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Tiempos nuevos, tiempos de ostpolitik
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Carlos Sánchez

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Tiempos nuevos, tiempos de ostpolitik

La OTAN, al fin y al cabo, nació como una organización militar defensiva, no como un instrumento pensado para la guerra. Pero tampoco como una feria de venta de armamento. La vieja ospolitik es el punto de partida

Foto: Donald Trump en la cumbre de la OTAN. (EFE/Robin van Lonkhuijsen)
Donald Trump en la cumbre de la OTAN. (EFE/Robin van Lonkhuijsen)
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Tiene razones Donald Trump para estar contento. Se habla, incluso, de que ha tenido su mejor semana en política exterior desde que regresó a la Casa Blanca. Y no sólo porque el Tribunal Supremo ha allanado su política de órdenes ejecutivas, lo que le permitirá seguir gobernando ninguneando al Congreso. El resultado de la cumbre de la OTAN es un paso más en el progresivo desmantelamiento de un orden democrático liberal europeo basado en la racionalidad y en la existencia de normas predecibles en la toma de decisiones.

Es decir, políticas laicas ancladas en la razón y no en fundamentalismos ideológicos, oportunismo político por razones electorales o comportamientos caprichosos de un líder cuyo principal argumento es la fuerza: o aceptas el 5% o habrá represalias comerciales. Por cierto, el viejo instrumento para lograr la expansión territorial, tal como lo fue para EEUU durante el siglo XIX. En definitiva, un líder que actúa más como presidente de un consejo de administración, con sus propios negocios privados, que como jefe de Estado de la primera potencia del planeta.

La sumisión hacia Trump, que llegó a La Haya incluso reinterpretando a su favor el célebre artículo 5 de la OTAN, lejos de calmar las ansias imperialistas de la Casa Blanca refuerza su estrategia de confrontación al neutralizar la capacidad de reacción de la Unión Europea, que, de alguna manera, pone la cacareada autonomía estratégica en manos de los caprichos de Washington. De hecho, la imprevisibilidad de Trump es su principal arma de negociación en la medida que con sus continuos cambios de opinión logra bloquear al adversario.

De esta manera, ha logrado que no se aborde una de las cuestiones más preocupantes de Europa en términos de seguridad: la dependencia de las grandes tecnológicas de EEUU en los servicios de nube, que no sólo afectan al ámbito financiero, sino también a la industria militar. Muchos de los sistemas de armas avanzados dependen de proveedores estadounidenses, a quienes, paradójicamente, Europa quiere limitar su influencia a la luz de su propia legislación.

La imprevisibilidad es el principal arma de negociación de Trump, que con sus cambios de pareceres bloquea al adversario

Como han puesto de relieve muchos analistas, desarrollar una infraestructura tecnológica europea soberana es enormemente costoso y llevaría décadas, lo que ha obligado a los líderes europeos a practicar un ejercicio de realpolitik. O de puro cinismo, como se prefiera. Europa sabe que no podrá actuar contra la posición de dominio de mercado de las grandes tecnológicas porque tendría efectos sobre la seguridad en la región. Ucrania lo sabe mejor que nadie.

El trilema de Rodrik

Esto es así porque al igual que ocurre en el trilema de Rodrik, que se basa en un imposible: hacer compatible un alto nivel de globalización, las soberanías nacionales y la democracia (sólo son posibles dos de los tres enunciados), Europa sigue sin resolver su propio dilema: cómo ser autónomos estratégicamente y al mismo tiempo no confrontar con EEUU. La política de apaciguamiento de Trump, por el momento, ha sido la respuesta.

La nula influencia de Europa en los conflictos de Oriente Medio, donde la coalición Trump-Netanyahu está remodelando la región a espaldas de Bruselas, es un buen ejemplo de esa neutralización de la política exterior europea en aras de un presunto pragmatismo: comprar armas a EEUU a cambio de que no haya aranceles. Pero, sobre todo, refuerza la idea de una Europa que no tiene posición propia, más allá de los recurrentes tópicos que acostumbra Bruselas, sobre cómo acabar con la guerra entre Rusia y Ucrania, cuando el conflicto se produce, precisamente, en suelo europeo. Y lo que no es menos importante, cuando el origen del reame europeo está directamente relacionado con la invasión rusa.

Europa sigue sin resolver su propio dilema: cómo ser autónomos estratégicamente y al mismo tiempo no confrontar con EEUU

El seguidismo europeo, incluso, orilla la posibilidad de crear nuevos espacios de entendimiento con Rusia, a la manera de una nueva ostpolitik, como han propuesto algunos socialdemócratas alemanes en su reciente Congreso. Entre los firmantes del manifiesto está Peter Brandt, un historiador de 76 años, hijo de Willy Brant, el canciller que abrió las puertas a un nuevo escenario de relaciones con Rusia, cuyas fronteras, como es obvio, sobrevivirán al propio Putin.

El nuevo escenario, dice el manifiesto, “debe estar inserto en una estrategia de desescalada y de construcción gradual de la confianza, no en una nueva carrera armamentista”. El canciller Merz, en este sentido, tiene una oportunidad histórica para liderar, en el marco de la gran coalición, un nuevo tiempo político.

La política de adulación

Tiene, desde luego, muchas más razones que EEUU, aunque sólo sea por proximidad geográfica, para tejer un nuevo clima de acción diplomática con Moscú que para nada es incompatible con mantener una posición dura frente al país agresor en Ucrania. Lo que está en juego, ni más ni menos, es si la OTAN sigue siendo una organización con intereses compartidos o, por el contrario, es un mero instrumento de los intereses estratégicos de EEUU e Israel con la vista puesta en China. O lo que es lo mismo, la política de adulación personalizada por Rutte, frente a la política de cooperación entre estados soberanos.

El seguidismo europeo orilla la posibilidad de crear nuevos espacios de entendimiento con Rusia, a la manera de una nueva ostpolitik

Ucrania, sin embargo, ha estado marginada de la cumbre de la OTAN. La declaración oficial, de apenas cinco párrafos, ni siquiera mencionó nada sobre su adhesión a la alianza y EEUU, que en su día fue el mayor apoyo de Ucrania, no ha anunciado nuevos paquetes de ayuda militar para el país en casi cinco meses, desde que Trump asumió el cargo. El armamento que hoy utiliza Kiev viene de la época de Biden, lo que da a entender que Europa debería tener una posición propia para influir en los posibles acuerdos. La promesa de que Trump llevaría la paz a Ucrania en horas ha resultado, como no podía ser de otra manera, un bluff, y por eso ahora no quiere saber nada de lo que suceda en el frente salvo que Putin avanzará de una forma determinante hacia Kiev.

Europa, sin embargo, sigue sin tener posición propia en las negociaciones. Su dependencia de Washington –ahí está el vergonzante comportamiento del secretario general de la OTAN– refleja una especie de complejo de inferioridad que hace que de forma mecánica se pliegue ante lo que viene de EEUU. Obviamente, porque la fragmentación territorial impide a Europa aprovechar las economías de escala, en particular en la industria militar, pero también en el plano político, lo que posibilita la estrategia unilateral de Washington.

Como han resaltado algunos analistas, al marginar a la OTAN en la política exterior de EEUU, la arrogancia de Trump reduce a la alianza a un simple observador pasivo, socavando sus principios fundamentales y señalando un peligroso giro en la diplomacia global. Poniendo incluso en riesgo, en el caso del ataque a Irán, a sus propios aliados (Turquía) si hubiera habido una respuesta más contundente de Teherán. La OTAN, al fin y al cabo, nació como una organización militar defensiva, no como un instrumento pensado para la guerra. Pero tampoco como una feria de venta de armamento.

Tiene razones Donald Trump para estar contento. Se habla, incluso, de que ha tenido su mejor semana en política exterior desde que regresó a la Casa Blanca. Y no sólo porque el Tribunal Supremo ha allanado su política de órdenes ejecutivas, lo que le permitirá seguir gobernando ninguneando al Congreso. El resultado de la cumbre de la OTAN es un paso más en el progresivo desmantelamiento de un orden democrático liberal europeo basado en la racionalidad y en la existencia de normas predecibles en la toma de decisiones.

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