José LuisÁbalos compareció en el Supremo por el caso de las mascarillasy encontró en el comodín del subsecretario el recurso providencial del diccionario político español. Lo pronunció -subsecretario- como quien acciona una trampilla bajo sus propios zapatos para así habilitar el sacrificio del subalterno. Arriba quedaba el ministro, en la zona noble del mando. Abajo aguardaba el expediente, la firma, el cargo abstracto que convierte una decisión en trámite y una sospecha en procedimiento. El subsecretario es una deidad menor de la burocracia, un eufemismo profiláctico que desempeña abnegadas misiones disuasorias.
Ábalos aludió al sustantivo "subsecretario" con la unción de quien invoca un pararrayos. El subsecretario acordona esa estancia intermedia tapizada de moqueta y silencio donde la voluntad volcánica del político se enfría hasta convertirse en la temperatura gélida del expediente. Es el muro de carga del cinismo. Al subsecretario se le confina en el subsuelo del organigrama, allí donde las decisiones se tiñen de tinta y la responsabilidad se diluye en un océano de firmas delegadas.
Delatado el subsecretario como fuente y argumento de responsabilidad, Ábalos se exonera a sí mismo y protege la inviolabilidad de Sánchez. Es verdad que el presidente ha salido indemne del caso mascarillas en términos penales, pero la omertà de sus lacayos y el señalamiento del subsecretario a título sacrificial redundan en un ejercicio de credulidad que el líder del PSOE va a pagar en las urnas. Empezando por los comicios andaluces. Y por el desgaste de una legislatura que agoniza en las cloacas.
Habría que levantar un monumento al subsecretario desconocido, en papel timbrado y de geometría variable. Una escultura de contratos de emergencia levantada con el hormigón de la urgencia pandémica. Pertenece el subsecretario más a la ingeniería del sumidero que a la biografía humana. Su función es estética y moral en cuanto permite que la mancha se detenga en su despacho para que el perfume del ministro permanezca inalterado. Es el transustanciador que convierte el "hágase" del caudillo en el "cúmplase" del funcionario.
Las mascarillas, que entraron en nuestra vida como objetos de culto y salvación, han terminado degradadas a la prosa barata del juzgado de guardia. La arquitectura del poder trata de reordenar el escándalo con la obscenidad geométrica de la abstracción subsecretarial. La voluntad política de Ábalos se ha vuelto gaseosa, casi espiritual, mientras que la firma del subordinado ha adquirido la densidad del plomo. Es el descenso a los infiernos por la escalera de servicio. La culpa fue del cha-cha-cha, canturrea el exministro para sustraer al escándalo cualquier atisbo de implicación monclovense.
La literatura ya nos había advertido de este bestiario del sacrificio. El subsecretario de Ábalos es el Billy Budd de una fragata que naufraga en la calle Zurbano. Es el Smerdyakov que interpreta los deseos inconfesables del amo para que este pueda conservar la blancura de sus puños. O mejor aún, es el Boxer de Orwell, ese animal de tiro que se entrega a la causa hasta que el poder decide enviarlo al matadero para convertirlo en cola de pegar. Kafka pone el resto: los pasillos infinitos, los sellos que no terminan de estamparse y una culpa errante que busca un cuerpo donde alojarse para no incomodar al titular del BOE.
El ministro se queda con la liturgia del mando y el subsecretario se queda con la causa penal
Ya ocurrió con la Kitchen hace unos días. La derecha, tan dada a la tradición, también utilizó el subsuelo del Ministerio del Interior para alojar el hedor de sus cloacas. Rajoy y Fernández Díaz señalaron hacia abajo para desquitarse de toda responsabilidad. Cambian las siglas, cambia el sastre, pero la fontanería del chivo expiatorio identifica una constante celtibérica. La responsabilidad en España siempre es descendente; fluye hacia abajo por una ley de gravedad moral que impide que el barro alcance nunca la cabeza.
Ábalos ha llevado este mecanismo voluntarista al Supremo con una serenidad que roza la doctrina teológica. En su relato fantasioso, él mismo era un espectador atónito de su propio ministerio, un pastor ajeno a la arbitrariedad del rebaño. La ignorancia es hoy su gran activo patrimonial: saber compromete, desconocer protege. El ministro se queda con la liturgia del mando y el subsecretario se queda con la causa penal.
Es una maniobra de una higiene impecable. El poder se desdobla: arriba, el poder ceremonial, el que se abraza a la épica; abajo, el poder documental, el que firma y se inmola. Ábalos ha practicado una gimnasia cervical envidiable. Ha inclinado el cuello para salvar la cabeza y exonerar a Sánchez. Y en ese gesto de sumisión fingida, ha señalado al subsecretario como el santo patrón de todas sus ausencias. Es la victoria de la sombra sobre el cuerpo. El triunfo del expediente sobre la decencia. Y el uso desesperado de un recurso que va a resultarle, esta vez, perfectamente inútil.
José LuisÁbalos compareció en el Supremo por el caso de las mascarillasy encontró en el comodín del subsecretario el recurso providencial del diccionario político español. Lo pronunció -subsecretario- como quien acciona una trampilla bajo sus propios zapatos para así habilitar el sacrificio del subalterno. Arriba quedaba el ministro, en la zona noble del mando. Abajo aguardaba el expediente, la firma, el cargo abstracto que convierte una decisión en trámite y una sospecha en procedimiento. El subsecretario es una deidad menor de la burocracia, un eufemismo profiláctico que desempeña abnegadas misiones disuasorias.