Puestos a odiar, los españoles también odiamos 'El odio'
La cancelación de la obra de Luisgé Martín es un ejercicio de oscurantismo y de hipocresía que retrata la regresión de una sociedad inmadura y justiciera
Imagen de archivo de Luisgé Martín. (EFE/Andreu Dalmau)
El libro “incendiario” de Luisgé Martín aloja título premonitorio y una clave de acceso a la España inquisitorial. Llevamos dentro un Torquemada los españoles, en efecto, y generalizamos los recelos a las expresiones iconoclastas. Nos molesta la heterogenia. Y somos propensos a odiar.
Y odiamos con razón a Bretón como odiamos sin razón a Luisgé. Lo hemos crucificado como si fuera el vocero del filicida. Y puestos a odiar, odiamos a la editorial Anagrama por haber “perpetrado” el memorial. Y odiamos la libertad de expresión. Y odiamos a los libreros que están dispuestos a colocar el libro prohibido en los anaqueles. Y aplaudimos a quienes lo han proscrito, como si un librero estuviera obligado a identificarse con todas las publicaciones que coloca en el escaparate, incluidos los libelos de la cienciología, los manuales de autoayuda y las doctrinas terraplanistas.
Cuanto más se somete El odio al odio más me interesa leerlo. Puede que consiga funcionar en el mercado clandestino. Que se reparta en fotocopias. Que se encuentre en Buenos Aires. O que nos lo terminemos aprendiendo y recitando, como sucede en la escena final de Farenheit 451. Es la temperatura a la que arden los libros, nos recordaba Ray Bradbury, la incandescencia de una sociedad mojigata e hipócrita que purga la sensibilidad hacia una madre destruida con el sacrificio de las libertades.
Los grandes medios informativos llevan tres lustros hiriendo la memoria de Ruth, exponiendo los detalles de la masacre, convocando los espectros de la hoguera, pero han organizado una coreografía catártica que se ceba con un libro, una editorial y un autor, hasta el extremo de confundirlos en una pira justiciera. Llega a decirse que Luisgé escribió los discursos de Sánchez como argumento condenatorio irremediable. Y puede que se le termine llamando maricón. Las redes han urdido un complot contra Anagrama, como si fuéramos una sociedad ilustrada que conoce al dedillo el repertorio de Carrère, Bukowski o Martin Amis, por citar tres autores radicales de la casa.
El hábito de dejar de leer solo es posible después de haber leído antes. Y nadie se ha leído ni El odio, ni El adversario ni la Expiación de McEwan, de tal manera que las hordas oscurantistas y sensacionalistas están manipulando el duelo de Ruth para sacudir las libertades. Y no es que pueda escribirse cualquier cosa, pero los cauces de una sociedad abierta competen al código civil y al código penal. En esas coordenadas se dirimen la difamación, la injuria, el delito de odio. Resulta atroz que una Fiscalía pretenda condenar un libro preventivamente. Y que la coral de las voces buenistas reproche a Luisgé Martín el error de haber “ocultado” su propósito literario a la madre de las criaturas, como si hablar en prisión con el hijueputa de Bretón implicara ponerse a su lado.
La repercusión del escándalo sobrepasa los peligros del libro, si es que los tuviera. Y la propaganda purista que se arroga estos días la prensa vil se resiente del oportunismo con que se instrumentalizan los debates, no digamos cuando la disquisición atañe al género escogido. ¿Ficción? ¿Realidad? ¿Crónica? Importa poco la categoría. Importa mucho más que la editorial haya suspendido “sine die” la distribución de El odio. “Sine die” quiere decir que la obra de Luisgé ha adquirido la gloria de un libro prohibido.
Y que el purgatorio indecoroso donde ahora se aloja no expone la capacidad provocadora del texto, sino el histerismo de una sociedad que se identifica en el oscurantismo, la censura y la demagogia. Quienes reivindicamos la publicación del libro no somos cómplices de Bretón, ni avalamos tampoco la literatura de Luisgé Martín. Por idénticas razones, quienes amparan la hoguera de “El odio” tampoco tienen el derecho de asumir el dolor vicario de Ruth. Difícilmente puede sufragarse la monstruosidad de Bretón aplastando la libertad de expresión.
Ha preferido la editorial ceder a la presión, autocensurarse, precaverse de las represalias que responder por la dignidad de un escritor
Podrían haberse hecho las cosas mejor. No ya por el conflicto entre la Fiscalía de menores y el juez, sino por la nefasta política de comunicación de Anagrama y por las explicaciones innecesarias del autor, aunque ha sido Luisgé Martín la gran víctima de la purga. La decisión de suspender la aparición de El odio implica el sacrificio del autor. Ha preferido la editorial ceder a la presión, autocensurarse, precaverse de las represalias que responder por la dignidad de un escritor y dar la cara por las libertades.
Es así como El odio pasa a la historia y a la Historia. Parecía que el péndulo de la cancelación había aliviado su ferocidad y sus quebrantos, pero el martirio consensuado de Luisgé Martín demuestra que somos una ciudad de mierda. Empezando por quienes nunca han leído un libro y nunca van a leerlo. Por eso les cuesta tan poco lanzar El odio al vacío.
El libro “incendiario” de Luisgé Martín aloja título premonitorio y una clave de acceso a la España inquisitorial. Llevamos dentro un Torquemada los españoles, en efecto, y generalizamos los recelos a las expresiones iconoclastas. Nos molesta la heterogenia. Y somos propensos a odiar.