Los currículos falsos y la formación de los políticos
En el modelo 'catch-all' adoptado tras el franquismo, centrado en la conquista del poder, la principal enseñanza de la mayoría que entra en política es la hábil combinación de fidelidades y traiciones
En esto hay unanimidad: si continúan las dimisiones por las mentiras curriculares, nos quedamos sin clase política en España en menos de un año. No sucederá porque, como suele ocurrir siempre, la actualidad, que es una veleta, cambiará en cuanto los vientos de una nueva polémica comiencen a soplar en otra dirección. Y como aquí en España tenemos vientos huracanados con frecuencia, lo normal será que, pasado el verano, la crisis de los currículos se haya olvidado. En todo caso, lo que hemos vivido, tres dimisiones en diez días de tres partidos políticos distintos y por el mismo motivo, no tiene precedente alguno. Tampoco es posible que en otra democracia haya ocurrido algo similar, lo que nos llevaría a pensar, en primer lugar, que la clase política española es más aficionada que la de otros países a mentir en cuanto llegan a un cargo público, o incluso a una lista electoral, y les piden que les entregue un pequeño resumen biográfico. En ese momento virginal, zas, la primera trola. El simple hecho de mentir sobre uno mismo ya tiene algo de patológico, porque podemos encontrar ahí destellos de megalomanía y de autoengaño, que es la peor de todas las mentiras, la más corrosiva para una persona. Y resulta que todo eso se da, precisamente, entre aquellos que se deciden a dedicar sus vidas al servicio público y a la ejemplaridad entre sus vecinos, al menos teóricamente. Entonces, ¿por qué existe esta tendencia a falsificar tu propia vida para aparentar lo que no eres?
Añadamos un elemento más: la sociedad española, como ya hemos visto otras veces, está especialmente adaptada al truco y al embuste; la picaresca lo envuelve todo con un celofán de listeza, de habilidad, de sagacidad. Como esto es algo compartido, forma parte del tejido social, estas trapacerías no suelen ir acompañadas de una exigencia social de asunción de responsabilidades. Tanto es así que, hasta ahora, los engaños en currículos o similares sólo eran noticia en España cuando pasaba en otro país, especialmente centroeuropeo, y provocaba la dimisión de un ministro. Entonces se destacaba esa ‘rara avis’, una excepcionalidad que jamás ocurriría aquí. Como la sociedad no ha cambiado, ni la clase política tampoco, descartemos que esto de las dimisiones de tres en tres signifique un cambio profundo en la sociología española.
No, en absoluto. Aquí, desde hace décadas, ha habido universidades, públicas y privadas, que se han especializado en regalar títulos a muchos dirigentes políticos, y fundaciones que han vivido de subvenciones públicas gracias a las buenas relaciones con diputados y presidentes autonómicos entre los que repartía pomposos másteres de nada para engalanar sus currículos. Esa realidad no va a cambiar, en todo caso, se intentará disimular y la engañifa se ejercerá con más recato. Pero nada más. No puede ser de otra forma porque la adulteración de los currículos es solo un síntoma, como la fiebre que anuncia una gripe. El vicio mayor, por así llamarlo, está en el modelo de partidos políticos que existe en España. Tras la dictadura franquista, lo que se hizo en España fue importar un modelo organizativo similar, homologable, al existente en las democracias europeas, en la que imperaban lo que un politólogo alemán, Otto Kirchheimer, definió como "catch-all party" (partidos ‘atrápalo todo’).
Hemos vivido 3 dimisiones en 10 días de 3 partidos políticos distintos y por el mismo motivo. No tiene precedente alguno
El sistema resultante en España fue el bipartidismo que hemos conocido, con la alternancia periódica de la izquierda socialista y la derecha popular a través de dos partidos políticos, PSOE y PP, en los que el debate principal, más que los debates ideológicos, ha sido la conquista del poder cuando se está en la oposición y la permanencia en el poder, cuando se ha logrado. En eso consiste el modelo ‘catch-all party’ del que participan también el resto de formaciones políticas, en mayor o menor medida y con la especificidad de sus propias vendettas. La parte positiva es que ese sistema de alternancia, sin grandes vuelcos ideológicos, ofrece estabilidad institucional, imprescindible para cualquier progreso. La parte negativa es que, cuando los partidos políticos se constituyen en maquinarias de poder, los integrantes también tienen que amoldarse a esa realidad, a esa necesidad. La principal enseñanza de la mayoría que entra en política es la hábil combinación de fidelidades y traiciones. Siempre que un político ambicioso sepa manejarse en esas tareas, tendrá un futuro prometedor. El único doctorado realmente imprescindible para ascender en política es el de supervivencia, más que ningún otro. Cualquiera que conozca mínimamente el interior de la política, sabrá, además, que no hay en el mundo una actividad más absorbente que la conspiración continua. Los políticos están las veinticuatro horas del día en esos menesteres para garantizar su cuota de poder dentro del partido que, a su vez, busca atrapar el poder. ¿Cómo van a tener tiempo para estudiar algo más? Ahí es cuando llegan los currículos falsificados o engordados.
Remarquemos lo anterior, que pese a los defectos de este modelo ‘catch-all party’, la garantía de estabilidad institucional es suficiente para el progreso y la consolidación de una democracias avanzada. Pero siempre se puede mejorar y, antes de seguir en esta desvergüenza generalizada, los propios partidos políticos son los que tendrían que exigirle a sus nuevas promesas algo más que el uso habilidoso de la navaja trapera y las traiciones florentinas. La política no es una actividad académica, ese oficio no se aprende en una facultad, porque el liderazgo, la empatía, y el servicio público trasciende de todo eso. Pero el conocimiento y la formación siempre enriquecerá a quien ejerza la política, como a cualquier persona. La cultura, en su sentido más amplio, es la que se consigue en la vida diaria, con sacrificios y mérito. No son títulos universitarios lo que debe exigírsele a quienes quieran dedicarse a la política, esa es una estúpidez de ‘titulitis’ que nada tiene que ver con el debate, pero sí que quien llegue a un cargo público haya tenido antes una vida propia, privada, de fontanero o de catedrático, que le haya concedido la virtud de la experiencia y el valor de la independencia.
Lo otro, lo que tenemos, sólo conduce a una degeneración exponencial de la que acabarán perjudicándose los propios partidos políticos de vocación mayoritaria que tanto necesitamos frente a populismos y cantamañanas autoritarios.
En esto hay unanimidad: si continúan las dimisiones por las mentiras curriculares, nos quedamos sin clase política en España en menos de un año. No sucederá porque, como suele ocurrir siempre, la actualidad, que es una veleta, cambiará en cuanto los vientos de una nueva polémica comiencen a soplar en otra dirección. Y como aquí en España tenemos vientos huracanados con frecuencia, lo normal será que, pasado el verano, la crisis de los currículos se haya olvidado. En todo caso, lo que hemos vivido, tres dimisiones en diez días de tres partidos políticos distintos y por el mismo motivo, no tiene precedente alguno. Tampoco es posible que en otra democracia haya ocurrido algo similar, lo que nos llevaría a pensar, en primer lugar, que la clase política española es más aficionada que la de otros países a mentir en cuanto llegan a un cargo público, o incluso a una lista electoral, y les piden que les entregue un pequeño resumen biográfico. En ese momento virginal, zas, la primera trola. El simple hecho de mentir sobre uno mismo ya tiene algo de patológico, porque podemos encontrar ahí destellos de megalomanía y de autoengaño, que es la peor de todas las mentiras, la más corrosiva para una persona. Y resulta que todo eso se da, precisamente, entre aquellos que se deciden a dedicar sus vidas al servicio público y a la ejemplaridad entre sus vecinos, al menos teóricamente. Entonces, ¿por qué existe esta tendencia a falsificar tu propia vida para aparentar lo que no eres?