Después de lo que hemos vivido desde las elecciones del año pasado, tras un curso político de una sola ley, la ley de amnistía, la duda es en qué país imaginario estará viviendo esta gente
Caos en la estación de Chamartín. (EFE/Laura Rincón)
El caos de un gobierno se compone de dos factores, la complicación exponencial de los problemas y la inopia de los responsables. A partir de ahí, todo puede suceder.
¿Qué es lo peor que le puede pasar a un país que depende del turismo en el mes turístico por excelencia? Pues un caos ferroviario que trastorne o fastidie los planes de vacaciones de miles y miles de personas. ¿Qué es lo peor que le puede ocurrir a un país que es frontera de la inmigración? Pues que, en pleno ascenso de corrientes políticas de propaganda racista, la entrada de inmigrantes de forma ilegal se multiplique y desborde regiones y ciudades. ¿Y qué es lo peor que le puede suceder a un país para que su prestigio internacional se caiga por los suelos? Pues que, en medio de todo ese follón, venga un delincuente huido de la Justicia hace siete años y se pasee por España, con un gesto de burla insoportable, porque han considerado que no era conveniente detenerlo para no alterar los equilibrios políticos que sustentan al Gobierno.
Lo uno, lo otro y lo de más allá ha sucedido, está sucediendo en España en este mes de agosto y el testimonio más inquietante de la gravedad de esos problemas es la inopia, el descaro o el desistimiento del Gobierno.
De todo el abanico de despropósitos, el caos ferroviario podría elegirse como el más representativo de todos los problemas, porque se produce en el Ministerio del que ha surgido el primer brote de corrupción de este Gobierno y porque tiene al frente al ministro más faltón de todo el Gabinete, Óscar Puente, el 'ministro jabalí', como se le ha denominado aquí otras veces siguiendo la calificación negativa de los parlamentarios de Ortega y Gasset.
Los usuarios de Renfe van diciendo con razón que nunca habían presenciado "un descontrol así". La expresión, "descontrol", es la adecuada porque todo el mundo puede entender que en los servicios públicos existan problemas, que las maquinarias se averíen, que las huelgas paralicen los servicios o que la antigüedad de las infraestructuras provoque colapsos en ocasiones.
Todo eso se entiende y se padece, pero el descontrol es una sensación distinta, es el vértigo de la caída libre, la certeza de que todo es susceptible de empeorar porque no hay nadie a los mandos para solucionarlo. Cuando el 'ministro jabalí' comparece para hablar del caos ferroviario de su departamento, lo único que se le oyen son descalificaciones y amenazas en todos los sentidos, porque todos son culpables menos él. En el caos ferroviario de este verano, la culpa es de la empresa a la que se le compraron los trenes, Talgo, y el Gobierno que firmó el contrato de compra hace ocho años, un gobierno del Partido Popular, claro.
El único que no tiene responsabilidad es el ministro Óscar Puente, porque él ha sido designado para otros menesteres. Y así, se pasan las semanas, y los meses, las averías se convierten en rutina, hasta quinientas en dos meses, con una media de seis graves incidentes al día que afectan a millones de desplazamientos.
El caos de la inmigración comparte, igualmente, el vértigo del descontrol, porque lo que nunca hemos podido conocer de este Gobierno es cuál es su política migratoria. Desde aquella primera operación propagandística del Aquarius lo único que queda son los reportajes periódicos que nos recuerdan que han pasado ya seis años y todavía hay un gran número de inmigrantes de aquel barco que siguen esperando a que el Gobierno regularice su situación. "Ya somos valencianos de corazón, pero seguimos sin papeles", dicen estos hombres que se creyeron que era verdad que con el Gobierno de Pedro Sánchez, y con Marlaska de ministro, podrían vivir legalmente en España.
Que ese episodio de demagogia máxima haya provocado o no un 'efecto llamada' es la parte menos relevante de todo el conflicto, aunque quien suscribe tiene claro que nada de ello influye en la causa mayor, la presión migratoria. La cuestión es que, tantos años después, este verano se han disparado todos los registros de entradas ilegales de inmigrantes en Canarias y en Ceuta, por encima de 130% en los últimos meses.
A ningún gobierno europeo de los países que soportan en sus costas la llegada de los inmigrantes se le puede culpar del fenómeno, pero sí se les debe exigir que, al menos, no lo conviertan en una constante polémica política. Este Gobierno lo convirtió en debate electoral desde el primer instante y jamás ha buscado un acuerdo transversal, un acuerdo de Estado, con el principal partido de la oposición, que fue el que ganó las elecciones y el que gobierna en la mayoría de las comunidades autónomas. El descontrol del Gobierno consiste en hacer lo contrario de lo que pretende el 'Pacto de Migración y Asilo de la Unión Europea', en vigor desde hace unos meses, para "ordenar, homogeneizar y coordinar" la gestión de los inmigrantes que llegan al continente europeo de una forma irregular. Frente a eso, una política de oscurantismo, imposición, y sectarismo para salvaguardar los equilibrios y cesiones a los que se ve obligado por su debilidad parlamentaria.
La presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, ha publicado una tribuna de prensa, con motivo del primer aniversario del inicio de la legislatura, que se cumple este fin de semana. Dice la señora que se trata de un año "en el que se han conseguido grandes logros", y cita en primer lugar la imposición de los traductores de euskera, gallego y catalán en los debates parlamentarios. Con eso ya nos podemos hacer una idea clara de lo que se decía antes, la inopia de los responsables públicos para que los problemas que tenemos degeneren en caos.
En el caso de Francina Armengol, el aislamiento en la jaula de cristal en la que vive llega al punto de elegir, como reivindicación de esta legislatura, una cita de James Madison, uno de los padres fundadores y cuarto presidente de los Estados Unidos, que dice así: "El pueblo jamás traiciona sus propios intereses de forma voluntaria, pero estos pueden ser traicionados por sus representantes". Después de lo que hemos vivido desde las elecciones del año pasado, tras un curso político de una sola ley, la ley de amnistía, la duda es en qué país imaginario estará viviendo esta gente.
El caos de un gobierno se compone de dos factores, la complicación exponencial de los problemas y la inopia de los responsables. A partir de ahí, todo puede suceder.