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El PP y el PSOE... ¿la misma mierda son?
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Rubén Amón

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El PP y el PSOE... ¿la misma mierda son?

Los tribunales velan por la credibilidad del sistema mientras la amalgama de casos judiciales degradan la reputación del bipartidismo bajo el peligro populista del "todos son iguales"

Foto: Concentración contra la corrupción en España. (Europa Press/Jesús Hellín)
Concentración contra la corrupción en España. (Europa Press/Jesús Hellín)
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"PP y PSOE, la misma mierda son". El exabrupto que hizo fortuna en la revancha del 15-M se ha depurado. No exterioriza el grito de un indignado en una plaza, sino la conclusión inevitable de un sistema que ha convertido la alternancia en una transmisión de patologías. La coincidencia procesal de la Kitchen y el caso Koldo ofrece una coreografía de la infamia que avergüenza por su precisión. Diez años en diferido separan la cloaca del marianismo de la metástasis del sanchismo, pero el ADN del escándalo permanece inalterado: la utilización de las costuras del Estado como una prolongación del despacho de partido y de las servidumbres particulares.

La actualidad judicial opera un espejo enfrentado. El PP se desangra por las andanzas de un Ministerio del Interior que operó como una agencia de fontanería para blindar a Mariano Rajoy, al tiempo que el PSOE se ahoga en la codicia de una trama que convirtió la tragedia sanitaria en una oportunidad de negocio. No hay matices que valgan en la náusea. La Kitchen fue una conspiración para el encubrimiento; las mascarillas, una red de latrocinio en plena morgue nacional. Diferentes móviles, idéntica desfachatez en el manoseo de la cosa pública.

José Luis Ábalos se encarama a la cima de este cinismo institucional. El hombre que abanderó la moción de censura bajo el estandarte de la higiene moral ha degenerado como el anfitrión de una intendencia siniestra. Su discurso, inflamado de una superioridad ética que hoy resuena a sarcasmo, servía de pantalla para una estructura de comisionismo, abuso de poder y enchufismo que anidó en las entrañas de su ministerio. Es la estética de la traición, el regenerador oficiando de centurión para una banda que aprovechó el confinamiento —un estado de excepción emocional y de asepsia normativa— para saquear el erario y aliviar sus pulsiones.

La responsabilidad de Pedro Sánchez connota el gran tabú que la propaganda intenta conjurar. Resulta inverosímil que el estratega del control absoluto, el gobernante que no permite una disonancia en su gabinete, desconociera los movimientos de su escudero más fiel. La ignorancia del César es un cuento de hadas para incautos. Del mismo modo que la ajenidad de Rajoy respecto a las cloacas de su ministro del Interior revela una ficción jurídica insostenible, la ceguera de Sánchez ante el enriquecimiento de su entorno implica una burla a la inteligencia. El "yo no sabía nada" es la cláusula de rescisión ética que ambos presidentes ejecutan cuando el fango les alcanza a las rodillas.

Foto: corrupcion-gobierno-ministros-trama-1hms Opinión
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El intercambio de reproches entre Génova y Ferraz ofrece un espectáculo de una vulgaridad insoportable. Se lanzan los sumarios a la cabeza con las manos manchadas de la misma tinta. Los socialistas agitan el espionaje parapolicial de ayer para anestesiar la mordida de hoy; los populares celebran el desmoronamiento de un Gobierno que nació con la arrogancia de los hombres puros. Y este concurso de ventiladores chinos degrada la reputación de la política hasta niveles subterráneos, enviando un mensaje obsceno a una opinión pública que asiste a la demolición de la credibilidad institucional.

La Justicia, con su parsimonia de glaciación y sus recursos precarios, resiste como la única referencia que mantiene en pie el tinglado. Son los jueces quienes, con sus tiempos y sus limitaciones, evitan el colapso total del sistema. La Audiencia Nacional ha rechazado nuevas maniobras dilatorias en Kitchen precisamente para evitar que el tiempo convierta la impunidad en costumbre procesal. Y el Supremo celebra el juicio de las mascarillas en pleno temblor político, recordando que el calendario judicial no siempre coincide con el electoral, aunque a veces lo desenmascara. Los tribunales no restauran por sí solos la confianza pública, pero al menos evitan que el cinismo la remate. La desconfianza que genera el "todos son iguales" identifica el veneno más eficaz contra la democracia, un combustible que tanto estimula la proyección de Vox como desalienta los deberes éticos de los ciudadanos a cuenta de la crisis de representación de la alta (y baja) política.

La Justicia, con su parsimonia de glaciación y sus recursos precarios, resiste como la única referencia que mantiene en pie el tinglado

Alberto Núñez Feijóo habita hoy un escenario minado por los fantasmas del marianismo. Cuando el PP creía haber saldado su deuda política, la Kitchen regresa para recordarle que los pecados del pasado tienen pendiente expiarse. El problema del actual líder de la oposición no es solo la herencia recibida, sino la constatación de que el sanchismo ha perfeccionado esa confusión patológica entre Estado y Gobierno. La colusión de intereses que convierte las instituciones en herramientas de supervivencia partidista expone los síntomas de un rasgo compartido.

La rima abrupta que surgió de la Puerta del Sol no es tanto un desahogo como una descripción técnica. Si el resumen de la vida pública española se reduce a elegir entre el espionaje de Estado y el comisionismo de hospital, el sistema no está enfermo, está podrido. La Kitchen y las mascarillas denotan las dos caras de una moneda que ya no compra la confianza de nadie. El bipartidismo del lodo no ofrece soluciones, solo una rotación en la ignominia que avergüenza el instinto con que el PP y el PSOE se pelean a garrotazos.

"PP y PSOE, la misma mierda son". El exabrupto que hizo fortuna en la revancha del 15-M se ha depurado. No exterioriza el grito de un indignado en una plaza, sino la conclusión inevitable de un sistema que ha convertido la alternancia en una transmisión de patologías. La coincidencia procesal de la Kitchen y el caso Koldo ofrece una coreografía de la infamia que avergüenza por su precisión. Diez años en diferido separan la cloaca del marianismo de la metástasis del sanchismo, pero el ADN del escándalo permanece inalterado: la utilización de las costuras del Estado como una prolongación del despacho de partido y de las servidumbres particulares.

Partido Popular (PP) PSOE Caso Koldo García
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