Leire y los flautistas: "¿A quién van a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?"
La sobreestimulación deja insensible la glándula del escándalo y nos prepara para creer o ignorar cualquier cosa que confirme nuestros sesgos. Incluso después de escuchar las pruebas
"¿A quién van a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?". La frase de Marx, la de Groucho Marx en Sopa de ganso, se puso de moda hace algunos años para hablar de desinformación. Y viene ahora al caso para abordar la trampa circular que supone el propio concepto. Una vez instalada la sospecha, es casi imposible revertir la maquinaria, de manera que todo puede ser falso o verdadero con independencia de los hechos. Con el tiempo, cuando el brebaje fermenta, es posible ejecutar el doble tirabuzón: propagar falsedades grotescas con las que argumentar que el hecho embarazoso que te afecta, algo que además puedes ver y escuchar con nitidez, es producto de la desinformación.
Da igual que te pillen con las manos en la masa o con los audios en la nube. Los flautistas de Hamelin, como los de Hamlyn, utilizan estos días ‘fake news’ cuando dicen, por ejemplo, que Leire Díez estaba haciendo un reportaje de investigación, que el audio se ha publicado descontextualizado y recortado para manipular, etcétera. Aquí están los 53 minutos íntegros, por si quieren oírlos. Se instala la duda, se congela el juicio. Perdónenme el galimatías, pero una de las razones por las que estamos metidos en esta tragedia cognitiva es precisamente por lo árido que resulta hacer el camino inverso, por lo difícil que es desenredar las madejas en las que nos vemos envueltos.
El problema es que los políticos que más éxito están teniendo en los últimos tiempos, en prácticamente todo el mundo, son aquellos que han entendido que el nuevo paradigma comunicativo funciona exactamente así, sin límites. Que la atención está totalmente fraccionada y que convive información veraz, sesgada y falsa a todas horas en todos sitios, de manera que se puede justificar casi cualquier cosa, decir algo y lo contrario, proyectar en los demás tus propios pecados. Aprovechándose del nuevo ecosistema y de los propios defectos del viejo, son capaces de sobrevivir a cosas que hace unos años habrían sido letales. Por el camino desincentivan, o directamente derrotan, a todo aquel que pretenda ganar unas elecciones sin tirarse sin bañador al barro.
Para entendernos. Si el caso Watergate hubiese estallado ahora en Estados Unidos, el equipo de Richard Nixon habría tardado apenas unas horas en montar una ficción, quizá con retales de alguna verdad, apuntando a los periodistas, los servicios secretos, los jueces, la mafia rusa o a las Tortugas Ninja. En tres o cuatro días la madeja estaría sucia y enredada, tanto que haría falta tiempo, paciencia y determinación para seguir el hilo. Como resultado, la mayoría de la población acabaría desistiendo. Tampoco es un ejemplo demasiado impactante, porque Donald Trump ha sobrevivido a cosas bastante más graves que el Watergate.
Esta tremenda confusión en la que vivimos, producto en parte de la inundación de mensajes, hace que el sesgo y la emoción sean las únicas herramientas efectivas para manejarnos por la vida. Esto, que siempre ha sido crucial, tiene ahora más importancia de la que había tenido en las décadas que nos preceden. Como una madre amorosa que escucha a diario todo tipo de cosas sobre su hijo, nos quedamos con las que nos gustan y las que no nos gustan nos hacen estallar de ira. Es un problema global. La mitad de los rumanos creen que su democracia está amenazada por las injerencias rusas. La otra mitad está segura de que las élites corruptas que han gobernado el país en las últimas décadas han invalidado las elecciones para seguir en el poder. No discrepan sobre detalles de política fiscal o una reforma educativa. Ambas mitades están convencidas de que su democracia corre peligro.
Una vez roto el pacto de mínimos, una vez reventado el marco sobre lo que es o no es admisible, la pelea queda a merced del relato y la imaginación o habilidad de quienes lo tejen. “Sin un significado político”, decía Susan Sontag, hasta “las fotografías del matadero de la historia serán vividas como algo irreal o desmoralizante”. Dar testimonio o aportar pruebas concluyentes deja de tener sentido fuera de un contexto político e ideológico. En esas estamos y aquí seguimos.
"¿A quién van a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?". La frase de Marx, la de Groucho Marx en Sopa de ganso, se puso de moda hace algunos años para hablar de desinformación. Y viene ahora al caso para abordar la trampa circular que supone el propio concepto. Una vez instalada la sospecha, es casi imposible revertir la maquinaria, de manera que todo puede ser falso o verdadero con independencia de los hechos. Con el tiempo, cuando el brebaje fermenta, es posible ejecutar el doble tirabuzón: propagar falsedades grotescas con las que argumentar que el hecho embarazoso que te afecta, algo que además puedes ver y escuchar con nitidez, es producto de la desinformación.