Existen datos suficientes para pensar que en la Policía ha estallado una rebelión por la represión padecida desde 2018, tras la llegada de un director general que ya trabajó para José Bono
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. (Europa Press/A. Pérez Meca)
La secuencia comienza a las 08:26 de la mañana del 8 de diciembre del año pasado, el último día de un fin de semana largo de puente entre dos festivos nacionales, el Día de la Constitución y el de la Inmaculada, inicio oficioso de las Navidades. A esa hora podemos imaginar a la mayoría de los españoles remoloneando entre sábanas, pero no al propietario de una vivienda del lujoso barrio de Salamanca de Madrid que, justo en ese instante, salía de su domicilio con una mochila que parecía contener algunos documentos. Se subió a su coche, un Mini Cooper de color verde botella, para dirigirse a un lugar recóndito, vetado para la inmensa mayoría de los ciudadanos, el monte del Pardo, al que llega a las 8:47 horas. Allí se encuentra con el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de toda su escolta, reforzada para ese día: al menos diez policías nacionales (en los actos rutinarios, suelen ser sólo tres personas).
Se saludan y a las 9:01 se adentran en un sendero en el que se les pierde el rastro porque sólo están ellos y, sobre todo, porque en ese lugar no hay cobertura telefónica. Un búnker aislado en plena naturaleza. Aun así, a los pocos días el diario El Debate publica varias fotos de ese encuentro y es entonces cuando surge la pregunta: ¿Quién ha hecho las fotos? "Evidentemente -responde un antiguo responsable de los servicios de información del Estado- las fotos están hechas por alguno de los miembros de la escolta del presidente Zapatero. En todo caso, para no señalar a nadie, la pregunta no es quién, sino por qué".
Ciertamente, en el contexto en el que nos encontramos, daría igual que las fotos las hubiera realizado ‘clandestinamente’ uno de los policías asignados ese día a la escolta ampliada del expresidente socialista, o que hubiera sido tomada por otros agentes de la Policía o de la Guardia Civil que siguen, desde hace años, las actividades de Zapatero, o incluso por algún agente del CNI. Lo relevante es que, en primer lugar, por el detalle preciso de horarios y por la propia calidad de las fotos, no están tomadas por ningún fotógrafo de prensa y mucho menos por un curioso o similar. De modo que la cuestión más relevante es la que apunta a la intención. Y es esa respuesta la que nos va a conectar directamente con los últimos escándalos que hemos conocido en la Policía y que han llevado al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a una de las crisis más importantes que ha tenido que sortear desde que llegó al cargo, el mismo día en el que Pedro Sánchez logró ganar la moción de censura contra Mariano Rajoy.
La longevidad de Marlaska en el Ministerio sólo es equiparable a la de Francisco Pardo Piqueras como director general de la Policía. Los dos casos son muy relevantes porque se trata de puestos que achicharran a quien los ostenta, por muchos motivos. Pero ahí se mantienen ambos, incluso ante un escándalo de agresión sexual contra un director adjunto operativo, conocido por sus siglas DAO, del que los dos anteriores podrían asumir la responsabilidad política de haberlo designado. No va a ocurrir porque, en ambos casos, tanto Grande-Marlaska como Pardo Piqueras, fueron designados para que cumplieran una tarea, no sólo para que se responsabilizaran de una gestión. La tarea de blindar al Gobierno de Pedro Sánchez de investigaciones policiales en las que pudiera verse comprometido.
¿Quién es Francisco Pardo Piqueras? La respuesta es inmediata: un hombre del PSOE y de José Bono. Socialista antes que policía. En el perfil biográfico que publicó el diario El Paístras su nombramiento, el propio Bono, para el que estuvo trabajando en Castilla-La Mancha cuando era presidente de la comunidad, lo definía como "muy trabajador y meticuloso, fiel al partido y alejado de confrontaciones internas". Si esas son las prioridades del director general de la Policía, es fácil entender que la inmensa mayoría de los agentes, que sí son policías vocacionales, que sí creen en su profesión y luchan cada día por su prestigio; es fácil entender que cada día del largo mandato del director general hayan estado acumulando motivos para la rebelión interna que se detecta.
La indignación, el malestar y el cabreo son sentimientos acumulativos, y bien lo sabemos por nuestras propias experiencias personales. Hasta que llega un día en el que salta por los aires y, a partir de ahí, todo es distinto, aflora precipitado e incontenible. Es como si se quitara el tapón de una bañera. Si atendemos a lo que se dice incluso fuera de la Policía, en el propio Poder Judicial, quien hacía de tapón en el Cuerpo era el director adjunto, ahora fuera del Cuerpo tras presentar su dimisión al conocerse la denuncia contra él por la presunta violación de una compañera policía. La importancia que tiene la foto aquella de diciembre, y el misterio que rodea al origen de la misma, es que todos los escándalos que hemos conocido se han producido después: la detención del amigo de Zapatero, el famoso Julito, la denuncia contra el director adjunto de la Policía, su dimisión y las acusaciones de acoso laboral que, de forma implícita, lo que revelan es este tiempo de obstrucción e impedimentos contra las investigaciones policiales y judiciales.
La foto del monte de El Pardo, la historia de esa foto, fue, en ese sentido, una señal, un mensaje encriptado para que todos los policías españoles, y sus representantes, entendieran que son tiempos de rebelión interna. Aquí en El Confidencial se vienen ofreciendo informaciones significativas de ese entramado, el caso Zapatero, como podríamos comenzar a llamarlo. A juzgar por lo que se va filtrando, sólo son destellos de lo que habrá de venir. Igual que ocurre con José Bono. Algo debería temerse, en este sentido, el amigo de Rodríguez Zapatero, Julio Martínez, para comenzar a borrar mensajes y dispositivos después de aquella cita del 8 de diciembre en la que el expresidente socialista pudo alertarlo de las investigaciones contra él. O no, porque Zapatero lo desmiente. Según su versión, aquella mañana se fueron a correr durante una hora por el monte y de allí, directamente, se dirigieron a una venta solitaria para comerse unos huevos con jamón para desayunar. Es decir, lo que hacen todos los atletas... Claro que sí.
La secuencia comienza a las 08:26 de la mañana del 8 de diciembre del año pasado, el último día de un fin de semana largo de puente entre dos festivos nacionales, el Día de la Constitución y el de la Inmaculada, inicio oficioso de las Navidades. A esa hora podemos imaginar a la mayoría de los españoles remoloneando entre sábanas, pero no al propietario de una vivienda del lujoso barrio de Salamanca de Madrid que, justo en ese instante, salía de su domicilio con una mochila que parecía contener algunos documentos. Se subió a su coche, un Mini Cooper de color verde botella, para dirigirse a un lugar recóndito, vetado para la inmensa mayoría de los ciudadanos, el monte del Pardo, al que llega a las 8:47 horas. Allí se encuentra con el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de toda su escolta, reforzada para ese día: al menos diez policías nacionales (en los actos rutinarios, suelen ser sólo tres personas).