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El PP le regala el escenario y la gloria a Vox
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Rubén Amón

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El PP le regala el escenario y la gloria a Vox

La negligencia de los populares en la campaña y en la estrategia frustran la iniciativa del adelanto electoral, aunque el gran flujo del voto "ultra" sigue siendo el antisanchismo

Foto: Santiago Abascal, en el mitin de cierre de campaña en Zaragoza. (EFE/Toni Galán)
Santiago Abascal, en el mitin de cierre de campaña en Zaragoza. (EFE/Toni Galán)
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Santiago Abascal se había encomendado a la Virgen del Pilar para salvar a España en la cita del 8-F. No es una broma. Lo hizo en el mitin de clausura del pasado viernes a las puertas de la catedral aragonesa. Y se valió del megáfono que tiene alojado en las entrañas, pero no ha sido necesaria la intermediación mariana porque Vox duplica sus resultados gracias a la energía renovable del antisanchismo y a la negligencia suicida del PP.

La idea de adelantar las elecciones obedecía a retratar el descoyuntamiento de los socialistas. El problema es que el fracaso vicario de Sánchez en la piel de Alegría se resiente de la insolencia de la ultraderecha. Jorge Azcón aspiraba a reforzarse y no ha hecho otra cosa que debilitarse. Es de suponer que Vox le pondrá condiciones más severas en los ceremoniales de investidura y en las eventuales tareas de gobierno. Y urge asumir que Abascal va camino de convertirse en la sombra más espesa de Núñez Feijóo.

No sabe cómo metabolizar el PP sus relaciones con la cuadrilla ultraderechista. Lo demuestran de manera flagrante la catastrófica campaña electoral y la decisión de incorporar al periodista Vito Quiles como estrella estrafalaria de la jornada de clausura.

Se pretendía perforar la moral en los cuarteles de Vox y significar la adhesión del influencer como rostro juvenil de los populares. No ha funcionado el esperpento. Y han vuelto a demostrarse las dificultades de Feijóo para sujetar la credibilidad de un proyecto moderado. El PP no sabe cómo tratar a Santi Matamoros Abascal. Agredirlo resulta tan contraproducente como abanicarlo.

Y es verdad que el patrón de Vox no acostumbra a trabajar ni a emplearse, pero su implicación kilométrica en el Aragón rural ha predispuesto un escenario conveniente a los dogmas de la ultraderecha: Europa es la enemiga de los agricultores, los inmigrantes amenazan nuestra civilización, el PP representa la vieja política, la esclerosis del bipartidismo, y los privilegios de la frontera catalana representan el espejo de una España desigual y de un sistema autonómico fallido. Por eso tiene sentido preguntarse si los datos tan satisfactorios de participación de los comicios aragoneses guardan relación con la movilización de los jóvenes. Y si el vector antisanchista opera con una pujanza que trasciende las cuestiones ideológicas, generacionales y hasta de género.

Alegría era el pararrayos que concentraba en sí misma una doble condición: ministra y portavoz, pero sobre todo encarnación orgánica del sanchismo. No comparecía como líder regional, sino como delegada simbólica del poder central. Eso la convertía en anticandidata antes que en aspirante. No sumaba apoyos: recogía la animadversión con una disciplina que rozaba el martirio.

El PP confiaba en que el adelanto electoral funcionara como un atajo estratégico, pero ha terminado convirtiéndose en un boomerang. No ha retratado la fragilidad del adversario, sino la suya. Y en ese vacío de autoridad, Vox ha encontrado el escenario perfecto para exhibirse como depositario del malestar y como intérprete más vehemente del antisanchismo. Lo paradójico es que los populares han contribuido a esa escenografía con una torpeza que desmiente cualquier pretensión de centralidad. Han regalado el foco, han cedido el relato y han permitido que la ultraderecha capitalice la energía emocional que ellos mismos invocaron. El resultado no solo cuestiona la estrategia del adelanto, sino la brújula del propio PP. Porque mientras Feijóo sigue atrapado entre la tentación de distanciarse y el miedo a contrariar a su socio imprescindible, Abascal avanza sin complejos, sin matices y sin la menor intención de devolver el protagonismo prestado.

Santiago Abascal se había encomendado a la Virgen del Pilar para salvar a España en la cita del 8-F. No es una broma. Lo hizo en el mitin de clausura del pasado viernes a las puertas de la catedral aragonesa. Y se valió del megáfono que tiene alojado en las entrañas, pero no ha sido necesaria la intermediación mariana porque Vox duplica sus resultados gracias a la energía renovable del antisanchismo y a la negligencia suicida del PP.

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