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Óscar Puente, insoportable insolencia
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Óscar Puente, insoportable insolencia

A este señor se le ha olvidado que cobra como ministro, no como ‘cheerleader’ del sanchismo, bronquista profesional, que será muy efectivo para el PSOE pero no para quienes le pagan el sueldo

Foto: Óscar Puente, ministro de Transportes. (Europa Press)
Óscar Puente, ministro de Transportes. (Europa Press)
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El tren en España se ha convertido en un peligro social: en muchos viajes, llegas a la estación de destino con ganas de soplarle una hostia al primero que te encuentres. Síndrome ‘días de furia’, podría decirse, que es cuando se acumula el cabreo y los malos humores salen por las orejas, como en aquella película de Michael Douglas. Lo mejor es no tropezarse con nadie, ni que te rocen siquiera. Nadie que piense que es el momento de soltar una gracia inoportuna, un empujón maleducado o la contestación borde de un operario. Porque es la chispa que hace falta para estallar.

Reparé hace unos días en lo que nos está ocurriendo al bajar de un tren, en un día de inexplicables retrasos, parones en medio de la nada desierta, horas de incertidumbre y ninguna explicación. No es que suceda siempre, es evidente, porque la mayoría de los trayectos de Renfe se cumplen con normalidad, pero ya nadie puede estar seguro de que el día que tiene previsto viajar no se vaya a quedar tirado. Esa es la ruleta rusa en la que se ha convertido la conexión ferroviaria desde Madrid hacia Andalucía, quizá el trazado más accidentado.

Al decir esto, claro, ya se puede adivinar la reacción, al instante, ciudadanos de muchas otras partes de España levantarán el dedo para devolver la queja completa: ‘oiga, para protestar póngase a la cola, que en esa lista de cabreados vamos primero los que llevamos años de promesas sin cumplir, sin alta velocidad y con el desmantelamiento progresivo de otros trayectos regionales". Tienen razón, es así. Pero eso no quita que el Ave, cuando lo utilizas en la actualidad, puede cambiarte el carácter, inflarte de mala leche, porque has llegado a la estación, para coger un tren que sustituye al anterior que han anulado, y que, después de pasar una hora o dos esperando en la estación, el viaje se hace eterno porque, cada dos por tres, la locomotora se detiene en medio del campo, o se pone a circular a 45 kilómetros la hora por problemas diversos que nunca conocemos porque lo resumen todo en expresiones genéricas como "una incidencia operativa en la infraestructura ferroviaria", "la gestión del tráfico ferroviario" o "una avería en las instalaciones de Adif". La cuestión es que los trenes de alta velocidad atraviesan la llanura castellana como arrastrando la panza.

Esto último también debe ocurrir solo en España. Cuando se inauguró la primera vía de alta velocidad, entre Madrid y Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1992, el trayecto duraba dos horas y media. Ni un minuto más. A los viajeros los atendía en el asiento sonrientes azafatas con una bandeja de caramelos blandos de todos los sabores. Si el tren se demoraba, tenías asegurado la devolución íntegra del importe.

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En la actualidad, ese mismo trayecto se realiza en un tiempo mínimo de tres horas. Con seguridad no hay ni un solo servicio de alta velocidad el mundo que, al cabo de treinta años, no solo no haya mejorado su tecnología, sino que la haya empeorado. Tenemos un servicio de ‘alta velocidad menguante’, que no avanza, sino que retrasa, al que ahora se le han añadido los retrasos y las cancelaciones que hacen que los viajeros se carguen de malhumor, con ganas de salir del tren haciendo peinetas por todo el andén.

En algunas estaciones, además, han colocado unos anuncios de Renfe que, al leerlos, todavía logran irritar más. Son carteles enormes que cuelgan de las paredes para anunciar las obras que se están haciendo para solucionar los problemas. Dicen así: "Disculpen las mejoras", y luego, con un tipo de letra más pequeño: "estamos construyendo una de las mejores infraestructuras de Europa". ¿No capta usted el cinismo de esa expresión? Ese tonito perdonavidas… La sensación que se transmite al pasajero que se baja cabreado del AVE es la de ‘eres un ingrato, que te quejas por quejarte, y no aprecias el enorme esfuerzo de este Gobierno para mejorar vuestras tristes vidas". Es decir, exactamente el tono político que utiliza para contestar a los ciudadanos el que está a la cabeza de todo esto, Óscar Puente, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible. En varias ocasiones, cuando este ministro ha tenido que acudir algunas ciudades y se ha encontrado con alguna reclamación ciudadana, vecinal o empresarial, siempre les ha contestado con desgana, con chulería, como si acusara a los ciudadanos de estar abusando de su paciencia, de no cansarse de pedir inversiones, como si todos viviéramos de una sopa boba que sale de su bolsillo.

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La principal equivocación de Óscar Puente, en este sentido, es que parece que todavía no se ha enterado de que su cargo es el de ministro. Se le ha olvidado que cobra por dirigir el Ministerio de Transportes y no para que se comporte como ‘cheerleader’ del sanchismo, un bronquista profesional, que será muy efectivo para el PSOE, pero no para quienes le pagan el sueldo.

En el Congreso de los Diputados se ganó la confianza de Pedro Sánchez porque cumplió a la perfección el encargo que le hicieron para que se burlara e intentara humillar a Alberto Núñez Feijóo tras las últimas elecciones generales, pero, pasado ese momento, al llegar al Consejo de Ministros, al frente de esa cartera, debió cambiar de discurso y de tono. Sin embargo, sigue comportándose igual, en el papel de ‘diputado jabalí’ del que hemos hablado otras veces siguiendo la escala de Ortega y Gasset cuando se sentó en aquellos escaños ("sobre todo hay tres cosas que no debemos hacer aquí, ni el tenor, ni el payaso ni el jabalí").

Hay días en los que, a las doce el mediodía, sus perfiles en redes sociales ya acumulan quince o veinte mensajes, todos ellos buscando la polémica y la bronca. En las sesiones plenarias es fácil verlo, con la cabeza agachada y los ojos clavados en el teléfono móvil, durante horas. Pero si se pasa media mañana y media tarde enganchado al móvil, ¿cuándo trabaja este hombre? Pues a la vista está. Por eso hemos llegado a este punto en el que los billetes de tren tendrían que incluir un mensaje, como las cajetillas de tabaco, "subirse al tren puede causarle graves trastornos en el carácter".

El tren en España se ha convertido en un peligro social: en muchos viajes, llegas a la estación de destino con ganas de soplarle una hostia al primero que te encuentres. Síndrome ‘días de furia’, podría decirse, que es cuando se acumula el cabreo y los malos humores salen por las orejas, como en aquella película de Michael Douglas. Lo mejor es no tropezarse con nadie, ni que te rocen siquiera. Nadie que piense que es el momento de soltar una gracia inoportuna, un empujón maleducado o la contestación borde de un operario. Porque es la chispa que hace falta para estallar.

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