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La estrategia suicida del PSOE con Vox (aprendida de Mitterrand)
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Ramón González Férriz

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La estrategia suicida del PSOE con Vox (aprendida de Mitterrand)

El objetivo de Sánchez en el ciclo electoral que empieza en Extremadura no es ganar, sino engordar a Vox para debilitar al PP. Los socialistas franceses hicieron algo equivalente en los 80. Con ello, legitimaron y dieron alas a la derecha radical

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa. (Europa Press/Jesús Hellín)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa. (Europa Press/Jesús Hellín)
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Las expectativas del PSOE para el ciclo electoral que empieza el próximo 21 de diciembre en Extremadura, y que seguirá luego en Castilla y León, Andalucía y quizá Aragón, son muy peculiares. En el primer caso ha escogido deliberadamente a un pésimo candidato, Miguel Ángel Gallardo, que podría hacer que el partido quede 7 u 8 puntos por debajo de su peor resultado histórico en la comunidad. Tampoco aspira a ganar en ninguna de las demás regiones. En ocasiones, ni siquiera parece muy preocupado por obtener en estas un resultado digno. Solo quiere una cosa: que Vox suba mucho. No solo que el PP no pueda gobernar sin él, sino que quede completamente en sus manos.

Se trata de una parte esencial de la estrategia nacional de Pedro Sánchez. Quiere seguir en la presidencia porque es un adicto al poder. Pero también porque cree que, si aguanta dos años más y su partido no deja de hablar de Vox, identificándolo como la verdadera oposición y reaccionando con pavor a su ideología, el partido de derecha radical seguirá creciendo. Crecerá durante este ciclo de elecciones autonómicas y lo hará tanto si Vox entra en algún Gobierno como si sigue en la oposición asfixiando al PP. Mientras tanto, el PSOE espera que las encuestas reflejen que, en el plano nacional, Vox continúa robándole votos a Alberto Núñez Feijóo, y que sus influencers más extremistas siguen ganando protagonismo. El CIS hará su parte y los medios de comunicación recordarán con insistencia que nuestra juventud se está volviendo radicalmente conservadora. Con todo eso, espera Sánchez, el PSOE podrá movilizar el voto de izquierda. Es el único camino que tiene, cree, de repetir la gesta de julio de 2023.

El precedente francés

Durante mucho tiempo, la izquierda pensó que era buena idea dar alas a la derecha radical para así desgastar a la derecha moderada. El primero en hacer el experimento fue François Mitterrand. A principios de los años ochenta, siendo ya presidente del Gobierno, Mitterrand pidió a su Ejecutivo que presionara a los medios de comunicación franceses para que dieran más espacio a Jean-Marie Le Pen y su Frente Nacional. Estos habían pasado diez años en la irrelevancia política, pero empezaban a despegar gracias al incipiente debate sobre la inmigración argelina, y Mitterrand los consideró una herramienta perfecta para romper el predominio que el gaullismo, el centroderecha tradicional, había tenido sobre la política francesa desde la Segunda Guerra Mundial. Mitterrand se atrevió aún a más y cambió la ley electoral que regía las elecciones a la Asamblea para, al mismo tiempo, aumentar la ventaja de los socialistas y facilitar que el Frente Nacional consiguiera la mayor representación posible. Los socialistas franceses pensaban que, con la derecha dividida, ellos conservarían el poder para siempre. Y el deseo de perjudicar a sus rivales históricos, los gaullistas, ejerció una irresistible atracción psicológica en alguien propenso al resentimiento como Mitterrand.

¿El resultado? Mitterrand consiguió mantenerse en el poder una década más y convertirse en el presidente más longevo de la historia de Francia, superando a su odiado De Gaulle. Pero cuando abandonó el escenario, el Frente Nacional ya era un actor consolidado de la política francesa; poco después, Jean-Marie Le Pen llegaría a la segunda ronda de las presidenciales francesas. La nueva derecha heredera de Le Pen es hoy muchísimo más poderosa que el gaullismo. Y Jordan Bardella, el candidato de Agrupación Nacional, el partido heredero del Frente Nacional, tiene todos los números para ser el próximo presidente de Francia. ¿Habría sucedido todo esto sin el apoyo de Mitterrand? Es probable. Sin embargo, ningún izquierdista sensato debería intentar repetir la experiencia.

Foto: sanchez-vox-monstruo-politica-1hms Opinión

Ningún político sensato que pensara a largo plazo, por supuesto. Pero ese no es el caso de Sánchez, que está imitando, adaptada a los tiempos actuales, la estrategia de Mitterrand. Y lo está haciendo por los mismos motivos: la creencia de que una derecha dividida permitirá al socialismo gobernar para siempre. Y la satisfacción psicológica, casi morbosa, de ver sufrir a su adversario histórico.

La pregunta es, ¿le saldrá bien al PSOE? Mi respuesta es un sí con matices. Es un sí, si estamos dispuestos a aceptar que el poder de las comunidades autónomas es irrelevante siempre que se mantenga el poder en el Gobierno nacional. Si asumimos la idea maquiavélica de que la primera meta de un gobernante es siempre mantener el poder, y que frente a esta todas las demás son secundarias. Y sin duda, si damos por buena la tendencia actual de que los partidos se conviertan en meras plataformas sometidas al ego de un líder carismático. Pero si pensamos que un presidente tiene la obligación de pensar cuidadosamente en qué estado dejará el país a su sucesor, sea quien sea este, por supuesto que no saldrá bien.

Es posible que los herederos del Frente Nacional asuman la presidencia de Francia cuarenta años después de que Mitterrand les echara una generosa mano. No creo que Vox llegue a superar al PP. Pero, en todo caso, ahora los acontecimientos van mucho más rápido.

Las expectativas del PSOE para el ciclo electoral que empieza el próximo 21 de diciembre en Extremadura, y que seguirá luego en Castilla y León, Andalucía y quizá Aragón, son muy peculiares. En el primer caso ha escogido deliberadamente a un pésimo candidato, Miguel Ángel Gallardo, que podría hacer que el partido quede 7 u 8 puntos por debajo de su peor resultado histórico en la comunidad. Tampoco aspira a ganar en ninguna de las demás regiones. En ocasiones, ni siquiera parece muy preocupado por obtener en estas un resultado digno. Solo quiere una cosa: que Vox suba mucho. No solo que el PP no pueda gobernar sin él, sino que quede completamente en sus manos.

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