El PSOE está dejando de existir para convertirse en una organización ancilar del Partido de los Socialistas de Catalunya (PSC) que, a su vez, ha entrado en simbiosis de interés con el separatismo de ERC, Junts y la CUP
Banderas esteladas en una manifestación. (EP/Lorena Sopena)
"En la Europa del siglo XXI, no debería ser tan difícil compatibilizar la diversidad regional (sic) con las identidades subnacionales y la unidad nacional. El problema es que, cuando la identidad nacional y el nacionalismo se convierten en los aspectos protagonistas de un sistema político, cuesta mucho darle la vuelta a la situación. Si la actual tendencia continúa, España se arriesga a sufrir una desintegración progresiva por falta de aglutinante. Va siendo hora de que se valore el todo además (y no en vez de) las partes". Este párrafo es textual del relato de Michael Reid titulado ‘España’, (páginas 373) un ensayo a la altura de los mejores publicados en los últimos años por un hispanista británico.
Con concisión, Reid describe el momento de nuestro país. Toda la política gubernamental está volcada en satisfacer los objetivos de los secesionistas catalanes y de sus clases dirigentes. Toda la actividad legislativa está condicionada por el cálculo táctico de los partidos separatistas de Cataluña. Los asuntos más cruciales ante los Tribunales se refieren a la aplicación de la Ley Orgánica de la Amnistía que trata de revertir las consecuencias penales del golpe sedicioso de 2017. Cataluña, y más concretamente, las demandas abusivas de sus estamentos políticos, empresariales y sociales están sofocando el ambiente del conjunto del país, instalando en su sistema institucional el protagonismo de la ‘cuestión catalana’ con tanta imposición como progresiva es la falta de un aglutinante que sobreponga el todo nacional a las partes de su territorio.
El PSOE está dejando de existir para convertirse en una organización ancilar del Partido de los Socialistas de Catalunya (PSC) que, a su vez, ha entrado en simbiosis de interés con el separatismo de ERC, Junts y la CUP. De los dos primeros partidos depende la estabilidad precaria del Gobierno de España y de la Generalitat. Salvador Illa y Pedro Sánchez están en manos de los golpistas de octubre de 2017. Son los que mandan. Por eso se ha firmado un no tan inocuo acuerdo para la financiación singular de la comunidad (lo que era un pacto entre partidos se ha convertido en un acuerdo de Estado, sea más o menos inconcreto y verosímil); por eso el Gobierno se aviene a hacer el ridículo una vez más en Bruselas en el séptimo intento de que sea reconocido el catalán oficial en la Unión Europea; por eso, desde allí, reprochan a la Moncloa obstruir la OPA del BBVA sobre el Sabadell; por eso, la ley de amnistía es vapuleada en la vista oral ante el Tribunal Europeo de Justicia por los servicios jurídicos de la Comisión y por eso, en definitiva, el calendario legislativo (reducción de la jornada laboral, acceso a la judicatura y la fiscalía) está prácticamente paralizado.
El hartazgo de esa dirigencia catalana quejicosa, autorreferencial, victimista y reactiva al reconocimiento de sus propias frustraciones e insuficiencias, es ya general. Casi insoportable. Desde que, en 1640, estando en guerra España con Francia, el canónigo Pau Claris proclamase una fugaz república catalana que se entregó al protectorado francés de Luis XIII y que retornó a España perdiendo el territorio catalán al norte de los Pirineos, la cuestión catalana no ha dado tregua al sosiego nacional. Con el cantonalismo de la I República no faltó un Baldomero Lostau que, en 1873, declarase el Estat catalá. Tampoco se privaron los secesionistas de serlo en la II Republica con la rebelión de octubre de 1934, ni con el Estado Constitucional y de Derecho de 1978 en el mismo mes de 2017. Lean, si tienen interés en ese desquiciado devenir histórico de Cataluña, el prólogo del fallecido economista Francesc Granell al interesante libro de Ferran Brunet titulado Economía del separatismo catalán, publicado en 2022.
Las clases ‘patrióticas’ y burguesas de Cataluña, infiltradas en todos los partidos, incluido, desde luego el PSC, cantera de colíderes del proceso soberanista, se están cargando al PSOE por la postración a la que le somete Sánchez atendiendo muchas de sus arbitrarias demandas, pero han de ser conscientes de que su prepotencia genera movimientos de antipatía, aversión y ajenidad en muy amplios sectores de la sociedad española. La emergencia de la ultraderecha catalana, a la que se puede perfectamente adscribir a Junts, representada por la Aliança Catalana de Silvia Orriols, es mucho más que un síntoma. Es el regreso de esa apreciación de Prat de la Riba según la cual la "raza catalana" era "europea", mientras que la española era "africana" o "bereber" (cita recogida por Michael Reid, que, a su vez, la toma deDioses útiles: Naciones y nacionalismo, página 227, de José Álvarez Junco). Ese supremacismo que es una metamorfosis de complejos hondamente arraigados en Cataluña lleva camino de frustrar aquello que su propia sociedad lideró: la transición y la Constitución de 1978 que, después de una amnistía, la legalización de todos los partidos políticos y el reconocimiento de la Generalitat republicana en la persona de Josep Tarradellas, estableció las bases de una convivencia que está saltando por los aires.
Un presidente postrado, un ministro de Exteriores haciendo el ridículo en Bruselas, otra de Hacienda esquivando la realidad de sus propios actos y una legión de cargos que se tragan sin pestañear los desafíos rencorosos e insultantes de Miriam Nogueras y de Gabriel Rufián nos abocan a interiorizar resignadamente que la cuestión catalana, como arguyó Ortega y Gasset en 1932, es ontológicamente irresoluble. Luego, ya tarde, Azaña convino con su oponente en La velada en Benicarló. La izquierda siempre se retrasa en el arrepentimiento de su complicidad con los nacionalismos que se explica más por necesidad que por afinidad, aunque también por ella. Se comprueba ahora que la Cataluña enfermaque describiese Agustí Calvet (Gaziel) el 26 de octubre de 1934 en La Vanguardia sigue en esa morbilidad histórica que contagia al proyecto español en cada uno de sus ciclos más esperanzadores.
"En la Europa del siglo XXI, no debería ser tan difícil compatibilizar la diversidad regional (sic) con las identidades subnacionales y la unidad nacional. El problema es que, cuando la identidad nacional y el nacionalismo se convierten en los aspectos protagonistas de un sistema político, cuesta mucho darle la vuelta a la situación. Si la actual tendencia continúa, España se arriesga a sufrir una desintegración progresiva por falta de aglutinante. Va siendo hora de que se valore el todo además (y no en vez de) las partes". Este párrafo es textual del relato de Michael Reid titulado ‘España’, (páginas 373) un ensayo a la altura de los mejores publicados en los últimos años por un hispanista británico.