuz, pero cesar a los del desastre de Gelida; defender a los responsables de la pésima gestión de la alta velocidad, pero decapitar a los de la horrible de Rodalies, es la encarnación más evidente, y también la más dramática, de cómo gobierna desde 2023. No como el líder del partido más grande de una coalición ejecutiva con un socio más pequeño. Ni siquiera como el líder de un partido que se apoya en una coalición que carece de mayoría en el Congreso. Sino como un presidente que desatiende aquellas realidades que no son prioritarias para sus socios de coalición.
La disparidad en la respuesta a Adamuz y la alta velocidad, y Gelida y Rodalies, es la mayor muestra de ello. Pero esta semana se han acumulado otros ejemplos. El PSOE quería que se produjera la subida de las pensiones, pero renunció a ello porque decidió introducir en el decreto ómnibus en el que se incluía una medida de Bildu, la suspensión de los desahucios. La regularización de medio millón de inmigrantes ilegales es una medida positiva, aunque la pulcritud democrática exigía que la aprobara el Congreso, pero probablemente perjudicará al PSOE en las tres próximas elecciones —las de Aragón, Castilla y León y las de Andalucía—. Sin embargo, Sánchez siguió con ella porque Podemos quería y permite, tal vez, satisfacer la exigencia de Junts y PNV de traspasar a la Generalitat y el Gobierno vasco todas las competencias de inmigración. Para satisfacer a Sumar, y en contra del criterio de Hacienda y el núcleo duro de economistas del PSOE, Sánchez aceptó acompañar el aumento del salario mínimo que iba en el decreto ómnibus de una deducción fiscal que permitiría que sus receptores no pagaran IRPF, aunque eso perjudique a los desempleados de zonas más desfavorecidas.
Es normal que en un Gobierno de coalición el socio mayor haga cesiones. Es también habitual que, cuando se percibe que ese Gobierno es particularmente débil, los socios menores aumenten sus exigencias. Pero Sánchez está yendo más allá de eso: no está gobernando con un programa que responda a sus propios intereses, sino a los de esos socios. Por lo que con frecuencia ignora realidades importantes para la mayoría de españoles, e incluso de sus votantes, que esos socios consideran secundarias.
En cierto sentido, el PSC forma parte del PSOE. En muchos sentidos, sin embargo, el PSC es un partido un tanto distinto del PSOE. Pero hoy parece básicamente un socio más de su coalición. La relación entre los dos partidos ha adquirido la perniciosa dinámica que Sánchez ha interiorizado acerca de todos los demás: pensar que las preocupaciones de sus socios son más importantes que las de quienes votan al PSOE.
Los nacionalistas catalanes llevan una década convencidos de que la frustración que genera el pésimo funcionamiento de la red de trenes de cercanías es una gran generadora de independentistas. Según ellos, los retrasos, las cancelaciones y la constante falta de información a los usuarios son la muestra de que Madrid considera a Cataluña una mera colonia. Y las colonias deben independizarse.