¿Apoyas la guerra en Irán aunque genere una crisis de refugiados aquí?
Si los bombardeos estadounidenses e israelíes se prolongan en el tiempo, y se crea un estado de desgobierno y caos, es predecible que cientos de miles de iraníes abandonen su país y llamen a las puertas de Europa
Un coche quemado tras los ataques a depósitos de petróleo en Teherán. (EFE)
Con frecuencia, las consecuencias no previstas de una guerra, dice Lawrence Freedman, uno de los mayores especialistas en estrategia militar, acaban siendo más importantes que las consecuencias que sí se han previsto.
El problema de la actual guerra en Irán es que ni siquiera conocemos las consecuencias previstas porque su principal promotor, Donald Trump, ha ido dando varias versiones. Derribar el régimen para que la población cree uno nuevo y democrático. Mantener el régimen pero poner al frente de él a alguien que se pliegue a los intereses estadounidenses. El fin de semana, Trump habló de "rendición incondicional" y de "destrucción total".
Pero, ¿y las consecuencias imprevistas? Al parecer, la CIA ha contemplado dar armas a los kurdos para que inicien una revuelta armada. Los bombardeos de infraestructuras energéticas y civiles pueden hacer pensar que el objetivo de Estados Unidos no es solo destruir el régimen, sino desbaratar el Estado. Danny Citrinowicz, un especialista en Irán del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Tel Aviv, dijo que, en realidad, a Israel le da igual si hay un golpe de Estado, si se produce una revolución o estalla una guerra civil: lo único que le interesa a su país es que Irán no pueda atacarle. Ayer, el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía dijo que temía una guerra civil en Irán y que su país se oponía a lo que parecen intentos de crearla. Pero en Europa, una de las consecuencias de la guerra que preocupan más es una gran crisis de refugiados que mande a nuestro continente a cientos de miles de hombres, mujeres y niños que huyen de la violencia y el caos.
El gran precedente
El canciller alemán Friedrich Merz hizo explícito ese miedo a finales de la semana pasada. Dijo que para evitar que un gran número de iraníes abandone su país el Estado debe seguir siendo funcional, deben mantenerse el orden público y los servicios básicos y la economía no debe colapsar. Es lógico que Merz sea el primer gran líder europeo en hablar explícitamente del riesgo de una oleada de refugiados. En primer lugar, porque Alemania es el país de Europa en el que viven más iraníes, unos 350.000 (en Suecia, Francia y Reino Unido viven alrededor de 100.000; según el Instituto Nacional de Estadística, en España son 7.500). Y en segundo lugar porque la crisis de refugiados de 2015-2016, en la que dos millones de personas que huían de la guerra y el caos en Siria, Irak, Libia, Afganistán y otros países, tuvo un impacto extraordinario en Alemania. Y cambió completamente su debate público, que ahora gira de manera obsesiva sobre la inmigración.
Pero el temor es real en todas partes, y no solo por motivos electorales, aunque esté muy relevante. El ministro de inmigraciones sueco ya ha dicho que no se debe producir una crisis como la de 2015, aunque también ha afirmado que ahora Europa está mucho más preparada que entonces. La Comisión Europea ha dicho que todavía no se ha detectado ningún aumento de llegadas ni de solicitudes, pero si la guerra dura cuatro o cinco semanas, como dijo Trump, o hasta septiembre, como dicen algunos informes internos del Pentágono, eso sería casi inevitable. La agencia de asilo de la UE en Malta ha dicho que tratándose de un país de 90 millones de habitantes, "bastaría con una desestabilización parcial", y que un 10% de la población quisiera marcharse, para que se generara un movimiento sin precedentes.
Algunos pensábamos que la experiencia de Irak y Afganistán, a principios de este siglo, y de Libia más tarde, acabaría durante un par de generaciones con la tentación de rehacer Oriente Medio mediante la intervención extranjera. La lección que se extrajo de esos casos es una de las más desagradables de la política y de las más elocuentes sobre la naturaleza humana: la mayoría de la gente es más capaz de vivir bajo un régimen atroz que de hacerlo en un estado de violencia sin control y profundo desorden social. Y aunque aún no lo sabemos, es posible que la falta de dirección de la guerra, provocada por las ambigüedades estratégicas de Trump, la indiferencia general de Benjamin Netanyahu y la negativa de Irán a rendirse provoquen exactamente eso: un largo periodo de tiempo tan dominado por la ingobernabilidad que una parte relevante de la clase media iraní crea que es mejor arriesgarse al rechazo en Europa que quedarse en su país.
La ironía política de este drama es evidente. Aunque es imposible saberlo con certidumbre, es probable que la gente que más se alegra de que se haya iniciado esta guerra sea la misma que más rechaza una llegada masiva de refugiados. Como ya escribí, Estados Unidos no tendrá ningún problema para arrasar Irán si se lo propone. Pero el problema es que no sabe exactamente qué consecuencias desea. Una crisis de refugiados es solo una de las muchas no deseadas.
Con frecuencia, las consecuencias no previstas de una guerra, dice Lawrence Freedman, uno de los mayores especialistas en estrategia militar, acaban siendo más importantes que las consecuencias que sí se han previsto.