El resultado de las elecciones es una gran noticia para Hungría. Pero también ofrece aprendizajes que desmienten algunos lugares comunes que impulsan a la derecha nacionalista y dominan nuestra política
El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, durante el escrutinio. (REUTERS/Bernadett Szabo)
La derrota apabullante de Viktor Orbán en Hungría es una excelente noticia en sí misma. Durante dieciséis años, este ha cambiado la Constitución para perpetuar su poder, ha modificado las reglas electorales para favorecer a su electorado, ha aplastado a la mayoría de medios críticos, ha instigado el odio a enemigos externos para dar alas al nacionalismo y ha cedido cada vez más poder a dos adversarios declarados de Europa, Rusia y China. Los húngaros le han castigado por todo ello.
Pero, en especial, lo han hecho porque Orbán ha acabado convirtiendo su Gobierno en una cleptocracia. La consecuencia más inmediata de ello, además de una creciente inmoralidad de la vida pública, ha sido un progresivo estancamiento económico del país. Hoy este ya no compite con Polonia por liderar el crecimiento de Europa del Este, como sucedía hace no demasiado, sino con Bulgaria por no estar a la cola de todos los indicadores de bienestar de la Unión Europea. Por todo ello, el resultado es una excelente noticia para Hungría.
Lecciones para los demás
Pero también lo es para los demás. Orbán se había convertido en el modelo a seguir para buena parte de la nueva derecha nacionalista occidental. La facción MAGA del Partido Republicano estadounidense, Vox, Agrupación Nacional en Francia, la Liga de Matteo Salvini, Alternativa por Alemania y la portuguesa Chega entre otros, le consideraban el gran ejemplo. Por dos razones. En primer lugar, por una concepción política, que él llamó "democracia iliberal", consistente en la eliminación del pluralismo ideológico, la separación de poderes, y la fusión del partido y el Estado.
En segundo lugar, por una doctrina económica que bautizó como "sistema de cooperación nacional", consistente en acabar con el libre mercado y poner las empresas al servicio de la ideología nacionalista. Para estos partidos, además de un manual de instrucciones, los dieciséis años de Fidész en el poder eran la prueba de que la nueva derecha era un destino ineludible, la sucesora inevitable del viejo sistema liberal en el que se alternaban partidos moderados. Hoy ha quedado demostrado que eso no es cierto: los partidos nacionalistas pueden vencer, pueden perder, pueden asumir el poder y utilizarlo mal y ser castigados. Pese a verse a sí mismos como portadores de una revolución impostergable, son solo partidos políticos.
Pero, además de esta lección, estas elecciones encierran por lo menos otras cuatro. La segunda es que el poder de Rusia para influir en la política europea es limitado. Una parte de Europa del Este y de Alemania quieren buena vecindad con Rusia y recelan del liberalismo de la Unión Europea, pero Orbán fue demasiado lejos al convertirse en un vasallo de Vladímir Putin, al que pasaba información de las reuniones secretas del Consejo Europeo y apoyaba en Ucrania a cambio de inspiración ideológica, desinformación y energía barata. La tercera es que, como algunos advertimos hace un año, Donald Trump y su Gobierno perjudican de manera clara a los partidos políticos europeos que abrazaron acríticamente su éxito y dieron por hecho que les impulsaría.
La cuarta es que, por mucho que las clases medias abracen el radicalismo que dice proteger los intereses del hombre común, advierten pronto cuándo este les traiciona económicamente. Una parte relevante de los votantes republicanos en Estados Unidos están perplejos porque las políticas de Trump son claramente inflacionarias; Orbán se dejó llevar por su autoritarismo y, cuando el estancamiento y la inflación amenazaron con acabar con su poder, se limitó a decir que eran culpa de Ucrania, la Unión Europea y el progresismo.
La quinta lección es particularmente importante para quienes desean que los partidos imitadores del Fidész de Orbán lleguen al poder o se consoliden en él. Pete Magyar, el vencedor, es un exmiembro de Fidész que fundó un partido, Tisza, cercano al centro derecha liberal, y que ganó gracias a sus credenciales conservadoras, no a pesar de ellas. Ningún partido de izquierda radical, ni un frente popular, que alardeara de manera constante sobre su antifascismo, habría podido ganar a Orbán. La clave para vencer a esta clase de partidos consiste en vender moderación y estabilidad, no un radicalismo simétrico.
Orbán ha reconocido su derrota, pero es probable que la transición no sea fluida y que el Fidész recurra a los tribunales —muchos de los cuales controla tras dieciséis años en el poder— para impugnar algunos resultados. Magyar se encontrará con un Estado secuestrado por su predecesor, y él mismo no es exactamente el liberal europeísta con el que muchos en la UE sueñan. Y varios de los partidos inspirados por Orbán aún tienen ante sí razonables expectativas de crecimiento.
Pero hoy es un gran día para la democracia húngara que nos deja a los demás esas cinco lecciones. El nuevo nacionalismo no es un destino inevitable. La propaganda rusa tiene límites. Ningún partido europeo sobrevivirá si abraza de manera acrítica a Donald Trump. La economía sigue siendo un ancla incluso en tiempos de delirio ideológico. Y lo que vence al radicalismo es una cierta moderación, no un radicalismo del otro bando.
La derrota apabullante de Viktor Orbán en Hungría es una excelente noticia en sí misma. Durante dieciséis años, este ha cambiado la Constitución para perpetuar su poder, ha modificado las reglas electorales para favorecer a su electorado, ha aplastado a la mayoría de medios críticos, ha instigado el odio a enemigos externos para dar alas al nacionalismo y ha cedido cada vez más poder a dos adversarios declarados de Europa, Rusia y China. Los húngaros le han castigado por todo ello.