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Un éxito y dos fracasos de Trump en Irán
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Ramón González Férriz

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Un éxito y dos fracasos de Trump en Irán

La clave de este conflicto está en su duración. Pero Trump ya no puede decidir cuándo terminará. Porque dos de los tres aspectos principales de la guerra van mal y dan incentivos a Irán para alargar lo más posible el daño a la economía global

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Kent Nishimura)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Kent Nishimura)
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Estados Unidos no planificó bien la guerra de Irán. Es probable que decidiera entrar en ella, en contra de las promesas de Donald Trump, por la presión de Benjamin Netanyahu. Y que, tras la experiencia de Venezuela, el presidente depositara demasiadas esperanzas en que la decapitación del régimen conduciría directamente a su caída o, por lo menos, a su reforma.

Pero Trump es muy astuto. Como no ha declarado cuáles son las razones reales de la guerra ni sus objetivos, puede cantar victoria cuando quiera. Y eso es importante, porque el factor clave de esta guerra es la duración: si es corta, el apoyo de MAGA a su líder se mantendrá intacto, el actual precio del combustible no dañará irremediablemente la economía estadounidense y la global, y los republicanos quizá puedan enfrentar las elecciones de noviembre como si nada hubiera pasado.

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La cuestión ahora es si basta con que Trump diga que la guerra ha terminado para que esta termine. Porque en dos semanas y media, una cosa le ha salido muy bien. Pero otras dos van muy mal.

Un gran éxito

Uno de los objetivos básicos de la guerra era destruir el potencial militar de Irán. Y los ataques combinados de Estados Unidos e Israel lo están consiguiendo. Según el exempleado del Departamento de Estado y hoy académico en Doha Muhanad Seloom, buena parte del arsenal que Irán ha construido durante cinco décadas ha quedado destruido y han desaparecido un ochenta por ciento de las capacidades de Irán para atacar Israel. Los bombardeos han liquidado la marina iraní, las defensas antiaéreas y buena parte de las fábricas de armamento. Si el 28 de febrero Irán inició su respuesta lanzando 350 misiles balísticos y 800 drones, el 14 de marzo lanzó 25 y 75, respectivamente. Puede ser que sus arsenales se estén vaciando o que esté racionando su uso para el futuro, dice Seloom. Pero ambas cosas señalarían que la fortaleza militar iraní está en declive.

Y dos grandes fracasos

Como ya expliqué en una columna anterior, nadie duda de la capacidad que tiene Estados Unidos de conseguir sus objetivos militares, y más si cuenta con la ayuda de la deslumbrante inteligencia militar israelí. Pero lleva décadas en las que parece incapaz de imponer, después, sus objetivos políticos.

El primero de esos objetivos era el cambio de régimen. Trump y Netanyahu esperaban que el bombardeo desde el aire, la decapitación del régimen y el hartazgo de muchos iraníes con la crueldad y la incompetencia de su Gobierno darían pie a un nuevo orden político. Eso no ha sucedido. Es difícil saber qué ocurre en el interior de Irán, pero parece que el régimen ha aumentado la represión de los disidentes. También que muchos de quienes eran partidarios de los bombardeos israelí-estadounidenses hoy están perplejos porque estos están dañando infraestructuras civiles y matando a centenares de personas, pero no hay rastro de acciones dirigidas a un cambio rápido de régimen.

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Y finalmente está el fracaso del intento de Estados Unidos de utilizar la guerra como una herramienta más para amoldar el orden global a sus propios intereses. Trump quiso mostrar con esta guerra que tiene una alianza estrecha con Israel y los países árabes del Golfo. Hoy, los intereses de Israel (aniquilar en el mayor grado posible los recursos militares de Irán) y de Estados Unidos (abandonar cuanto antes la guerra) están divergiendo. Y los países del Golfo han visto cómo los bombardeos iraníes a sus recursos energéticos e infraestructuras civiles tiran por tierra la estrategia de convertir ciudades como Dubái o Abu Dhabi en paraísos turísticos, tecnológicos y fiscales. Trump quiso dejar claro que cuando decide entrar en una guerra no necesita explicar las razones al mundo ni requiere el apoyo de sus aliados; en los últimos días, sin embargo, ha exigido la ayuda de estos para abrir el estrecho de Ormuz y ha mostrado un descomunal enfado porque Reino Unido, Alemania, Francia o Japón se han negado.

Además, Trump veía esta guerra como una manera más de aislar a China, que compra el 90% del petróleo iraní, que a su vez representa un 13% del que consume. Si un régimen aliado de Estados Unidos tomaba el control del país, Trump dispondría de una llave para racionar la energía de su máximo rival. Hoy, Irán sigue enviando millones de barriles de petróleo a China, uno de los pocos países eximidos del bloqueo del estrecho de Ormuz.

Un éxito militar y dos fracasos políticos. Ese es el saldo de la guerra dos semanas y media después de su inicio. Trump dijo que terminaría en cinco. Fuentes israelíes hablan de finales de abril. El Pentágono tiene planes de guerra hasta septiembre. Cuanto antes termine la guerra, mejor para el mundo y para Trump. Pero hoy este no tiene tan fácil decidir cuándo sucederá eso, porque Irán tiene los incentivos, y la capacidad de sufrimiento propia de las dictaduras, para dañar durante el mayor tiempo posible a la economía mundial. Aunque el país acabe destruido.

Estados Unidos no planificó bien la guerra de Irán. Es probable que decidiera entrar en ella, en contra de las promesas de Donald Trump, por la presión de Benjamin Netanyahu. Y que, tras la experiencia de Venezuela, el presidente depositara demasiadas esperanzas en que la decapitación del régimen conduciría directamente a su caída o, por lo menos, a su reforma.

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