Un narcoestado no nace, se hace: España, en camino
Cada día que pasa sin afrontar el problema, la delincuencia organizada abarca mayores ámbitos de actividad Es ahora o ¿nunca? Porque los narcoestados no nacen, se hacen. Cuidado
Un coche quemado en Puerto Banus, Marbella (Málaga). (EFE/Archivo/Esther Gómez)
Cuando el Estado desaparece, surgen los paraestados. El mundo, la sociedad, necesita un orden para no caer en el caos. Y si éste no se fija de manera convencional, de acuerdo con la norma, se impone de manera espontánea por medio de otros que fijan sus propias reglas de actuación.
Un caso paradigmático es el de Italia, en el que el desapego entre elector y elegido terminó derivando en una indiferencia sobre el rol del gobernante que llevó a la alternancia en el poder entre la poderosa clase empresarial del norte o la mafia del sur, Berlusconi o Andreotti. Que hagan lo que quieran, a mí que me dejen en paz. Mal asunto.
Pues bien, el desgobierno español está conduciendo a un fenómeno parecido en partes de nuestro territorio, caso del litoral andaluz, tanto atlántico como mediterráneo.
Cada vez son más las noticias de ajustes de cuentas en el entorno marbellí, lugar en el que se concentra una parte sustancial de la delincuencia organizada europea, bajo la apariencia de venerables turistas que aprovechan el buen clima y el golf. Como son las que hacen referencia a semicombates, ya sea en tierra o mar, entre narcotraficantes del Estrecho y unos miembros de la Guardia Civil que, a duras penas, saben con lo que se van a encontrar.
Y la cosa va a más y no a menos. Cada día que pasa.
La única manera de impedir que esta realidad se termine imponiendo definitivamente es dotar a los ‘buenos’ de los medios humanos y materiales necesarios para hacer frente a los malos, y eso se llama personas, embarcaciones y aeronaves, tecnología o armamento. Es, en definitiva, voluntad política. Sin embargo, se ha desvanecido.
Sirva como muestra un botón: proveedor de drones con ‘visión’ térmica para posible vigilancia del Estrecho que seduce a los responsables sobre el terreno en términos de alcance, fiabilidad y eficacia. Patada hacia arriba, al ministerio de Marlaska. Ni caso. Pasapalabra. Conclusión: adquiridos por el Gobierno marroquí, no se sabe si para lo mismo o para lo contrario.
Y esa, en definitiva, la cuestión, lo sorprendente del caso: el abandono completo por parte de las autoridades españolas a las fuerzas del orden en el sur de nuestro país donde no sólo no se les da, sino que se les quita, debiendo operar cada vez más en precario. No es de extrañar que, siendo así, se pasen al lado oscuro de la fuerza, que nadie ha nacido para comportarse como un héroe ante quien no se lo reconoce.
Probablemente nunca sabremos el porqué de esta política que, claramente, tiene que beneficiar a ‘algo’, por ejemplo, al propio reino alauita, o a ‘alguien’ con el que se ha establecido una connivencia de carácter económico: ¿los propios traficantes de personas y drogas? Solo así se puede justificar ese infame ‘trade-off’ entre asesores de la Moncloa, más, y recursos para la lucha contra el crimen, menos, por poner el ejemplo más demagógico. Ya lo siento.
El tema no es ni mucho menos menor. Cada día que pasa sin afrontar de manera decidida el problema, la delincuencia organizada va echando sus raíces y extendiendo sus ramas para abarcar, de manera subrepticia o manifiesta, mayores ámbitos de actividad en el campo político, económico o social. Exactamente igual que, vuelta a la casilla de inicio, en determinadas regiones transalpinas.
De ahí que sea clave poner cuanto antes coto a sus desmanes, actuar de manera fulminante desde la Justicia, el orden público y la sociedad civil, limitar sus tentáculos tanto operativos como financieros. Porque las alternativas a lo que configura una verdadera democracia dan calorcito de arranque, pero acaban asfixiando con un fuego abrasador. Es ahora o ¿nunca?
Cuando el Estado desaparece, surgen los paraestados. El mundo, la sociedad, necesita un orden para no caer en el caos. Y si éste no se fija de manera convencional, de acuerdo con la norma, se impone de manera espontánea por medio de otros que fijan sus propias reglas de actuación.