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El nacionalismo corrupto de Orbán en Hungría puede acabar esta semana
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Ramón González Férriz

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El nacionalismo corrupto de Orbán en Hungría puede acabar esta semana

Tras 16 años en el poder, Viktor Orbán podría perder las elecciones. La causa es que el iliberalismo de su régimen ha conducido a la corrupción, y esta ha acabado gripando una economía que crecía con fuerza

Foto: El primer ministro de Hungría, Viktor Orban. (REUTERS/Marton Monus)
El primer ministro de Hungría, Viktor Orban. (REUTERS/Marton Monus)
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El domingo se celebrarán las elecciones generales húngaras. Son las más importantes en Europa desde hace mucho tiempo. Por primera vez en 16 años, es posible que Viktor Orbán pierda y tenga que abandonar el poder. Aunque su rival y potencial sucesor, Péter Magyar, no es el liberal europeísta con el que muchos sueñan, su victoria supondría un cambio radical no solo para los húngaros, sino también para todos los europeos y los ucranianos. Y un golpe a las ambiciones de Rusia y de China de influir en la Unión Europea. Pero para entender la trascendencia del domingo que viene, remontémonos a casi treinta años atrás.

Imre Nagy fue primer ministro de la Hungría comunista, pero tras su caída lideró, en 1956, una revolución contra el régimen, que se había convertido en una marioneta de la Unión Soviética. Durante quince días, pareció que la revuelta podía derribarlo. Sin embargo, el ejército soviético invadió el país. Mató a miles de personas. Los soviéticos juzgaron y ejecutaron a Nagy en secreto, le enterraron de manera deshonrosa y prohibieron recordarle en público.

Hasta que, en 1989, presionadas por la oposición democrática, las agonizantes autoridades comunistas húngaras aceptaron restituirle los honores con un funeral decoroso. Allí, entre los jóvenes que soñaban con el fin del comunismo, destacó Orbán. Dio un discurso valiente en el que exigió que las fuerzas armadas soviéticas abandonaran el país y se celebraran elecciones libres. Se convirtió en el líder que encarnaba el deseo de la gran mayoría de europeos orientales de disponer de Gobiernos democráticos y liberales e integrarse en la UE. Al cabo de solo nueve años, en 1998, Orbán ya era el primer ministro del país. Perdió el poder en 2002, pero volvió a él en 2010. Desde entonces ha gobernado ininterrumpidamente. Y, según muchos observadores, ha corrompido por completo los ideales de 1989.

Del idealismo a la corrupción

El gran giro de Orbán se produjo en 2015, cuando llegaron dos millones de refugiados a Europa y la Comisión aprobó políticas de reparto que exigían a todos los países recibir a un determinado porcentaje de ellos. Orbán se negó y se volvió contra la Unión Europea, muchas de cuyas iniciativas ha intentado bloquear. Ha explotado el nacionalismo húngaro denunciando que un complot de agentes externos e internos —la propia UE, el inversor húngaro-estadounidense George Soros, los musulmanes, el progresismo— se confabula para acabar con la identidad nacional cristiana. Orbán ha maniobrado para que medios críticos acaben en manos de magnates de su círculo y ha cambiado la constitución y las leyes electorales para que derribar a su partido se volviera algo prácticamente imposible. Ha abierto el país a la influencia económica china, y aún en mayor grado a la rusa, que acompaña la venta de combustibles baratos con apoyo propagandístico. Orbán ha defendido de manera explícita una "democracia iliberal", sin pluralismo real ni garantías básicas, y una economía basada en lo que llama "sistema de cooperación nacional", en el que el sector privado depende fuertemente de las decisiones políticas. Durante años, este sistema propició una economía que crecía con rapidez —entre 2010 y 2020 el PIB aumentó alrededor de un 30%— y le ancló en el poder. Pero, gane o pierda las elecciones del domingo, está claro que ha dejado de funcionar como lo hacía.

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Si Magyar ha conseguido que sea viable desalojar a Orbán es porque se ha centrado en la economía y la corrupción. El Gobierno húngaro, aliado con Rusia, está basando su campaña en la propaganda de Estado y los ataques a Ucrania, como si este fuera el nuevo gran enemigo externo que amenaza el país. Pero Magyar denuncia una y otra vez el contraste entre una élite política cada vez más ostentosamente rica y corrupta, y el estancamiento de los salarios y la subida de la inflación. Su mensaje es crudamente realista: quizá mientras crecíamos económicamente podíamos soslayar la corrupción del régimen, pero una vez hemos regresado al estancamiento, no podemos tolerarla más.

¿Ha traicionado Orbán en estos treinta años los valores que le convirtieron en un héroe político? El mundo ha cambiado mucho. Pero lo cierto es que el Orbán de 1989 vería con asombro al de 2026, que trata de imitar el sistema político de Rusia —a cuyo Gobierno, según se supo la semana pasada, le transmite el contenido de las deliberaciones secretas del Consejo Europeo—, quiere dar marcha atrás en la europeización sin renunciar al dinero que le ofrece esta y ha abierto su economía al gigante comunista chino. Y, por supuesto, ha convertido la corrupción en una forma de vida para un pequeño grupo de afines. No es seguro que Magyar pueda acabar con todo ello el domingo que viene: tiene a la propaganda estatal, el sistema electoral y el pánico de Orbán en contra. Pero parece posible. Solo porque, como sabemos, el iliberalismo conduce a la corrupción, y la corrupción es capaz de gripar hasta a las economías más prometedoras.

El domingo se celebrarán las elecciones generales húngaras. Son las más importantes en Europa desde hace mucho tiempo. Por primera vez en 16 años, es posible que Viktor Orbán pierda y tenga que abandonar el poder. Aunque su rival y potencial sucesor, Péter Magyar, no es el liberal europeísta con el que muchos sueñan, su victoria supondría un cambio radical no solo para los húngaros, sino también para todos los europeos y los ucranianos. Y un golpe a las ambiciones de Rusia y de China de influir en la Unión Europea. Pero para entender la trascendencia del domingo que viene, remontémonos a casi treinta años atrás.

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