No ha sido capaz de liderar su espacio ideológico. Pero más relevante aún es que encarna el fracaso de muchas políticas económicas del gobierno: a pesar del aumento del salario mínimo y otras medidas, el poder adquisitivo no avanza
La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. (Europa Press/Carlos Luján)
Yolanda Díaz anunció ayer que no será la líder de una hipotética coalición de izquierdas en las elecciones generales de 2027. Es una prueba de que, con ella, Sumar no ha funcionado. La marca ha estado sometida a los constantes vaivenes emocionales de la izquierda radical. Y su socio de coalición, el PSOE, la ha tratado con paternalismo y desdén. Hoy, el declive de Sumar es espectacular: en las próximas elecciones podría rondar el 7% de los votos y pasar de 31 escaños a poco más de 10. Sin embargo, el segundo fracaso de Díaz va mucho más allá de Sumar.
Díaz ha sido una herramienta central en la conversión de Pedro Sánchez en un socialdemócrata duro que, en sus momentos de mayor entusiasmo mitinero, se declara un enemigo del neoliberalismo. Su decisión de 2020 de entregar el Ministerio de Trabajo a una abogada laboralista del Partido Comunista fue una promesa de lo que vendría.
Y Díaz, de manera diligente, ha desarrollado el proyecto de Sánchez en el mundo del trabajo. Lo ha hecho de acuerdo con la peculiar cultura laboralista del comunismo español, que asume el diálogo con la patronal, pero se guía por objetivos a largo plazo inamovibles y, con frecuencia, dogmáticos. En estos seis años, Díaz ha aumentado el salario mínimo desde los 950 euros a los 1.221. Ha conseguido reducir la temporalidad. Subió la cuantía de los subsidios de desempleo. Dio un creciente poder simbólico y económico a unos sindicatos que tienen cada vez menos capacidad de representación de los trabajadores. Aumentó los días de baja por paternidad. E intentó reducir la jornada laboral. Entre otros proyectos aún pendientes de materializarse, está dar derechos laborales a los becarios y que los sindicatos se sienten en los consejos de administración de ciertas empresas.
¿Por qué la izquierda ha dejado caera una líder política que ha conseguido todos estos hitos, tan satisfactorios para los progresistas? En parte, porque hoy los partidos no viven de sus logros, sino de su presencia mediática. Y Díaz es una política muy poco convincente que, con su mezcla de cursilería y torpes operaciones de imagen, ha contribuido a quemar los recursos comunicativos que hace apenas una década eran mágicos para la izquierda. Pero también por la gran paradoja de la economía española actual.
Buen cuadro macro, pocos resultados progresistas
El Gobierno presume del estado de la economía española. Sin embargo, lo hace apoyándose en las métricas que suelen gustar a los ortodoxos liberales como Nadia Calviño y Carlos Cuerpo, al Fondo Monetario Internacional, a la Comisión Europea y a la revista The Economist (y también a mí, por supuesto). El PIB crece y disminuye el desempleo. La deuda pública está relativamente contenida y pagamos muy poco por endeudarnos. En 2025, nuestro déficit fue inferior al de Francia y Alemania. La deuda privada es baja comparada con los tiempos de la burbuja. Y así podríamos seguir con más y más indicadores que a muchos nos tranquilizan porque señalan que el cuadro macro es razonable.
La izquierda dura a la que Díaz ha querido liderar siempre ha despreciado esta clase de métricas. Pero aquellas de las que querría presumir son un fracaso. El aumento del salario mínimo ha beneficiado a sus receptores, por supuesto, pero no ha impulsado el aumento del resto de sueldos, que era el segundo objetivo de la medida. De hecho, el salario mínimo se está convirtiendo en el más común en España. Como contaba mi colega Javier Jorrín, los salarios han perdido poder adquisitivo de manera intermitente. Y, en todo caso, este no avanza por el aumento del precio de productos básicos como la electricidad o los huevos. La temporalidad ha disminuido, pero han aumentado los fijos discontinuos en sectores que preocupan al Gobierno y son emblemas políticos, como la hostelería y el transporte. El acceso a la vivienda se ha convertido en una crisis descomunal y el Gobierno parece un zombi anunciando nuevas inversiones y construcciones que ya nadie cree. La desigualdad entre quienes más tienen y quienes menos perciben ha aumentado. En respuesta, esta semana Pedro Sánchez ha asistido a un evento con economistas estrella y ha anunciado que el Gobierno impulsará un nuevo estudio sobre el tema. Nada demasiado creíble después de tanto tiempo.
Obviamente, Díaz no es la única responsable de que la economía española presente datos macro saludables, pero haya dado resultados muy pobres de acuerdo con las métricas que importan de verdad a la izquierda. Pero en tanto que líder del izquierdismo radical, encarna esta paradoja tan poco agradable para el autodenominado Gobierno más progresista de la historia. Su fracaso es doble: no haber sabido liderar su "espacio" y no haber convertido sus políticas laborales ortodoxamente izquierdistas en un aumento sustancial del poder adquisitivo de los trabajadores y la clase media.
Hoy se le busca un sustituto. Pero el destino de este, sea quien sea, es evidente: ser fagocitado por un PSOE que, como sucedió con el de Rodríguez Zapatero en 2008, defiende tan bien el espacio a su izquierda que se quedará con casi todo él.
Yolanda Díaz anunció ayer que no será la líder de una hipotética coalición de izquierdas en las elecciones generales de 2027. Es una prueba de que, con ella, Sumar no ha funcionado. La marca ha estado sometida a los constantes vaivenes emocionales de la izquierda radical. Y su socio de coalición, el PSOE, la ha tratado con paternalismo y desdén. Hoy, el declive de Sumar es espectacular: en las próximas elecciones podría rondar el 7% de los votos y pasar de 31 escaños a poco más de 10. Sin embargo, el segundo fracaso de Díaz va mucho más allá de Sumar.