Hablar de lo que no existe o invocar una trascendencia que no es tal. Cada vez son más los hologramas de actualidad informativa convocados para entretener y pastorear a la opinión pública
Fin -nombre ficticio-, un joven de 17 años de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), que se identifica con un lobo gris albino. (EFE/Enric Fontcuberta)
A estas alturas, usted ya sabe que los theriansno existen. Ha tardado en descubrirlo solo una semana. El truco ha sido en esta ocasión tan soez que el engaño se ha hecho visible muy rápidamente. No ha resistido el peso de la realidad.
El gancho era de lo más atractivo: una epidemia mundial de adolescentes grillados que creen ser perros, gatos, osos, cocodrilos o cualquier otro animal. De ahí al pánico moral sobre el estado de salud mental de los adolescentes de hoy en día había solo un trecho que se recorrió rápidamente. En un abrir y cerrar de ojos ya teníamos confirmación sobre todos nuestros prejuicios: ¡Qué mal está el mundo que incluso los chiquillos ya se creen jabalíes!
Solo que esa epidemia mundial no existe. Ni siquiera como tendencia que merezca ser destacada. Se cuentan con los dedos de dos manos los frikis en edad del acné que se divierten vistiendo una máscara de su animal preferido en sus espacios de ocio sin hacer daño a nadie. Y bastan con los de una sola mano para señalar los casos patológicos en los que alguien cree ser de verdad un animal.
Sin embargo, a usted le han bombardeado en los últimos días con el fenómeno therian. El algoritmo y los medios no han tenido compasión. Y es más que probable que haya visto, escuchado y leído comentarios de psicólogos y sociólogos dando sesudas y elaboradísimas explicaciones sobre por qué nuestros jóvenes pueden sentir la necesidad de identificarse con un animal. Sin embargo, la pregunta más importante siempre quedaba en el aire: ¿dónde está esa caterva de adolescentes? ¿Alguien ha visto algo más que un vídeo en redes que no se sabe de dónde ha salido?
El domingo todos los medios de comunicación cubrieron la cita therian en el Paseo de San Juan de Barcelona. Congregó a más de 3.000 curiosos, pero therian, lo que se dice therian, no acudió tan siquiera uno. Había pasado lo mismo en Gerona y en otras ciudades españolas en el transcurso de la semana. Supuestas quedadas therian a las que acudían únicamente medios de comunicación y curiosos. ¿Y los jóvenes animales? ¿Estaban en su guarida? ¿Acaso están hibernando?
Nada de eso. Lo que ha sucedido es que la supuesta tendencia generacional a identificarse con un animal ha resultado ser un castillo en el aire. Nada. Una invención. Una construcción mediática sin base real. Unos cuantos vídeos producidos en Sudamérica y algunas "noticias" difundidas por portales de esa zona del planeta con éxito en las redes fueron suficientes para que televisiones, radios y periódicos españoles se lanzaran a producir también sus propias piezas informativas sobre el supuesto fenómeno. El resultado: un ejemplo inmejorable de construcción de una realidad paralela sin anclaje ninguno con la verdad a pie de calle. Nada nuevo, solo que en esta ocasión pornográficamente visible.
Este mecanismo de creación de la realidad es desolador cuando se comprueba que es el patrón que predomina en el debate político
Este mecanismo de creación de la realidad, que resulta patético cuando se aplica a la chiquillada adolescente y a sus disfraces, alcanza la categoría de desolador cuando se comprueba que es el mismo patrón que predomina en el debate político. La coreografía es muy similar.
Conviene un cebo algorítmico, que no hace falta que sea un vídeo exótico de TikTok, pues basta con un tuit más o menos solemne o polarizador, una filtración interesada y precisa o un anuncio formal de una medida puramente simbólica. Inmediatamente se desata el inevitable contagio periodístico. Las redacciones, arrastradas por la inercia y la necesidad de rellenar horas de emisión, asumen el marco mental impuesto sin cuestionar su verdadera relevancia. Ya tenemos tema del día, de la semana o del mes. Los lunes podrían ser definidos como el "día therian" del Gobierno, pues acostumbra a ser el preferido para intentar apuntalar debates sobre cimientos de realidad o necesidad más bien frágiles.
A partir de ahí, entramos en la fase del análisis. Al igual que vimos la semana pasada a expertos debatiendo sobre la psique de los jóvenes-lobo, asistimos a un desfile incesante de voces diseccionando la última maniobra gubernamental. Y finalmente, de manera inevitable, se produce el choque con la realidad. Usted apaga la televisión, baja a tomar un café, habla con su entorno y constata que, en la calle, el supuesto debate que monopoliza la atención de las élites ni está ni se le espera.
La memoria no puede estar bajo llave.
Mañana desclasificaremos los documentos del 23F para saldar una deuda histórica con la ciudadanía.
Las democracias deben conocer su pasado para construir un futuro más libre.
Tomemos un ejemplo de ayer mismo: el anuncio de desclasificar los papeles del 23-F. Párese a pensar por un segundo. ¿Había una presión social o de algún sector en particular haciendo bandera de ello? En absoluto.
Sin embargo, el Ejecutivo saca a pasear este conejo de la chistera y la maquinaria se enciende. El objetivo no es satisfacer una necesidad ciudadana, ni siquiera facilitar la tarea de los historiadores. Se trata de generar la ilusión óptica de que se está tomando una decisión histórica porque estamos ante un momento crítico de higiene democrática que merece toda nuestra atención. Lo que se procura es que durante unos días habitemos un decorado de cartón piedra. Esta es la verdadera utilidad del ilusionismo institucional y de la política de distracción.
Al final del día, la caterva de adolescentes que no acudió a Barcelona y la supuesta trascendencia vital de los documentos desclasificados comparten la misma naturaleza etérea. Son espejismos útiles. Hologramas convocados para entretener y pastorear a la opinión pública. Vacuidad disfrazada de trascendencia. Alimento sin proteína.
A estas alturas, usted ya sabe que los theriansno existen. Ha tardado en descubrirlo solo una semana. El truco ha sido en esta ocasión tan soez que el engaño se ha hecho visible muy rápidamente. No ha resistido el peso de la realidad.