La oportunidad de la prohibición se malogra por la poca credibilidad de Vox, por la traición de la izquierda a la causa feminista y porque las Cámaras no representan las inquietudes de los ciudadanos
Dos mujeres con burka en Afganistán. (EFE/Archivo/Qudratullah Razwan)
La iniciativa de Vox que aspiraba a prohibir el burka y el niqab en España ha fracasado con un entusiasmo que refleja el marasmo y la endogamia del maltrecho espacio legislativo. Bastaba la firma de Abascal para activar el cordón sanitario y generalizar los anticuerpos. Se diría que el Parlamento debatía la idoneidad del autor, no el contenido de las materias, quizá porque Vox carece de autoridad moral cuando se erige en campeón del laicismo. Un partido que invoca a la Virgen del Pilar en campaña aragonesa y que cultiva una épica nacional-católicadifícilmente puede pontificar sobre neutralidad religiosa. Y mucho menos sobre emancipación femenina cuando ha convertido el antifeminismo en seña explícita de identidad.
El problema es que la insolvencia del partido ponente y del líder justiciero no disuelve las incomodidades de las preguntas. ¿De verdad creen Yolanda Díaz y el PSOE que prohibir el burka es inconstitucional porque vulnera la libertad religiosa? ¿Qué tiene de libertad -y hasta de noción religiosa- encerrar a una mujer en un sayo que la encarcela y que la degrada hasta humillarla?
Frecuente o infrecuente, el debate del burka no es un matiz. Es una negación. No hablamos de un crucifijo discreto ni de una medalla al cuello. Hablamos de un embozado integral que borra el cuerpo y aniquila el rostro. Y el rostro no constituye un accesorio cultural. Es la condición mínima de la reciprocidad civil. Nos reconocemos porque nos vemos. Dialogamos porque nos miramos. La ocultación total de la imagen a expensas de la pecaminosidad femenina no caracteriza el ejercicio de una libertad; más bien consagra una asimetría.
Se dirá y se dice que es una elección personal. La libertad, sin embargo, no consiste en santificar cualquier elección propia o ajena como si surgiera en el vacío. La ley nos protege incluso de prácticas que asumimos como naturales cuando lesionan la dignidad. Nadie admitiría la mutilación genital femenina amparándose en la tradición o en la fe. ¿También eso sería libertad religiosa? ¿Dónde empieza el límite? ¿En la sangre? ¿En la invisibilidad?
El Estado laico se desliza hacia una paradoja inquietante: validar, desde la neutralidad jurídica o desde la pasividad política,preceptos confesionales que afectan de manera desigual a las niñas y a las mujeres. No hay un versículo inequívoco que determine el perímetro exacto del recato. Y aun así, el poder civil termina actuando como garante indirecto de una interpretación religiosa.
El fantasma reaparece. No es el islam en abstracto. Es la posibilidad de que confundamos tolerancia con indiferencia. De que el miedo a parecer intolerantes nos lleve a abdicar de principios que creíamos consolidados. La libertad no solo radica en creer. Implica también rechazar que el cuerpo femenino deba ocultarse para preservar el honor masculino. Refutar que la identidad pública de una mujer dependa de una tela que simboliza su subordinación.
¿Está el Parlamento en contra de la prohibición del burka por convicción constitucional o por alergia al proponente? La respuesta importa. Porque si la negativa se inspira exclusivamente en la firma de Vox, el debate queda en entredicho y la responsabilidad también. El burka no es solo una prenda. Es una frontera entre la fe y la ley, entre la elección y la coacción.
Tiene sentido convocar el "sectarismo de autor". Si la propuesta proviniera de una izquierda ilustrada у republicana -al estilo francés- estaríamos hablando de feminismo y de la protección de la mujer frente a la opresión patriarcal. Pero como viene de la derecha radical, el debate se transmuta automáticamente en una defensa preventiva de las minorías. Se prefiere dejar a la mujer invisible en su sudario antes que darle una victoria parlamentaria al enemigo.
Y el enemigo es Vox, entre otras razones porque el partido radical de Abascal también representa una amenaza a nuestro modelo de convivencia con sus rasgos identitarios y aromas confesionales. Santi Matamoros representa el folclore de los cruzados y enfatiza campañas de reconquista -de Covadonga a Granada- que abastecen el discurso de la islamofobia, pero una sociedad democrática y tolerante no puede tolerar que transiten mujeres encarceladas.
La iniciativa de Vox que aspiraba a prohibir el burka y el niqab en España ha fracasado con un entusiasmo que refleja el marasmo y la endogamia del maltrecho espacio legislativo. Bastaba la firma de Abascal para activar el cordón sanitario y generalizar los anticuerpos. Se diría que el Parlamento debatía la idoneidad del autor, no el contenido de las materias, quizá porque Vox carece de autoridad moral cuando se erige en campeón del laicismo. Un partido que invoca a la Virgen del Pilar en campaña aragonesa y que cultiva una épica nacional-católicadifícilmente puede pontificar sobre neutralidad religiosa. Y mucho menos sobre emancipación femenina cuando ha convertido el antifeminismo en seña explícita de identidad.