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El centro político ha muerto (y no va a resucitar pronto)
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Ramón González Férriz

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El centro político ha muerto (y no va a resucitar pronto)

Ahora que en España se discute otra vez sobre el valor del centrismo, hay que recordar que en toda Europa los partidos de la moderación han dejado de tener éxito. Es por el contexto comunicativo, pero también por algo peor

Foto: Manifestación en Reino Unido tras la muerte de Kirk. (EFE/Tayfun Salci)
Manifestación en Reino Unido tras la muerte de Kirk. (EFE/Tayfun Salci)
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Algunas personas del PP afirman que el partido puede desentenderse del centro porque se trata de un espacio que se está quedando vacío. En el Gobierno opinan lo mismo: es absurdo, dicen, apelar a la moderación en el clima actual. Al mismo tiempo, en lo que ya se ha convertido en un ritual de la democracia española, un grupo de personas de la élite profesional y funcionarial insiste en crear un nuevo partido de centro que llene ese hueco y apele al viejo léxico de la regeneración y la reforma.

La discusión acerca de la conveniencia de seguir buscando el centro se está dando en toda Europa. Pero no hay buenas noticias para quienes somos partidarios de ella. El centrismo se ha convertido en la receta perfecta para el fracaso.

Emmanuel Macron, el inventor del último partido de centro exitoso, hoy ni siquiera es capaz de nombrar un gobierno que dure seis meses y que logre apoyos para aprobar unos presupuestos. Cuando Keir Starmer cogió las riendas del partido laborista británico, se deshizo del tronado radicalismo de Jeremy Corbyn y lo recondujo hacia el centrismo de la Tercera Vía y Tony Blair. Gracias a ello, obtuvo la segunda mayor victoria electoral del último siglo en Reino Unido. Pero hoy su Gobierno es un fracaso y transmite la sensación de que está condenado. En Italia, Mario Draghi dimitió porque fue incapaz de consolidar una mayoría que aprobara sus medidas reformistas. En las últimas elecciones europeas, el grupo centrista Renew pasó de 102 diputados a 75. En las últimas elecciones alemanas, los liberaldemócratas pasaron de 91 escaños a 0.

En España, UPyD y Ciudadanos desaparecieron, en gran medida, debido a la ineptitud y la arrogancia de sus respectivos líderes. Pero también por razones estructurales. Recordemos que cuando Pedro Sánchez llegó a la presidencia en 2018 nombró un primer Gobierno lleno de centristas, moderados y tecnócratas. Un año y medio después, sin embargo, se dio cuenta de que esa fórmula no le aseguraba el poder, renunció al centro e inició el lento camino que está llevando al PSOE y al Gobierno hacia una versión europea del peronismo.

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Esto no se debe necesariamente al fracaso de las ideas centristas. Es cierto que vivimos en una era de extremismos políticos, pero muchas ideas tradicionalmente liberales —del laicismo al matrimonio gay, del aborto legal a la economía de mercado— se han vuelto hegemónicas en la sociedad. Pero el hecho de que unas cuantas ideas centristas triunfen no se ha traducido en que el centro sea viable electoralmente. ¿Por qué?

Quién entiende la política hoy

Muchos pensamos que lo que en un principio llamamos "populismo" era una fase desagradable y peligrosa de la democracia, pero también pasajera. Estábamos equivocados. Hoy esa forma de entender la política basada en el maximalismo, la sentimentalidad, la inconcreción, el señalamiento, la histeria y la hipercomunicación es la nueva normalidad y la receta del éxito. Y por razones que todavía no acabamos de entender, el centrismo no se adapta bien a este marco. El formato comunicativo de las redes, y sus algoritmos, parecen incompatibles con el centrismo: no hay youtubers, tuiteros, podcásters ni tiktokers centristas de éxito. Los líderes reformistas parecen reacios a adaptar la oralidad encendida y los trucos demagógicos al servicio de ideas moderadas; cuando intentan hacerlo, parecen visiblemente incómodos o directamente estúpidos. Es como si toda la nueva realidad comunicativa penalizara no ya las ideas moderadas, sino sobre todo el carácter moderado.

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Pero hay algo aún peor. Y es que ha quedado claro que, en el contexto actual, la caja de herramientas con la que los centristas se enfrentan a los problemas políticos —los datos, las reformas, el gradualismo, la transversalidad, el pluralismo— no dispone de recursos para responder a las preocupaciones de la gente. Muchos pensamos que Starmer, Macron o Draghi tienen las ideas correctas, pero no muchos en sus respectivos países sienten que hayan sido efectivos. La mayoría de centristas no llegan al poder, pero cuando algunos lo hacen, decepcionan. Probablemente con razón, la gente se ha hartado de oír cómo profesores, economistas y columnistas con aires de superioridad explican complejos planes de reforma que nunca se llevan a cabo o sofisticadas ideas sobre el Estado de derecho que suenan muy bien, pero parecen meras abstracciones.

Hoy, los radicales entienden la política mucho mejor que los moderados. Saben manejarse mejor en el nuevo ecosistema informativo. Saben conectar mejor con las preocupaciones de los ciudadanos y transmitirles que no deben preocuparse por tecnicismos que, seguramente, perciben como inanes. Saben satisfacer mejor las necesidades identitarias y emocionales que mucha gente le reclama a la política.

En estas circunstancias, el centrismo no tiene ninguna posibilidad de éxito electoral. Por eso quienes nos identificamos con él deberíamos dedicarnos a una tarea ingrata, pero esencial, sobre todo ahora: intentar explicar que vale la pena asumir ideas moderadas aunque estas estén políticamente condenadas.

Algunas personas del PP afirman que el partido puede desentenderse del centro porque se trata de un espacio que se está quedando vacío. En el Gobierno opinan lo mismo: es absurdo, dicen, apelar a la moderación en el clima actual. Al mismo tiempo, en lo que ya se ha convertido en un ritual de la democracia española, un grupo de personas de la élite profesional y funcionarial insiste en crear un nuevo partido de centro que llene ese hueco y apele al viejo léxico de la regeneración y la reforma.

UPyD Partido Popular (PP) Mario Draghi
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