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Ideas para una España geopolítica
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Juan Luis Manfredi Sánchez

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Ideas para una España geopolítica

Hasta ahora, el estudio estratégico en España ha sido insuficiente. Nos merecemos elevar la calidad del debate con análisis rigurosos, evaluación de las iniciativas y las políticas públicas, y financiación estable de la investigación

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)

Tres días en La Granja para conversar y plantear cuáles son las claves del entorno estratégico internacional, señalar las prioridades para España y aspirar a una mejor comprensión por parte de la opinión pública… y de las instituciones. Así, bajo la dirección del Instituto de Estudios Estratégicos, nos hemos reunido más de 80 profesionales para atrevernos a enriquecer el debate español en esta era de la globalización impredecible. Por eso, es relevante comprender el orden mundial que se está forjando y renovar los enfoques. Pensar la España geopolítica es la antesala de la acción exterior. No podemos reducir nuestra propuesta internacional a un refrito de ideas cocinadas en los diarios, las universidades y los laboratorios de ideas de Washington, Bruselas y Londres, sino que necesitamos tejer una red de actores, líneas de financiación y capacidades que mejoren la dinámica y el alcance de nuestra acción exterior.

La geopolítica, más de moda que nunca, ha sido el eje central de las jornadas. Es un concepto polisémico, muy propio del debate académico, aunque ahora parece haber dado el paso en los medios de comunicación, las escuelas de negocio y la empresa. A menudo se confunde con política exterior, relaciones internacionales, diplomacia, guerra y paz. Comprende todos estos elementos, pero va más allá. Consiste en la proyección del poder en la geografía física (fronteras naturales, accidentes geográficos, acceso a los mares, ríos o montañas), social (opinión pública, expectativas, memoria, cohesión), económica (recursos naturales, desarrollo industrial, infraestructuras), y política (articulación política, capacidad diplomática y militar, organización del poder, calidad institucional, alianzas, rivales). Aquí comienza el debate que la España internacional merece.

La guerra en Ucrania nos desconcierta y refleja tres brechas estratégicas. La primera es la concepción de seguridad. La cercanía geográfica a Rusia determina una predisposición a invertir en una defensa convencional, mientras que los países de la Europa meridional apuestan por una concepción más amplia de la seguridad, que incluya las migraciones o el cambio climático. No hablamos el mismo lenguaje del poder y las capacidades. La disuasión de la posguerra fría no ha funcionado y volvemos a un escenario de proliferación nuclear. La sociedad europea no termina de comprender el calado de este giro de la historia. Los estudios de opinión pública muestran unas ideas aferradas a la estabilidad y el comercio global. Ese mundo se ha desvanecido. Rusia, en cambio, está cómoda en un keynesianismo de guerra que multiplica la producción interna y redistribuye rentas en forma de paga o pensión.

La segunda divergencia radica en la relación con la nueva administración estadounidense. El presidente Trump se ha desanclado del orden internacional, que no solo representa la Carta de Naciones Unidas, sino el Acta de Helsinki o el Memorando de Budapest. Algunos países, con Hungría y Eslovaquia a la cabeza, se alinean con el nacional conservadurismo trumpista, lejos del acervo comunitario. No anticipa una Europa unida en integración y ampliación. El multilateralismo y las organizaciones internacionales salen debilitadas. En el Indo-Pacífico, si las alianzas con Estados Unidos no se perciben como fiables, Corea del Sur, Japón, Australia o Taiwán promoverán un nuevo concepto estratégico sin la mediación o la intervención de la Casa Blanca. A todas luces, es un regalo para las ambiciones chinas. Iberoamérica reordena sus alineaciones ideológicas, superando la división entre izquierda y derecha, para ubicar las conversaciones entre libertad y seguridad. La inseguridad ciudadana, el impacto del narcotráfico, la trata de personas o la militarización de la esfera pública abonan el terreno para el autoritarismo. Los procesos de integración están muertos, pero hay una oportunidad para avanzar en Mercosur-UE. Esta debería ser una prioridad clara para la acción exterior española en el hemisferio y en Bruselas.

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La tercera clave pasa por la respuesta ante los nuevos jugadores estratégicos. Rusia no resucitará el imperio soviético, pero sí reclama su derecho a ser considerada una gran potencia y establecer zonas de influencia. China disfruta del Wolf warrior diplomacy instalada en Washington. India, Irán, Turquía, pero también Marruecos, Arabia Saudí o Nigeria quieren tener agencia sobre su futuro. Hay un desequilibrio evidente en las capacidades y aspiraciones de este conjunto de países, pero comparten una conciencia común de orden global fracturado y una deliberada ambigüedad estratégica. Occidente, comoquiera que sea definido, ha dejado de ser el único proveedor de seguridad, tecnología militar, líneas de crédito y financiación multilateral o entretenimiento. La globalización es porosa y encuentra vías para la innovación. DeepSeek, los drones iraníes en Ucrania o los contratistas rusos en el Sahel son buenos ejemplos.

Este repaso apresurado no puede concluir sin calibrar el cambio de modelo energético. El trilema de sostenibilidad, precio y suministro reclama un análisis sobre el renovado nacionalismo energético y el proteccionismo climático. La realidad europea principia en la dependencia exterior. Necesitamos un nuevo mix energético no más barato, sino más seguro. Se impondrá el realismo y se recuperarán las exportaciones rusas, pero la clave pasa por generar un mercado global más competitivo. No cabe una transición ingenua. A la energía convencional se le añade un nuevo capítulo. Siguiendo la Critical Raw Materials Act (CRMA), España tiene que desarrollar los proyectos aprobados para diversificar las fuentes de acceso y el suministro de materias primas. Sin capacidad de extracción, transformación, reciclaje y sustitución de materias primas, la autonomía estratégica, el Libro Blanco de la defensa europea o el plan Rearm serán pura retórica. Otra vez.

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Hasta la fecha, el estudio estratégico en España ha sido insuficiente. Nos merecemos elevar la calidad del debate público con análisis rigurosos, evaluación de las iniciativas y las políticas públicas, financiación estable de la investigación académica e independiente, apertura de nuevas líneas de trabajo y espacios en los medios de comunicación. Mi generación, que alcanzó la mayoría de edad con el espacio Schengen, las becas Erasmus y la zona euro, no termina de comprender que aquel es el mundo de ayer. Hoy el desorden conduce a la desglobalización, la inestabilidad, los bloques comerciales y el autoritarismo. A la manera de Luis Cernuda, no conviene confundir la realidad con el deseo. Por eso, necesitamos ahondar en la España geopolítica. El asedio al orden liberal avanza y la inserción de España en el mundo necesita ideas propias.

*Juan Luis Manfredi, catedrático de Estudios Internacionales (Universidad de Castilla-La Mancha).

Tres días en La Granja para conversar y plantear cuáles son las claves del entorno estratégico internacional, señalar las prioridades para España y aspirar a una mejor comprensión por parte de la opinión pública… y de las instituciones. Así, bajo la dirección del Instituto de Estudios Estratégicos, nos hemos reunido más de 80 profesionales para atrevernos a enriquecer el debate español en esta era de la globalización impredecible. Por eso, es relevante comprender el orden mundial que se está forjando y renovar los enfoques. Pensar la España geopolítica es la antesala de la acción exterior. No podemos reducir nuestra propuesta internacional a un refrito de ideas cocinadas en los diarios, las universidades y los laboratorios de ideas de Washington, Bruselas y Londres, sino que necesitamos tejer una red de actores, líneas de financiación y capacidades que mejoren la dinámica y el alcance de nuestra acción exterior.

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