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Los cien días grises de Illa en Cataluña
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Javier Caraballo

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Los cien días grises de Illa en Cataluña

Tras diez años de ilegalidades, burlas, amenazas, desplantes y provocaciones, la noticia positiva es la llegada de un hombre que le devuelve a la institución el interés prioritario de los asuntos cotidianos

Foto: Salvador Illa durante una intervención. (Europa Press/Lorena Sopêna)
Salvador Illa durante una intervención. (Europa Press/Lorena Sopêna)
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El gris es un elogio, o un deseo, cuando se le aplica a una convulsión, a un estado de agitación constante, porque supone el regreso a las rutinas, que tanta falta nos hacen en esta vida. El político socialista Salvador Illa es un tipo gris, de eso no cabe duda, y el mejor elogio que podemos hacerle a sus primeros cien días al frente de la Generalitat de Cataluña es que le ha trasladado su carácter a la institución.

Tras diez años de ilegalidades, burlas, amenazas, desplantes y provocaciones, la noticia positiva es la llegada de un hombre que le devuelve a la institución el interés prioritario de los asuntos cotidianos, la sanidad, las obras públicas, la educación. Cuando se celebra como un logro que el presidente de una comunidad autónoma haya accedido a una reunión con el jefe del Estado, es que la avería anterior era voluminosa.

Se habían apagado todas las luces y ahora, cuando vuelven a encenderse, se descubre lo que antes pasaba desapercibido y, por eso, se celebra que se haya acabado el apagón, que tanto acongoja cuando se prolonga. Por lo tanto, coincidamos en ese mínimo común que destacan aquellos que defienden el Gobierno de Salvador Illa: se ha restablecido la normalidad institucional y se han apaciguado las demandas independentistas. De acuerdo, pero vayamos más allá y preguntémonos cuánto hay de estabilidad en esta situación y si, por la historia vivida hasta ahora, debemos descartar un nuevo rebrote del independentismo, al cabo de unos años. Veamos.

Foto: salvador-illa-100-dias-sin-presupuestos-oposicion

Salvador Illa ganó las elecciones catalanas, después de una larga década de degeneración independentista. Antes que él, ganó en idénticas circunstancias Inés Arrimadas, la primera dirigente política no nacionalista que ganó unas elecciones autonómicas en Cataluña. Aquello fue en 2017 y si no pudo gobernar es porque los independentistas perdieron las elecciones, pero sumaron mayoría absoluta en el Parlamento. El mismo destino, teóricamente, le hubiera aguardado a Salvador Illa si los independentistas hubieran mantenido su mayoría en la cámara catalana, pero no ocurrió así y, además, se produjo una segunda circunstancia que lo cambiaría todo con respecto a lo sucedido unos años antes, cuando la líder de Ciudadanos ganó las elecciones.

A diferencia de Inés Arrimadas, el socialista Salvador Illa sí estaba dispuesto a negociar una de las principales exigencias de los independentistas. El pragmatismo político que practicó el líder del Partido Socialista de Cataluña fue el mismo que ya había empleado, sobradamente, su mentor, el presidente Pedro Sánchez, cuando obtuvo el apoyo el independentismo catalán en sucesivas fases en las que les concedió los indultos, las reformas del Código Penal y, finalmente, la amnistía. Con esa misma estrategia avanzó Salvador Illa y los diputados de Esquerra Republicana le ofrecieron su apoyo para la investidura a cambio de un compromiso concreto: concederle a Cataluña la independencia fiscal.

Foto: politica-exterior-illa-no-abrira-embajadas-catalanas

Dentro del PSOE, —recordemos que el PSC es un partido político 'asociado' al PSOE—, nadie salió en defensa de ese acuerdo, salvo los miembros del Gobierno y de la Ejecutiva de Pedro Sánchez que comenzaron a llamarlo 'financiación singular', para camuflar, o al menos intentarlo, que habían cedido nuevamente en contra de los principios más elementales del socialismo español. Las protestas internas, en todo caso, se fueron amortiguando y, al repasar lo ocurrido entonces, hace días, destaca por su rotundidad, y por la personalidad de quien lo dijo, la frase de José Borrell: "El acuerdo entre los socialistas y Esquerra asume el relato del independentismo (…) y lo justifica con la tesis del 'expolio fiscal a Cataluña, que tanto pregonó Junqueras durante el procés y que yo he intentado contrarrestar".

No se trata de otra cosa, es verdad, y en los años duros del procés independentista, José Borrell se implicó seriamente en el desmentido de las mentiras independentistas, y hasta las documentó en un libro, "Los cuentos y las cuentas del independentismo". Tras el acuerdo catalán, debe sentirse como tantos otros socialistas que, defendiendo las posiciones históricas y principios del PSOE, de repente se encuentran que están fuera de las políticas de su propio partido.

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Sucede, sin embargo, como ha pasado con la amnistía, que no todo lo que se cede ni todo lo que se pacta puede acabar cumpliéndose posteriormente. Por suerte, estamos en una democracia que se sustenta en el imperio de la ley y la voluntad de un gobernante también está sometida al Estado de derecho. Y a la propia realidad, cambiante e inescrutable. Si había dudas de diversa naturaleza, constitucional y material, sobre la aprobación de ese modelo de financiación, ahora, tal y como se está desenvolviendo la legislatura, es más difícil aún que se produzca.

Por referirnos al último de los contratiempos, pensemos que la catástrofe de Valencia va a exigir un esfuerzo de financiación extraordinario, que va a descartar cualquier otro debate. ¿Alguien puede atreverse ahora a decir que la prioridad es la financiación singular de Cataluña? Hasta la última paletada de reconstrucción, la prioridad es Valencia y el Banco de España ya ha cifrado ese impacto en cerca de medio punto del PIB, con una repercusión extra en el mundo financiero, "un shock no sistémico para el sistema bancario", según el gobernador José Luis Escrivá, aunque confía en que la banca podrá absorberlo.

En todo caso, la duda es cómo le afectaría ese incumplimiento al débil Gobierno de Salvador Illa, que gobierna como Sánchez, sin poder aprobar unos presupuestos, sin apoyos estables en el Parlament, pero tampoco con temores de que ningún grupo pueda tumbarlo y apearlo del Gobierno. Una especie de 'inestabilidad sostenida', en fin, que se mantendrá hasta que Salvador Illa piense que su política de normalización institucional puede darle una mayoría parlamentaria suficiente para gobernar. El independentismo, por su lado, se contentará con la certeza de que en estos años han podido subir varios peldaños en sus reivindicaciones y que, ahora, en este tiempo de grisura, lo mejor es resistir y esperar.

El gris es un elogio, o un deseo, cuando se le aplica a una convulsión, a un estado de agitación constante, porque supone el regreso a las rutinas, que tanta falta nos hacen en esta vida. El político socialista Salvador Illa es un tipo gris, de eso no cabe duda, y el mejor elogio que podemos hacerle a sus primeros cien días al frente de la Generalitat de Cataluña es que le ha trasladado su carácter a la institución.

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