Lo que piensan en China de los europeos que peregrinan a Pekín para alejarse de Trump
Los aliados tradicionales de Estados Unidos están haciéndose fotos con Xi Jinping para tratar de marcar distancias ante Trump. En Pekín están pensando de qué manera van a aprovechar la oportunidad
El canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente de China, Xi Jinping , en Pekín. (Reuters/Michael Kappeler)
En las últimas semanas han volado a Pekín los presidentes o primeros ministros de Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Corea del Sur, Finlandia e Irlanda. No es casualidad. Los aliados tradicionales de Estados Unidos peregrinan a China buscando una fotografía con Xi Jinping y hablando abiertamente de estrechar lazos con la potencia comunista. Se trata, dicen, de reducir la dependencia con Washington y de intensificar las relaciones con “el más predecible de los dos imperios actuales”, como define un embajador europeo al gigante asiático.
Con sus aranceles, sus amenazas y sus arbitrariedades, Donald Trump ha fulminado años de esfuerzos diplomáticos. Recordemos que las embajadas de EEUU llevaban más de una década tratando de convencer a socios y aliados de la necesidad de alejarse de China. Y estaban teniendo éxito. La guerra de Ucrania y el cada vez más abultado déficit comercial habían convencido por fin a decenas de países de la órbita transatlántica de iniciar el “desacoplamiento” que exigía Washington. Precisamente ahora que las piezas estaban por fin alineadas para la partida por la hegemonía mundial, desde Washington han hecho saltar el tablero por los aires.
Los líderes que vuelan a Pekín saben que es una maniobra arriesgada. Xi Jinping los recibe por ahora con los brazos abiertos y, como hizo esta semana con el canciller alemán, con Friedrich Merz, les anima a tejer nuevas alianzas tecnológicas y económicas; incluso les sugiere un alejamiento progresivo de la OTAN para explorar otras alternativas. A corto plazo, estos encuentros tienen valor diplomático para el Partido Comunista Chino por sí mismos, que logra capital político y refuerza su posición de gran potencia amistosa sin necesidad de ceder un milímetro en asuntos como el superávit comercial —que continúa batiendo récords—, las polémicas por espionaje, las interferencias electorales, ni por supuesto las viejas reclamaciones sobre derechos humanos con las que los líderes europeos solían acudir hace unos años.
Y no solo eso. Keir Starmer, que hizo la primera visita de un líder británico desde 2018 y la primera desde que Xi Jinping aplastó la sociedad civil de Hong Kong, aceptó acuerdos comerciales impensables hace unos meses, aprobó la construcción de una controvertida megaembajada china en Londres y eludió hacer ningún tipo de referencia al encarcelamiento del activista prodemocracia británico Jimmy Lai. Al canadiense Mark Carney no le importó reducir los aranceles a un número limitado de vehículos eléctricos chinos a cambio de que Pekín hiciera lo propio con algunos productos primarios como la canola. Algo parecido les pasó a Emmanuel Macron y a Petteri Orpo.
El último en acudir, el alemán Friedrich Merz, ha hecho algún esfuerzo adicional por mantener el tipo. Quizá porque la relación comercial con China es más sólida y porque la opinión pública alemana está algo más formada en asuntos orientales sus vecinos —incluyendo, por supuesto, a España, donde incluso la élite es iletrada en estos temas—. La industria alemana, recordemos, empezó siendo una de las grandes ganadoras de la apertura de China a los mercados occidentales, para convertirse después en una de sus principales víctimas a medida que los chinos imitaron y superaron sus capacidades. Así que Merz habló públicamente de algunos asuntos polémicos, como los subsidios estatales que el régimen chino ofrece a las empresas que compiten con la industria europea, etcétera. El presidente chino insistió en la rueda de prensa conjunta en que "apoya a Europa en su búsqueda de autonomía y fuerza", y dijo que "espera que la UE trabaje con China en la misma dirección".
El problema es que este mismo debate se está produciendo también en China. Hay voces pidiendo abiertamente —incluso en los medios oficialistas— que Xi Jinping utilice la ventana de oportunidad que le brinda Trump para lograr más concesiones y nuevos acuerdos desde una posición de fuerza. Algo que vale tanto para los aliados europeos como para los del vecindario asiático. El ala dura quiere que paguemos de alguna manera a cambio de un lugar en el que refugiarnos frente al abusón, frente a Donald Trump.
Las viejas y opulentas potencias coloniales europeas no damos ninguna lástima. Y en China se empieza a asumir que nuestros gobiernos necesitan estrechar relaciones con Pekín más de lo que nos necesitan ellos. En concreto, hablan de que los países de la Unión Europea se presten, por ejemplo, a aislar a Taiwán, a abrir nuestras fronteras a la importación de tecnologías chinas ahora reguladas o prohibidas, o renuncien de una vez por todas a los viejos reproches sobre la situación de las minorías en Tíbet o Xinjiang. En este mundo nuevo no nos va a salir nada gratis.
En las últimas semanas han volado a Pekín los presidentes o primeros ministros de Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Corea del Sur, Finlandia e Irlanda. No es casualidad. Los aliados tradicionales de Estados Unidos peregrinan a China buscando una fotografía con Xi Jinping y hablando abiertamente de estrechar lazos con la potencia comunista. Se trata, dicen, de reducir la dependencia con Washington y de intensificar las relaciones con “el más predecible de los dos imperios actuales”, como define un embajador europeo al gigante asiático.