Vino de La Rioja en India: reinventando la globalización sin EEUU
Muchos viejos aliados se sienten traicionados por Trump y han empezado a imaginar un mundo distinto. Sería el mismo que inventó EEUU, con comercio, liberalismo y reglas. Pero con EEUU relegado a un papel secundario. ¿Puede funcionar?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), saluda al primer ministro indio, Narendra Modi (d), en Nueva Delhi. (EFE/Pool/Moncloa/Fernando Calvo)
Estados Unidos creó el sistema económico y político por el que aún se rige el mundo. Ese sistema le permitió convertirse en la primera potencia mundial entre 1946 y 1989, y en la única potencia real entre la caída del Muro y algún momento de la pasada década. Los sistemas de gobierno de Italia, Japón, Alemania, Grecia y España son, en buena medida, fruto de la presión de Estados Unidos. La Unión Europeano existiría de no haber contado con el apoyo de Estados Unidos. El modelo comercial de Vietnam y el crecimiento de China se deben a Estados Unidos. La ONU, la OTAN y la Organización Mundial del Comercio son fruto de la visión del mundo de Estados Unidos.
Hoy este es el país más rico y poderoso del mundo. También el más influyente: si usted está pendiente del concierto de Bad Bunny en el Super Bowl, se empeñó en que sus hijos aprendieran inglés y lee esto en un dispositivo con sistema operativo de Google, Microsoft o Apple, es porque su influencia es descomunal. Sin embargo, Donald Trump y su Gobierno creen que eso no es suficiente. Creen que, durante los últimos ochenta años, su país se ha dejado engañar por esas naciones y organizaciones, a las que ha aportado mucho más de lo que le han devuelto.
En consecuencia, Trump quiere cambiar el orden mundial para que se adapte aún más a sus intereses. Eso incluye gastar menos en nuestra defensa. Obligarnos a regular de una manera que se adapte más a los intereses de sus empresas tecnológicas. Cobrarnos por exportar nuestros productos a su país.
El plan de Trump es que, pese a que de ahora en adelante recibamos mucho menos de Washington, sigamos obedeciéndole. Es una apuesta osada, pero no disparatada. Sin embargo, el giro más importante de la política mundial en lo que llevamos de año diverge de ese plan. De manera explícita o implícita, muchos países quieren mantener el orden global que creó Estados Unidos —el de las reglas, el liberalismo, la cooperación en defensa y el comercio— solo que sin contar con él.
De Canadá a India
El líder de este plan es el primer ministro canadiense, Mark Carney. Este dice que imagina un mundo en el que las "potencias medianas" cooperan entre sí al margen de Estados Unidos. Su ministro de Fnanzas afirmó la semana pasada que quiere vender a la Unión Europea gas natural licuado, minerales críticos o tecnología que antes vendía a Estados Unidos, para que a su vez la UE dependa menos de los vaivenes de Trump. Canadá es el único país no europeo que tiene acceso al plan de créditos para inversión en defensa de la UE. Muchos bromean incluso con que, con el tiempo, Canadá podría formar parte del bloque europeo porque comparte con este muchos de sus valores.
Al mismo tiempo, Reino Unido quiere estrechar lazos con el mercado único de la UE y profundizar en la cooperación en defensa. En los últimos meses, la UE ha firmado tratados de libre comerciocon los países de Mercosur y con India, a la que muchos productores de vino españoles esperan venderle las botellas que Estados Unidos dejará de comprarnos a causa de los aranceles más elevados. Francia está hablando también con India para venderle aviones de guerra por valor de 30.000 millones de euros. No es nada casual que Pedro Sánchez estuviera ayer con Narendra Modi con la excusa de la cooperación en materia de inteligencia artificial. El próximo país con el que la UE espera cerrar un acuerdo comercial es Australia.
Al mismo tiempo, claro, en China están de celebración: aunque el riesgo es enorme, y muchos temen lo peor, los países que se sienten despechados parecen ahora un poquito más dispuestos a aumentar la cooperación con Xi Jinping, que asegura que su país es el garante del orden mundial que, paradójicamente, creó su gran adversario, Estados Unidos.
¿Saldrá bien esta creciente cooperación entre países medianos que deja en un papel secundario y no se fía del todo de China? Es un camino muy estrecho y peligroso. Ninguno de esos países tiene el poder militar, la fortaleza económica y la influencia global de Estados Unidos. Es cierto que no pretenden romper lazos con este, pero la mera idea de considerarlo un socio secundario da vértigo. Porque nos puede castigar de mil maneras distintas. Pero también es cierto que, desde que esta opción ha empezado a hacerse realidad, las amenazas de Trump sobre Groenlandia, o los discursos de Marco Rubio y J.D. Vance sobre Europa, tienen otro tono.
¿El orden global que creó Estados Unidos, pero con estos reducidos a un socio relativamente menor? Es una apuesta dificilísima que choca a quienes todavía estamos perplejos por el hecho de que la alianza de los países occidentales liderados por Estados Unidos se haya roto. Pero quizá no tengamos más remedio que intentarlo.
Estados Unidos creó el sistema económico y político por el que aún se rige el mundo. Ese sistema le permitió convertirse en la primera potencia mundial entre 1946 y 1989, y en la única potencia real entre la caída del Muro y algún momento de la pasada década. Los sistemas de gobierno de Italia, Japón, Alemania, Grecia y España son, en buena medida, fruto de la presión de Estados Unidos. La Unión Europeano existiría de no haber contado con el apoyo de Estados Unidos. El modelo comercial de Vietnam y el crecimiento de China se deben a Estados Unidos. La ONU, la OTAN y la Organización Mundial del Comercio son fruto de la visión del mundo de Estados Unidos.