No hay nada que celebrar con la muerte de Noelia. Su caso plantea más preguntas que respuestas en un debate social condenado a seguir abierto
Numerosos periodistas y curiosos esperan a las puertas del Hospital Residencia Sant Camil, en Sant Pere de Ribes (Barcelona), el desenlace de la eutanasia de Noelia Castillo. (EFE/Andreu Dalmau)
Noelia es ya pasado. Le quitaron ayer la vida en Barcelona. Era lo que ella deseaba. Y el estado, fiel a su conquistada condición de pater familias, acudió puntual y con bata blanca a sellar su pasaporte a la muerte. La vimos anteayer en televisión. En uno de esos programas que convierten en heces todo cuanto tocan. Una entrevista dramática, malmetida por el frívolo aderezo que ha de acompañar obligatoriamente cualquier matinal de entretenimiento que se precie. La irrupción del martes en antena cumplió su papel. Elevó a conversación nacional el dramático final de la joven y puso en marcha el reloj de la cuenta atrás, siempre rentable televisivamente. Ayer, como era previsible ante una muerte anunciada a bombo y platillo, se sucedieron las conexiones a pie de hospital para narrar el final en directo. Todo lo procesamos igual. Sea el descanso de la Super Bowl, sea el adiós a la vida de una joven que padece. ¡Qué gran espectáculo!
Naturalmente, se activó la previsible batalla campal ideológica alrededor de la eutanasia, asunto en el que la polarización resulta inevitable. De un lado, los ultraliberales de izquierdas y derechas, con su profesión de fe en la sagrada e inviolable voluntad del individuo, calificando poco menos que de escoria humana a quienes hasta última hora han tratado de evitar el suicidio asistido de Noelia. Del otro, aquellos a quienes no les basta defender la posición contraria sin recurrir también al insulto y al agravio, calificando de asesinos y verdugos a quienes han autorizado y practicado la eutanasia a Noelia.
Y entre ambos, otra postura, más silente por respetuosa. Pero quizás mayoritaria. La que suma a aquellos incapaces de emitir un juicio radical sobre el asunto y los que, siendo favorables o contrarios a la eutanasia como concepto, zozobran ante su concreción práctica. Son los que en el plano teórico están decantados hacia el sí o hacia el no. Pero que puestos ante el espejo de un caso como el que nos ocupa, intuyen una trascendencia y unas consecuencias que no encajan en la simplicidad de su posicionamiento abstracto de partida.
Para los que no albergan duda alguna sobre los beneficios de despachar a Noelia, la muerte de la joven de 25 años es un triunfo de la civilización, en la medida que premia el deseo de la persona por encima de cualquier otra consideración. Para quienes están convencidos de lo contrario, supone la entronización de la cultura de la muerte, la legitimación de las prácticas eugenésicas y la deshumanización de la sociedad.
Todas las instancias judiciales habían dado luz verde a la eutanasia de Noelia. La discusión sobre el fondo jurídico no tiene pues sentido, al menos mientras la ley actual esté en vigor. Es en los pasos previos, en la validación de la voluntad de quien quiere morir por parte de los miembros de los comités de expertos con tal prerrogativa, donde se cuece el fondo del asunto. Quienes tienen esa responsabilidad, a su vez, vienen obligados también a cumplir la ley. Sólo que con margen de maniobra subjetivo, el que se desprende de toda ley y reglamento. Asumen, sin pretenderlo, el rol de dioses laicos actuando bajo la égida de una infalibilidad teórica derivada de su conocimiento científico y autoridad ética.
Pero a nadie escapa que los mismos comités, formados por otros profesionales con la misma formación y experiencia pero con otra cosmovisión, llegarían a conclusiones dispares. Esto es así en los procesos que por sus características son polémicos. Tal es el caso del de Noelia, que reunía dos condiciones que suscitan inevitablemente gran controversia: ser muy joven, sólo 25 años, y que su caso incluyera un cuadro de enfermedad mental que abría la puerta a defender que no está en condiciones de decidir por ella misma. Este es el argumento que se ha utilizado en los tribunales para tratar de revocar su eutanasia. Pero lo cierto es que es la juventud de la chica y el empecinamiento de su padre oponiéndose a su voluntad lo que ha proporcionado un extraordinario volumen al caso.
Con independencia de la posición de cada uno, no deja de sorprender que la lucha ante los tribunales por parte del padre haya merecido un desprecio nada disimulado en muchos altavoces mediáticos. No son pocas las voces y líneas editoriales que la han presentado como una vergonzante e ilegítima intromisión de alguien que no perseguía otro objetivo que el de aplazar con filibusterismo jurídico la muerte programada de su hija y eternizar su sufrimiento. El menosprecio de algo tan natural, el luchar con todas sus fuerzas y recursos a tu alcance para impedir la muerte de tu vástago, encaja perfectamente con la mirada de quien ve en la familia una condena.
Pero en el caso de Noelia se añade algo más. Es la condición de católico del padre y que su representación en los tribunales haya corrido a cargo de la asociación Abogados Cristianos. La persecución moral al padre, acusándolo de perpetuar y enseñarse en el sufrimiento de su hija, se ha acrecentado por su condición de creyente, en la medida que activó los resortes anticatólicos que operan entre muchos ciudadanos a la hora de posicionarse ante cualquier asunto. El perfil de Abogados Cristianos permite además la asociación política con la ultraderecha que, naturalmente, acepta la invitación y echa el resto, como vimos durante todo el día de ayer. Noelia reducida a una discusión caricaturesca y vergonzante entre progresía y facherío.
Hay otras derivadas que también merecen atención. Como el intento de monopolizar el concepto de muerte digna, dejando por pasiva la muerte indigna en la espalda de quienes a pesar del sufrimiento deciden seguir adelante. Otra cuestión refiere al número de solicitudes de este tipo y su impacto en la toma de posición. ¿A partir de cuántas peticiones de eutanasia como la de Noelia pasaríamos a considerar que hemos ido demasiado lejos? ¿Si mañana fuesen un centenar, mantendríamos nuestra opinión? O también: ¿por qué hay que luchar contra el suicido desde las administraciones, si éste también remite a la voluntad manifiesta del individuo a través de los hechos? Demasiadas preguntas, estas y otras muchas, para algo que sale mucho más a cuenta tratar sobre la base del blanco y negro.
Dijo Noelia horas antes de morir que se trataba de su vida y ya está. Escuchándola uno queda desarmado por la inevitable empatía ante quien está sufriendo. Pero lo cierto es que no hay una sola vida que pertenezca únicamente a su portador. Eso sigue siendo así también ahora, con la ley de eutanasia, puesto que ésta ha convertido al Estado en copropietario de todos y cada uno de nosotros. ¡Yo y el Estado! Y que enmudezcan todos los demás. Un silencio, este que se nos exige, imposible ante lo único que resulta en este mundo irreversible: la muerte.
Noelia es ya pasado. Le quitaron ayer la vida en Barcelona. Era lo que ella deseaba. Y el estado, fiel a su conquistada condición de pater familias, acudió puntual y con bata blanca a sellar su pasaporte a la muerte. La vimos anteayer en televisión. En uno de esos programas que convierten en heces todo cuanto tocan. Una entrevista dramática, malmetida por el frívolo aderezo que ha de acompañar obligatoriamente cualquier matinal de entretenimiento que se precie. La irrupción del martes en antena cumplió su papel. Elevó a conversación nacional el dramático final de la joven y puso en marcha el reloj de la cuenta atrás, siempre rentable televisivamente. Ayer, como era previsible ante una muerte anunciada a bombo y platillo, se sucedieron las conexiones a pie de hospital para narrar el final en directo. Todo lo procesamos igual. Sea el descanso de la Super Bowl, sea el adiós a la vida de una joven que padece. ¡Qué gran espectáculo!