Si leen esta columna los académicos de la RAE, lo que les ruego es que se esfuercen en encontrar una palabra que encaje bien con ese tipo de sinvergüenzas porque todo apunta a que, semejante inmoralidad, tristemente, se seguirá ampliando
El vicepresidente primero de la Mesa del Congreso, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
El miércoles, en medio de una sesión de control al Gobierno más, en la que ninguno de los ministros de Sánchez contestó a ni una de las preguntas que mi grupo les formuló, el vicepresidente Gómez de Celis, en ausencia de la señora Armengol, me daba la palabra para que, como en tantas otras ocasiones, pudiera enfrentar a la ministra de Igualdad, doña Ana Redondo, al espejo de sus permanentes contradicciones.
La pregunta era clara. Y obligada. Su opinión sobre el hecho de que, con dinero público, se haya pagado a mujeres prostituidas; desde el Gobierno de España, sí; y por parte presuntamente de un ministro, y no de un ministro cualquiera. Del señor Ábalos; el que fuera mano derecha para todo de Pedro Sánchez desde aquellos tiempos del Peugeot.
Quería saber si, cuando el presidente del Gobierno purgó a su mano derecha por -dijo- “pérdida de confianza”, sabía de la existencia del catálogo de la vergüenza y si, cuando le aforó incluyéndole de nuevo en las listas electorales -las de 2023- , blindando así sus causas ante el Tribunal Supremo, fue porque lo había perdonado.
Pero la desazón entre la bancada socialista no se crean que brotó cuando les cité a Ábalos -quien fuera su jefe casi supremo como secretario de organización del PSOE-. Cuando se enfadaron, pero de verdad, fue cuando, textualmente, desde mi escaño y en buen tono, dije: “Que si en el PSOE seguían así, se iban a convertir en una confederación… pero de puteros”.
Con lo de “seguir así”, a lo que yo me refería era a lo gastado en Andalucía con el dinero que tenía que haber ido a los parados; me refería al Tito Berni y a sus cenas con sus compinches; y al señor Ábalos y a las, de momento, supuestas cinco mujeres prostituidas colocadas en empresas públicas -que no fue capaz de detectar el señor Puente en sus auditorías-.
No les gustó lo de la “confederación de puteros”. Ni a la ministra ni a los socialistas ni al siempre parcial vicepresidente Gómez de Celis, que optó por retirar mi afirmación del Diario de Sesiones -que lo que significa es que, a partir de ahora y mientras se conserven los registros, mis palabras aparecerán, pero en cursiva-.
Mientras preparaba la pregunta, les prometo que consulté el Diccionario de la Lengua Española y el de doña María Moliner y, ambos, lo dejan claro. Así reza en el de la RAE. “Putero. Dicho de un hombre que mantiene relaciones sexuales con prostitutas”. O sea que yo no mentía y, si les dolió, pues debió de ser porque se sintieron o interpelados o avergonzados o pillados en un renuncio más.
Pero sí que me equivoqué en una cosa, lo reconozco. Y fui consciente de ello nada más sentarme de nuevo. En mi teléfono móvil había dos mensajes -que, por cierto, sigue siendo el mismo desde que trabajaba en Presidencia del Gobierno para don Mariano Rajoy-. De Carlos y Marta. Los dos con idéntico reproche. “También se les puede llamar putañeros”. Y tenían razón. Putañeros…
Lo que ahora me pregunto es si el vicepresidente Gómez de Celis hubiera retirado mis palabras del Diario de Sesiones de haber dicho “confederación de putañeros”. Si se lo hubiera tomado la bancada socialista tan mal. Cuando si no lo hice, usar “putañero”, fue únicamente porque en Venezuela significa “persona que actúa de mala fe y se vale de artimañas para engañar otras” y… teniendo al expresidente Zapatero con intereses allí y, pudiendo pasar por un “putañero” para muchos de los represaliados por el régimen dictatorial de Maduro… entendí que era mejor no sembrar -más- dudas. Espero que ahora que lo saben, me lo tengan en cuenta -para bien-.
Lo que no recoge ningún diccionario, tampoco el de americanismos, y ya lo siento, es un vocablo que sea capaz de resumir lo que significa que, con el esfuerzo de todos -vamos, con los impuestos de todos los españoles, esos que María Jesús Montero no ha dejado de subir desde que es ministra de Hacienda-, se sufraguen los caprichos de un putero o putañero. De existir, créanme que ese es el que hubiera utilizado. Y tal vez entonces, sólo tal vez, hubiera habido mucha menos contestación entre las ofendidas huestes socialistas y también menos censura por parte del vicepresidente Gómez de Celis.
Si leen esta columna los académicos de la RAE, lo que les ruego es que se esfuercen en buscar, que intenten encontrar una palabra que encaje bien con ese tipo de sinvergüenzas porque todo apunta a que, semejante inmoralidad, tristemente, se seguirá ampliando. Y que, otra vez, nos veremos todos obligados a llamar puteros o putañeros a quienes los son. Y que, entonces, volverán a ofenderse los que no dudan en difamar siempre que pueden; y a tirar de censura.
Y ya de paso, señores académicos, si pueden, cambien “prostitutas” por “mujeres prostituidas”. Es lo que reclama el feminismo de verdad y no el de las que amparan y ocultan a puteros o putañeros.
Acabo. En el mundo, cincuenta y dos millones de seres humanos son víctimas de trata; una esclavitud insoportable que entre todos tenemos que erradicar. La mayoría mujeres y niñas. Quienes abusan de ellas y de sus cuerpos son puteros, putañeros y unos salvajes a los que sí que hay que censurar. Del todo.
*Jaime M. de los Santos, portavoz de Igualdad del PP en el Congreso de los Diputados.
El miércoles, en medio de una sesión de control al Gobierno más, en la que ninguno de los ministros de Sánchez contestó a ni una de las preguntas que mi grupo les formuló, el vicepresidente Gómez de Celis, en ausencia de la señora Armengol, me daba la palabra para que, como en tantas otras ocasiones, pudiera enfrentar a la ministra de Igualdad, doña Ana Redondo, al espejo de sus permanentes contradicciones.