Yo también he sufrido abusos de la Iglesia, por partida doble
Les garantizo que en la Iglesia hay mucho más 'abuso' del que yo relato aquí, que del otro. Y que la única manera de juzgar una realidad es conocerla. Huyan, pues, de los que hablan de oídas
El presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Valladolid, Luis Argüello. (EFE/Fernando Díaz)
Todo el mundo sabe que soy un hombre de fe. Que nunca lo he ocultado. Saben que la fe me determina porque si no sería un paripé insufrible. Hablo de Dios a quien quiere escucharme y me sitúo en el plano de esos 'débiles' que señalaba en este mismo periódico Alberto Olmos. Él se afirma culto y fuerte porque sabe ‘que la vida es un infierno’. Que le aproveche.
No solo soy hombre de fe, sino que soy hombre de Iglesia. Porque mi fe solo se puede vivir en comunidad. En la Iglesia encontré a mi mujer; de la Iglesia son mis mejores amigos; en su seno crecí y me multipliqué; buena parte de mi tiempo libre lo dedico a la Iglesia. Soy poco sospechoso, pues, de no amarla y, por tanto, me duelen como al que más sus pecados, de acción y de omisión.
De ahí que me conmueva especialmente el tema de los abusos, por más que sepa que en su seno son la excepción a una norma de entrega incondicional, hasta la extenuación, de muchos hombres y mujeres que dedican su vida a la imitación de Cristo, lugar donde nuestra miseria y la misericordia divina se encuentran.
Pues bien, he de confesar, hoy y aquí, que yo también he sido abusado.
He sido abusado por el obispo de Cádiz, ahora en la palestra. Él fue quien me inició en la fe allá en la parroquia de San Jorge a finales de los 80. En él está la génesis de todo lo que vendría después, el inicio de un camino que solo terminará cuando toque con los nudillos la puerta del Cielo por si me dejan entrar. Me puso frente a las preguntas esenciales de la vida, me dio responsabilidades inimaginables, me incardinó en una comunidad de la que salieron una enormidad de sacerdotes y monjas -uno de los cuales nos acompaña desde hace casi un cuarto de siglo-, me enseñó a evangelizar y a rezar, a disfrutar de la vida en Dios.
He convivido con él en todas las circunstancias. A todas las horas del día. A veces solos, en total intimidad, las más con otros muchos, convivencias o campamentos. Y me he sentido abusado, claro que sí. Abusado de amor, abusado de confianza, abusado de respeto, abusado de comprensión, abusado de apoyo, abusado de humor. Me recordaba mi madre el otro día que cuando se enteró de que salía de la parroquia para irse a Getafe ‘lloré como una tonta’. Ese era el ‘abusador’.
En 2004 recalé en el Everest School Monteclaro de Madrid de los Legionarios de Cristo. Una congregación de la que conocíamos apenas nada y que, como es sabido, vivió al poco tiempo una crisis estructural con el descubrimiento de la doble vida de su fundador, Marcial Maciel. Muchos padres decidieron entonces sacar a sus hijos del cole. Los que nos quedamos lo hicimos con la convicción de que los sacerdotes que allí estaban eran hombres de Dios dedicados en cuerpo y alma a procurar el bien de nuestros hijos. Y de que donde abundó el pecado, puede sobreabundar la gracia. Que se lo digan a san Agustín y a su sufrida madre santa Mónica.
No nos equivocamos. El Regnum Christi se ha convertido con el paso del tiempo en una segunda casa espiritual por medio de la cual hemos conocido a una parte sustancial de los que ahora son nuestros mejores amigos. Con ellos, y con los Padres y consagradas, hemos convivido, disfrutado, hecho misiones o ejercicios espirituales, subido al monte, peregrinado, esquiado, rezado, disfrutado de los sacramentos, reído y llorado siendo ese el abuso al que nos han sometido: el abuso de su disponibilidad 24/7, estando ahí siempre cuando ha sido necesario para nosotros o nuestros hijos.
Sorprende cómo algunas cabeceras aprovechan que el río Pisuerga pasa por Valladolid para hacer relaciones causa-efecto que poco o nada tienen que ver con lo que se juzga. Que den eco a ‘vendettas’ personales o institucionales que van más allá de lo meramente sujeto a proceso. Que hagan sangre del que tiene su palabra como única defensa. Más triste es aún comprobar la reacción de muchos progenitores que, alzándose airadamente en asamblea contra las instituciones educativas afectadas, ahora siguen con sus niños en ella como si nada hubiera pasado, ‘me dejé llevar’. Cosas de un mundo que necesita culpables,
Que la Justicia siga su curso y, aunque suene a manido, quien la haya hecho, que civilmente la pague. Pero les garantizo que en la Iglesia hay mucho más ‘abuso’ del que yo relato aquí, que del otro. Que hay numerosa sentencia condenatoria, pero también absoluciones que ya, en realidad, no sirven para nada, muerto como está inocente socialmente. Y que la única manera de juzgar una realidad es conocerla. Huyan, pues, de los que hablan de oídas. Están invitados.
Es de cajón, puro sentido común.
Todo el mundo sabe que soy un hombre de fe. Que nunca lo he ocultado. Saben que la fe me determina porque si no sería un paripé insufrible. Hablo de Dios a quien quiere escucharme y me sitúo en el plano de esos 'débiles' que señalaba en este mismo periódico Alberto Olmos. Él se afirma culto y fuerte porque sabe ‘que la vida es un infierno’. Que le aproveche.