Isabel Díaz Ayuso abandonó por unos momentos la Conferencia de Presidentes porque varios de ellos se dirigieron al grupo en lenguas distintas del castellano. Y tenía toda la razón para hacerlo
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a su llegada a la XXVIII Conferencia de Presidentes. (Europa Press/David Zorrakino)
Cuando me casé con mi mujer española, solíamos visitar periódicamente a su hermana, que por aquel entonces vivía en Barcelona. En esos viajes, el idioma a menudo se convertía en un problema.
La primera vez que recuerdo que el catalán fue un obstáculo fue en El Corte Inglés de Diagonal. Estaba comprando un regalo y pregunté a una dependienta por las tallas en español. Ella me respondió en catalán. Repetí mi pregunta en español, añadiendo que no hablaba ni entendía catalán. Ella volvió a contestar en catalán.
Entonces cambié de táctica y le dije: "Perdona, soy americano. Hablo un poco de español y nada de catalán. Mejor hablamos en inglés. Could you please check to see if you have this blouse in a size 2?"
Al darse cuenta de que no era español, de repente la dependienta me habló en castellano.
Desde ese momento, siempre que estaba en Barcelona —en tiendas, restaurantes, taxis— empezaba diciendo: "Soy americano". Lo decía con un marcado acento inglés. "¿Hablamos en inglés o español?" Si empezaba así, siempre me respondían en perfecto español (y una o dos veces en inglés). Pero si me equivocaba y comenzaba la conversación en español, aproximadamente la mitad de las veces me contestaban en catalán.
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Para intentar llegar a la raíz del problema, opté por un enfoque distinto. Empecé a hablar con varios taxistas en español, hasta que uno me respondió en catalán. Entonces le expliqué que venía de visita desde México y, de inmediato, cambió al español. El problema no era en realidad el idioma, sino ser español. En otras palabras, en el fondo la cuestión era política: Cataluña frente a España.
El idioma es una forma de comunicación. Pero se puede usar de más de una manera: para comunicar literalmente o para comunicar simbólicamente. Si la dependienta de El Corte Inglés (o los camareros, o los taxistas) hubieran estado interesados en hacer su trabajo —y comunicarse conmigo como cliente—, habrían hablado en español, un idioma que compartíamos.
Cuando los ciudadanos —y los políticos— quieren algo, utilizan cualquier idioma que les permita comunicarse con la persona que puede ayudarles a conseguirlo. Pero cuando alguien elige deliberadamente hablar en un idioma que su interlocutor no entiende, no lo hace para comunicarse, sino de manera simbólica, para transmitir otro mensaje. La dependienta de El Corte Inglés no estaba intentando hacer su trabajo. No intentaba comunicarse conmigo, comprenderme o ayudarme. Más bien, me consideraba un objetivo político porque pensaba que yo era español y me habló en catalán para hacer una declaración política simbólica:
• "No eres de aquí."
• "Puedo excluirte."
• "Puedo poner una barrera entre tú y lo que quieres de mí usando el idioma."
Sin embargo, cuando decía que era americano y ofrecía la opción de español o inglés —no solo en El Corte Inglés, sino cada vez que lo hacía— nadie intentaba hablarme en catalán, porque dejaba de ser unobjetivo político válido. El simbolismo no tenía efecto sobre mí.
Aquí en Texas, a menudo recibimos en casa a invitados de diferentes orígenes que hablan varios idiomas. En esas ocasiones, siempre tendemos a usar el idioma que todos tienen en común, porque nuestro objetivo es comunicarnos entre nosotros y entendernos. Sería de mala educación en este contexto, como en cualquier otro, que nuestro invitado francés hablara solo en francés, o que la mitad española de la mesa pasara a hablar en español, dejando fuera a los francófonos y anglófonos. Sería como masticar con la boca abierta. Hablamos en un idioma común por respeto mutuo, por decencia y porque queremos que todos no solo entiendan lo que se dice, sino que se sientan bienvenidos e incluidos.
Cuando esos presidentes en la conferencia eligieron deliberadamente hablar en un idioma distinto del que compartían como grupo —y del país del que son ciudadanos y que les paga el sueldo— su intención no era comunicarse de forma literal, sino hacer un gesto político simbólico. Su objetivo no era que Ayuso los entendiera, sino que se les viera hablando otro idioma y, tal vez, con ello, afirmar simbólicamente su deseo de no formar parte de España. Lo consiguieron. Se les vio hablando en idiomas que la mayoría de su audiencia no entiende. Lograron ser los comensales maleducados en la mesa.
Pero claramente no estaban intentando comunicarse con Ayuso. Como ella misma señaló, en los pasillos le hablan en castellano cuando realmente quieren algo de ella. Como no se dirigían a ella, no había motivo para que se quedara escuchando. Cuando yo veo a alguien masticar con la boca abierta, yo también desvío la mirada.
Enhorabuena, madame Presidenta.
*J.K. Franko es abogado estadounidense que ha escrito libros y artículos sobre política y derecho, especializándose en derecho constitucional de EEUU. Vive en Dallas, Texas, y es autor de varias novelas, incluyendo la trilogíaLey del Talión (Ojo por ojo, Diente por diente, Vida por vida) y su novela recientemente publicada Hasta que tu muerte nos separe(Ed. Roca, 2024).