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¿Quiénes son esos expertos militares que cita Sánchez y cómo se comunica con ellos?
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Ángel Villarino

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¿Quiénes son esos expertos militares que cita Sánchez y cómo se comunica con ellos?

Nueve de cada diez expertos militares recomiendan elevar el gasto por encima del 2,1%, pero Sánchez ha ido a preguntar al que aconseja lo contrario. Si jugamos a inventar estadísticas, jugamos todos

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la cumbre de la OTAN. (Reuters/Claudia Greco)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la cumbre de la OTAN. (Reuters/Claudia Greco)
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Pedro Sánchez ha insistido tantas veces en las últimas horas en que no ha sido él, que ya sabemos todos que ha sido él. Asegura que han sido expertos del “Ministerio de Defensa, de las Fuerzas Armadas”, quienes han colocado el techo del gasto militar de España en el 2,1%. “Por tanto, no he sido yo. Al contrario”, ha dicho. Cualquiera que tenga algún tipo de contacto con el mundo militar español sabe que esa afirmación es más falsa que Ábalos hablando de feminismo.

Por no tener, el ejército español no tiene ni drones, ni demasiada munición, ni tampoco reclutas. Un porcentaje elevado de las plazas que salen a concurso quedan desiertas y se está produciendo un relevo generacional que hace que algunos regimientos estén ya al 20% de su capacidad. Los salarios están entre los más bajos del empleo público, las carreras acaban a la fuerza a los 45 años si no se logra ascender y, en definitiva, no hay ningún incentivo racional para unirse a las Fuerzas Armadas. Pero resulta que, en ese ejército infrafinanciado, hay expertos misteriosos susurrándole a Sánchez que mejor no se pase del 2,1. No es él quien lo dice, “al contrario”.

Se puede estar en desacuerdo con los militares y sus reivindicaciones; incluso se pueden cuestionar sus argumentos, pero pasarle la factura del 2,1% precisamente a ellos es tan malvadamente cínico que parece hecho a propósito. Por otra parte, estaría bien conocer la identidad de esos altos mandos que prescriben contención en el gasto. Para comprobar que realmente existen y para pedirles que presenten esos cálculos según los cuales resulta una inversión suficiente para mantener la capacidad operativa que exige la OTAN.

Si nueve de cada diez dentistas recomiendan lavarse los dientes después de comer, como decía el anuncio, a Sánchez le asesora el iconoclasta que no lo recomienda. De todos modos, ¿quiénes son esos expertos militares y cómo se comunica Sánchez con ellos? ¿Podemos entrevistarlos, aunque sea cubriendo sus rostros y deformando su voz? ¿Podría alguna persona amable llamar, por favor, al primer ministro belga, a Bart de Wever, que ya está preguntando al respecto? ¿Si de lo que tenemos que ocuparnos los españoles es del flanco sur, nos podría explicar alguien qué estamos haciendo o qué vamos a hacer al respecto?

Sánchez ya no tiene credibilidad, ni apoyos, ni presupuestos, ni legitimidad para plantear ningún tipo de debate, sobre todo cuando se ve a la legua que está tratando de distraernos del frente judicial que acecha a su partido y su persona. La sombra de la duda se lo va comiendo todo y los responsables de la desafección hacia los expertos son precisamente quienes los utilizan para defender su agenda política sin ofrecer ningún detalle adicional.

Pero el debate de fondo sigue siendo importante y podríamos intentar hacer un esfuerzo para sacarlo del paradigma de Homer Simpson. Me refiero a esa máxima según la cual la gente se inventa estadísticas con tal de demostrar algo; y esto es algo que sabe el 14% de la población. El porcentaje de Trump, el famoso 5%, sale de la misma chistera que el 2,1% de Sánchez. Y es legítimo plantearse cuántos sacrificios debería hacer la sociedad española para satisfacer las expectativas de la OTAN y apuntalar su Defensa, cuál debería ser la fórmula europea para no rendir la clase de vasallaje sonrojante que puso de manifiesto el WhatsApp de Rutte… Pero estas cosas deben articularse siguiendo los cauces de la diplomacia, tejerse con habilidad entre socios que comparten intereses y a su debido tiempo. No mediante fantasmadas temerarias para consumo interno.

Foto: aliados-sanchez-tiempo-elecciones-gasto-sucesor

Es cierto que la OTAN en los últimos años ha experimentado una mutación parecida a la de las grandes plataformas digitales, de Netflix o de Spotify, con sus estrategias comerciales. En su primera fase, se trató de engordar la lista de socios, ganando terreno en todo el planeta. Luego, poco a poco, y una vez que los clientes están dentro y fidelizados, ha ido empezando a subir las cuotas.

Desde la fundación de la OTAN en 1949, Estados Unidos ha sido el principal garante militar del bloque, disuadiendo en una primera fase a los perdedores de la Segunda Guerra Mundial de rearmarse. Aunque siempre existieron discusiones sobre el reparto de cargas (burden sharing), el tabú era evidente. En la década de los 70, Washington empieza a presionar suavemente para que Europa invierta más, especialmente durante la Guerra Fría, pero sin un enfrentamiento político abierto.

Con la implosión de la URSS, el argumento de seguridad colectiva pierde fuerza y aparecen las primeras quejas más explícitas desde Washington sobre el coste del liderazgo militar. En la confrontación con la extinta Yugoslavia de Milosevic y para poner freno a las matanzas de Kosovo, EEUU cubre más del 90% de los ataques aéreos sobre Serbia, a pesar de tratarse de un problema fundamentalmente europeo. Empieza a popularizarse la idea de que “Europa tiene que hacer algo más”. La presión se mantiene en la línea informal, diplomática y no se convierte en un eje de debate en la política estadounidense.

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Es Barack Obama quien rompe de manera sostenida y pública el tabú sobre el desequilibrio en el gasto militar dentro de la OTAN. La presión se intensifica durante la Guerra de Libia en 2011, dejando a Europa la responsabilidad directa. Como resultado, queda expuesta la dependencia europea en las capacidades estadounidenses, en cuestiones como la inteligencia, la vigilancia, la logística aérea y el abastecimiento de cosas tan básicas como la munición. Luego, en la cumbre de Gales de 2014, se firma el primer Compromiso de Inversión en Defensa y se acuerda que los países de la OTAN tienen que destinar al menos el 2% del PIB a defensa antes de 2024. No se trata de un acuerdo vinculante, pero es un punto de inflexión formal ante el que muchos países, como España, deciden hacer oídos sordos o trampear sus presupuestos para maquillar el resultado con cambios cosméticos o reajustes de partidas.

En 2017 entra en escena Donald Trump, que ya desde su campaña pone el asunto dentro de la agenda política estadounidense, haciendo calar el mensaje entre la población. Se introduce entonces la idea de que “EEUU solo protege a quien paga”. La presión es inconsistente y errática. En las cumbres de 2017 y 2018, Trump critica duramente a Alemania, Francia y otros países por "deberle dinero" por su protección y amenaza con abandonar la OTAN si no pagan. Algo que, según reportó la prensa americana aquellos años, llega incluso a preguntar a sus asesores si es posible hacerlo. Al no haber grandes conflictos abiertos, la sangre no llega al río, pero países ya sensibilizados con la amenaza, como Polonia, Reino Unido, Rumanía o los Bálticos, empiezan a ponerse las pilas.

La llegada de Joe Biden destensa el enfrentamiento, al menos formalmente. El presidente demócrata vuelve al multilateralismo y usa un tono más conciliador, aunque mantiene la agenda. No da un paso atrás en la exigencia del 2% y añade una nueva: fortalecer la industria de defensa europea para no dejar toda la producción en manos americanas, tratando de convencer a las capitales europeas (antes que a Bruselas) de los beneficios agregados de fabricar armas. La invasión rusa de Ucrania despierta a los europeos de su largo letargo y en 2024 la OTAN informa de que 18 de los 31 estados miembro ya cumplen con el 2%, alcanzando una cifra récord. España sigue remoloneando y recurriendo a trampas contables.

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Todo el que haya tenido la paciencia de llegar a este párrafo tendrá fresco en las pupilas lo ocurrido desde entonces. Trump regresa al poder en enero de 2025 con una actitud mucho más agresiva hacia Europa, humilla a Zelenski en la Casa Blanca, reparte carantoñas a Vladimir Putin y amaga con dejarnos a merced de las tropas rusas. En cuestión de pocos meses, los porcentajes y las exigencias entran en una escalada enloquecida en la que la mayoría de las capitales europeas tratan de dar respuesta a una situación de extrema debilidad sin dejarse intimidar por las exigencias desmesuradas de Trump, ni por la presión para firmar compras masivas de armamento a la industria americana.

Mientras tanto, Super López, perdón Súper Sánchez, se lanza a por el villano americano ante el estupor de todos sus socios. Hasta el presidente belga sabe a estas alturas cómo acaba este tebeo.

Pedro Sánchez ha insistido tantas veces en las últimas horas en que no ha sido él, que ya sabemos todos que ha sido él. Asegura que han sido expertos del “Ministerio de Defensa, de las Fuerzas Armadas”, quienes han colocado el techo del gasto militar de España en el 2,1%. “Por tanto, no he sido yo. Al contrario”, ha dicho. Cualquiera que tenga algún tipo de contacto con el mundo militar español sabe que esa afirmación es más falsa que Ábalos hablando de feminismo.

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