Israel: de la victoria relámpago a la guerra eterna
Desde el atroz ataque de Hamás en 2023, Netanyahu ha cambiado la doctrina militar del país. Ya no responde puntualmente a ataques y amenazas. Se ha embarcado en un conflicto incesante que puede acabar con su legitimidad y su democracia
El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. (Reuters/Pool/Ronen Zvulun)
Obviamente, la guerra de los Seis Días, iniciada en junio de 1967, duró seis días. La del Yom Kipur, en 1973, veinte. La de 2006 contra Hezbolá, 32. La Operación Plomo Fundido contra Hamás, a caballo entre 2008 y 2009, un mes. La guerra en Gaza tuvo varios episodios breves en 2012, 2015 y 2021. Entre medias, Israel ha hecho frente a otros conflictos que, como la primera y la segunda Intifadas, o los choques con Líbano, no han tenido un principio y un final precisos. Pero se podría decir que ha tendido a librar batallas breves en las que respondía a avances de sus enemigos y vencía gracias a su superioridad militar.
Sin embargo, desde octubre de 2023, después de que Hamás matara a más de mil doscientos israelíes y secuestrara a doscientos cincuenta, eso ha cambiado. Israel ha abandonado la idea de que debe combatir guerras cortas en las que obtiene victorias relámpago y se ha sumido en todo lo contrario: una guerra eterna. Es posible que siga sumando victorias. Pero también que, por el camino, pierda toda la legitimidad moral y democrática que ha acumulado desde 1948.
Contra todos, todo el tiempo
La semana pasada, Benjamin Netanyahu, que ha sido primer ministro de Israel durante casi un 25% de su existencia, lo explicitó en un discurso en una academia militar. "Se ha acabado lo de contener las amenazas […] Se ha acabado la idea de que [Israel es] un hogar seguro en mitad de la selva, en el que te refugias de los depredadores que te acechan al otro lado del muro". Ahora es el momento de actuar de manera contraria: "Adentrarse en la selva antes de que esta se adentre en el hogar".
Es lo que estamos viendo. Pese a un supuesto alto el fuego, Israel mantiene abierta la ofensiva contra Hamás y, en cierto sentido, contra todos los habitantes de la Franja de Gaza. Está en curso una invasión del sur del Líbano. Hay una guerra con Irán con la participación conjunta de Estados Unidos. Sigue la construcción de asentamientos e infraestructuras en Cisjordania. A principios de esta semana, se aprobó en la Knéset una nueva ley según la cual los árabes que cometan actos terroristas en Israel pueden ser condenados a muerte, pero no los judíos que lleven a cabo esos mismos delitos. Sus impulsores lo celebraron brindando mientras portaban el pin de una horca, el sistema de ejecución aprobado, en la solapa. No solo se trata de responder a ataques o a amenazas creíbles, sino de golpear de manera preventiva, invadir territorios limítrofes para crear "zonas de seguridad" y vivir en un estado perpetuo de alarma.
Benjamin Netanyahu sabe que el relato que permitió la fundación de Israel, y que hizo que muchos occidentales le apoyáramos incluso cuando cometía intolerables excesos, se está agotando. Su principal valedor en Europa, Alemania, se muestra cada vez más impaciente con esta nueva estrategia. Un número creciente de estadounidenses —la mayoría de los demócratas, pero cada vez más republicanos— sienten ahora más simpatía por los palestinos que por los israelíes. Por eso Netanyahu, y con él una mayoría de israelíes, han decidido que, antes de que ese apoyo se agote por completo, es el momento de acelerar. Israel nunca ha sido el más metódico observante de los derechos humanos y de la legalidad internacional. Pero ahora considera que ambas cosas son irrelevantes. Netanyahu no solo cree que esta estrategia puede consolidar su mandato de manera casi indefinida, sino que puede asegurar la supervivencia de Israel durante un par de generaciones. No es difícil entender esta estrategia en términos de crudo realismo. Pero tiene tres problemas dramáticos.
El primero es que la guerra eterna no conduzca a una victoria. Gaza está devastada, pero sigue gobernada por Hamás. Hezbolá sigue atacando el norte de Israel. Si se confirma que Estados Unidos cesará sus ataques a Irán en un par de semanas, el régimen de los ayatolás habrá quedado muy dañado, pero seguirá al mando del país y habrá reforzado su poder de coacción sobre la economía y el orden globales, y quizá refuerce su apuesta por la bomba nuclear. El segundo problema es que Israel destruya toda su credibilidad internacional: nadie juicioso se opuso al intento de Israel de acabar con Hamás tras su brutal atentado de 2023, pero la invasión de países limítrofes y la vulneración de toda noción de guerra justa hace que muchos individuos y estados estemos cada vez menos dispuestos a gastar capital moral en defenderle.
Pero el tercero es casi el más grave. Israel siempre fue una excepción en Oriente Medio: el "hogar seguro en medio de la jungla" del que hablaba Netanyahu. Hoy, a pesar de que sus estándares cívicos siguen siendo superiores a los de los países de su entorno, Israel se parece cada vez más a estos. Se está convirtiendo en un lugar regido por las luchas étnicas, la ausencia de límites morales entre su élite gobernante, un débil Estado de derecho y un deseo enfermizo de venganza y destrucción. Un lugar regido por la guerra eterna.
Obviamente, la guerra de los Seis Días, iniciada en junio de 1967, duró seis días. La del Yom Kipur, en 1973, veinte. La de 2006 contra Hezbolá, 32. La Operación Plomo Fundido contra Hamás, a caballo entre 2008 y 2009, un mes. La guerra en Gaza tuvo varios episodios breves en 2012, 2015 y 2021. Entre medias, Israel ha hecho frente a otros conflictos que, como la primera y la segunda Intifadas, o los choques con Líbano, no han tenido un principio y un final precisos. Pero se podría decir que ha tendido a librar batallas breves en las que respondía a avances de sus enemigos y vencía gracias a su superioridad militar.