El último experimento de Génova ha sido volver a reposicionar el partido con "banderas progresistas", intentar moderarlo con temas como la conciliación o la jornada laboral, que, tradicionalmente, son temas situados en la izquierda
Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo, durante el homenaje al concejal del PP Miguel Ángel Blanco, en Madrid. (EFE/Mariscal)
Por
Verónica Fumanal
EC EXCLUSIVO
El PP se encuentra inmerso en un cambio de estrategia política aún por definir. Las victorias autonómicas y locales anticipaban, con toda seguridad, que Feijóo llegaría a la Moncloa; no había Plan B, no había plan de oposición, y Feijóo no sabe ser oposición. Y en ello están, aprendiendo a hacer un proyecto alternativo, buscando cuál es la mejor opción o al menos, la menos mala. Sin embargo, este ejercicio de malabarismo ideológico y de exploración temática no está exento de riesgo: el primero, desconcertar a los tuyos; el segundo, sacrificar la coherencia y la credibilidad a golpe de bandazos.
Alberto Núñez Feijóo llegó a la presidencia del PP en marzo del 2022, con el tiempo suficiente para poder presentarse a las elecciones generales con el territorio nacional recorrido. Él era el mensaje tras el fiasco de Casado. Un perfil presidencial, frente al eterno candidato; un moderado, frente al delfín de FAES; un gallego, frente al castellano leonés amadrileñado. Feijóo no tenía más que cabalgar a lomos del "antisanchismo" una estrategia que había sido diseñada para no confrontar los modelos socialdemócratas y liberal, sino para elegir entre dos personas. Su proyecto era él. El PP subió 13 puntos, pero no fue suficiente. Feijóo sería el jefe de la oposición.
Desde entonces, el PP anda en búsqueda de una estrategia y una narrativa que le permitan crecer, pero por dónde. Vox, y ahora también, Alvise, son dos formaciones que constriñen la capacidad de actuación de Génova. El famoso giro al centro que ya hizo Aznar en los 90 y que les permitió llegar a capas del electorado más moderado, ahora topa con la ferocidad de la extrema derecha que no duda en evidenciar que, sin ellos, el PP volvería a las épocas de los tecnócratas en detrimento de la batalla cultural. Sin olvidar a los elementos más extremos que también tiene el propio Partido Popular.
El PP ha probado la estrategia del "partido nacional" frente a quien quiere destruir España. Aupado en los indultos, en la amnistía y en la mayoría plurinacional que ha sostenido a todos los Gobiernos de Sánchez, Feijóo ha probado la narrativa de la bandera rojigualda. Lo cierto es que no ha dado malos resultados a nivel autonómico. El PP accedió al mayor poder territorial que ha tenido nunca, eso sí, sacrificando dos vías importantes. La primera, la de tener alguna posibilidad de gobernar en comunidades históricas como Euskadi o Cataluña. La segunda, la de tejer complicidades con los partidos nacionalistas de derechas que otrora le ayudaron a llegar al poder, cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad y Pujol negoció el mayor nivel de descentralización competencial con el pacto del Majestic. Además, desposiciona la marca personal de Feijóo, que siempre había estado en posiciones no ofensivascontra las lenguas cooficiales y abierto a cuestiones como el concierto económico para Cataluña (2016).
El PP también ha explorado la vía "robar las banderas de Vox". Para ello, Feijóo no dudó en viajar hasta Italia y encumbrar a Giorgia Meloni como modelo para atajar la migración. Además, en reiteradas ocasiones ha coqueteado con el discurso de Vox que equipara migración y delincuencia; al mismo tiempo, le reconocía a Carlos Alsina que está a favor de regularizar inmigrantes si el mercado laboral lo exige. Pero en el PP debieron analizar los contras de intentar copiar un discurso a la marca original. Al contrario de lo que pudiera parecer, no "robas" electorado a tu competidor directo. Todo lo contrario. Legitimas su discurso y le regalas la agenda mediática, posicionando los temas que los hacen más fuertes. Además, estirando la narrativa hacia el espacio político de la ultraderecha, los votantes más moderados, que eran los que supuestamente venía a "cazar" Feijóo, se asustan y buscan otras opciones, incluso la abstención.
El último experimento de Génova ha sido volver a reposicionar el partido con "banderas progresistas", intentar moderarlo con temas como la conciliación o la jornada laboral, que, tradicionalmente, son temas situados en la izquierda. Fue el propio Feijóo quien en una entrevista en Vanity Fair coqueteó con la posibilidad de hacer una jornada laboral de 4 días, como ya había propuesto Íñigo Errejón o Keir Starmer. Días después, salieron los portavoces del PP para detallar una ley de conciliación que hablaba de ampliar las bajas por paternidad y maternidad, aunque sin la obligatoriedad de cogerlos juntos. Ante tal despliegue de medidas sociales, fueron las figuras clásicas del neoliberalismo español, Aguirre y Ayuso, las que lamentaron el bandazo de Génova, con lo satisfechas que estaban ellas con el modelo Meloni.
Los experimentos en política comportan riesgos. El principal, permitir que tus adversarios aumenten su base electoral a costa de tus errores. Pero es necesario evidenciar, que más difícil que gobernar, muchas veces es estar en la oposición. Porque lejos de lo que pueda parecer, hacer un proyecto alternativo no es, únicamente, negar o criticar al que está en el poder. Se debe aunar ser percibido como un partido presidencial con el esperable reproche a la acción del Gobierno, ser duro sin ser radical, ser conciliador cuando se requiere. De hecho, tanto Zapatero como Sánchez llegaron a pactos de estado cuando estaban en la oposición, pero no a escondidas, sino con voluntad de ser percibidos como dialogantes. Feijóo anda buscando su camino, no todos llegan a encontrarlo.
El PP se encuentra inmerso en un cambio de estrategia política aún por definir. Las victorias autonómicas y locales anticipaban, con toda seguridad, que Feijóo llegaría a la Moncloa; no había Plan B, no había plan de oposición, y Feijóo no sabe ser oposición. Y en ello están, aprendiendo a hacer un proyecto alternativo, buscando cuál es la mejor opción o al menos, la menos mala. Sin embargo, este ejercicio de malabarismo ideológico y de exploración temática no está exento de riesgo: el primero, desconcertar a los tuyos; el segundo, sacrificar la coherencia y la credibilidad a golpe de bandazos.