El aborto y la gran ventaja estratégica de Pedro Sánchez
En innumerables temas de actualidad, como la inmigración, Israel-Palestina, el cambio climático, Trump o el feminismo, la izquierda tiene una opinión monolítica, mientras que la derecha está dividida en dos. El Gobierno no hace más que explotarlo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un pleno en el Congreso de los Diputados. (EFE/Chema Moya)
Pedro Sánchezha puesto en marcha un proceso para incluir el derecho al aborto en la Constitución. Se trata de un recurso típico del presidente y su gabinete. El plan no prosperará y muchos juristas consideran que está planteado de manera chapucera. Pero eso no importa, ya que el objetivo es solo generar polarización y explotar las divisiones que hay en el interior de la derecha.
Sin embargo, este tipo de tácticas que el Gobierno utiliza una y otra vez se basa en una realidad factual. Ahora mismo, la izquierda tiene opiniones casi unánimes sobre algunas de las cuestiones que más preocupan a la sociedad o sobre otras, como el aborto, que no están entre sus mayores preocupaciones, pero que los políticos pueden poner en el centro del debate fácilmente. Al mismo tiempo, la derecha está profundamente dividida sobre ellas, y cada vez que emergen se enfrenta a un nuevo riesgo de división interna y falta de definición. Como ha dicho el sociólogo Luis Miller, parece que en algunos asuntos cruciales hay un gran consenso, pero en realidad este no es transversal: lo que hay es la suma de una izquierda que piensa de manera prácticamente monolítica y la mitad de la derecha.
El caso del aborto es de los más llamativos. De acuerdo con una encuesta de Sigma Dos de 2023, más del 70% de los españoles apoya la ley de plazos de 2010. Parecería, pues, que tenemos un consenso razonable. Pero este se debe solamente a que la izquierda es casi unánime: apoya la ley un 86% de los votantes del PSOE o un 90% de los de Podemos, mientras que la derecha está totalmente dividida: un 56% de los votantes del PP la apoya, por un 52% de los de Vox.
Este fenómeno es también visible en otros aspectos bien cuantificados. La percepción de la izquierda sobre la inmigración es, de nuevo, casi un bloque. De acuerdo con una encuesta de la Cadena SER, a un 80% de los votantes de PSOE, Sumar y Podemos la inmigración no les preocupa "mucho". Los votantes del PP están divididos por la mitad: un 46,4% dice que le preocupa "mucho". Eso facilita enormemente la tarea a la izquierda, que puede hacer políticas, y diseñar estrategias de polarización, como la regularización masiva, sin miedo a perder a un número relevante de los suyos, mientras que la derecha puede generar rechazo en la mitad de los suyos, tome la decisión que tome.
Y eso probablemente también suceda en cuestiones menos estudiadas por las encuestas. La izquierda tiene muy fácil posicionarse sobre Donald Trump por el mero hecho de que toda ella le detesta. El PP lo tiene mucho más difícil, porque algunos documentos internos del partido muestran que un cincuenta por ciento de sus votantes le aborrecen y la otra mitad le considera un mal menor; es posible que hasta en Vox se esté empezando a producir esa misma división, aunque no de manera tan acusada. Lo mismo sucedió con la guerra de Irán, al menos en sus inicios: toda la izquierda parecía estar en contra, mientras que la derecha estaba dividida. Una tendencia parecida se ve en casi todos los temas de actualidad: Israel y Palestina, el cambio climático, la intervención del mercado de la vivienda, las actitudes feministas… Los votantes de la izquierda, aunque estén divididos en tres formaciones nacionales, y aunque muestren matices distintos, están prácticamente unidos alrededor de las mismas opiniones, mientras que la derecha en general, y el PP en particular, muestran divisiones internas.
Una tendencia local y global
Este fenómeno tiene algunos rasgos singularmente españoles y otros globales. En otros países, la izquierda radical y la moderada muestran muchas más discordancias: un joven woke estadounidense fan de Bernie Sanders tenía poco en común con un banquero moderado partidario de Hillary Clinton; un votante de La Francia Insumisa y un viejo admirador de François Hollande discrepan en casi todo. Pero Sánchez ha sabido apoyarse en la rendida fidelidad de los medios de comunicación progresistas y la cohesión que ofrece el poder para cerrar esas brechas. La división de la derecha, en cambio, sí es global: hoy en casi todas partes se está produciendo una ruptura entre la derecha tradicional y la moderada, lo que a su vez genera grandes brechas dentro de la derecha tradicional, entre los más centristas y los partidarios de cooperar con sus nuevos rivales.
Las tácticas de Sánchez deben verse en esta clave. La mayoría de las veces son meros trucos comunicativos estériles y sin impacto en el bienestar de la población. Pero lo cierto es que goza de esa ventaja estratégica —una izquierda de opiniones monolíticas que se moviliza, una derecha dividida que se frustra— y sin mayoría parlamentaria ni margen presupuestario no tiene muchos más recursos que explotarla una y otra vez.
Pedro Sánchezha puesto en marcha un proceso para incluir el derecho al aborto en la Constitución. Se trata de un recurso típico del presidente y su gabinete. El plan no prosperará y muchos juristas consideran que está planteado de manera chapucera. Pero eso no importa, ya que el objetivo es solo generar polarización y explotar las divisiones que hay en el interior de la derecha.