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Juan José Cercadillo

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Soy idiota

Crónica confesional de una Semana Santa frustrada: planes perfectos entre Marbella, golf, banquetes y toros en Málaga y Sevilla acaban en renuncia doméstica por compartir juego con su hijo, entre culpa y humor

Foto: Marbella en una imagen de archivo (EFE/Antonio Paz)
Marbella en una imagen de archivo (EFE/Antonio Paz)
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Soy idiota. Pero no un idiota mediocre, soy un perfecto idiota. Pero lo de esta Semana Santa me ha elevado a un nivel superior de idiocia. Me miro hoy lunes en el espejo y me siento el idiota esférico, ese que, lo mire por donde lo mire, es idiota. Sin que para muchos de los que me conocen sea necesario abundar en mi afirmación autodescriptiva, procederé a justificar esta mezcla de sentimiento inevitable —me siento idiota— y de definición incontestable —soy idiota—.

Todo empezó con la planificación minuciosa de esa semana que todos los españoles dedicamos a fortalecer nuestras creencias y a sublimar nuestra fe en la única religión común que profesamos: la de descansar en cuanto podamos. No tengo grandes aspiraciones viajeras, no pretendo descubrir destinos raros y hace años que no integro aficiones nuevas. Vamos, que no tengo Instagram, lo que relaja enormemente la presión de decidir dónde pasar unos días de asueto. Es la ventaja de no tener que contarle a nadie lo bien que te lo has pasado. Pero esta vez, una cierta conjunción planetaria me puso en el camino de las vacaciones, sin ningún esfuerzo propio, las tres cosas que más me gustan y a las que dedico más tiempo después del trabajo. Se me prometían golf, amigos y toros en perfecta sincronía.

Uno de ellos, de los amigos, inauguraba la ampliación de su casa en Marbella. Un apartamento que en el jardín tenía vistas a la piscina, barra de bar y gimnasio. Bien porque necesitara comentarios sinceros, bien porque necesitaba simplemente escuchar lo bien que le había quedado, me invitó a pasar Semana Santa en el recién acabado anexo. Por supuesto que durante el día disfrutaríamos de la variada oferta golfística de la zona, haciendo uso de ciertas recomendaciones y enchufes de gran impacto en el tema precio. Lo que se agradece, viendo cómo se están poniendo las cosas. Llegaría el miércoles por la noche y, sin embargo, la combinación gastronómica elegida para esos días por mi amigo el foody prometía igual de elevado el coste que el disfrute. Nada que no pudiera asumir, entendiendo como entendí que la estancia corría del todo por su cuenta. Y no me atrevería yo a juzgar su capacidad de selección y de reserva haciéndome el buen invitado; me limitaría a disfrutar.

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Marbella tiene la heterogeneidad de una ciudad hecha a trocitos de países. Por ejemplo, un asador con fotos de Pedro Sánchez a tamaño natural y ciertos mensajes de trazo grueso a su presidencial persona colgados entre una exposición de dudoso gusto de tricornios, cascos de la Guardia Civil motorizada y hasta un traje de los Tedax enmarcado. Una vez perpetrado el "colgadicidio", donde quedó cualquier espacio descubierto, al decorador/dueño le pareció una gran idea cubrirlo de rojigualda. De manera que se pueden contabilizar en el entorno de varios cientos los estandartes del reino de España que contrastan con sus alegres colores al verde caqui predominante. En este peculiar ecosistema de tintes nacionalistas, la tortilla que presumen es francesa, le ponen bien de bacalao noruego y la carne que parrillan es de angus, por tanto 100% origen pampero.

La combinación nos llevaría al día siguiente a un japonés, puerta con puerta con el asador descrito. Como atractivo principal, me vendía mi amigo, gran propietario (con la nueva, se le puede considerar dueño de dos casas), que la enorme demanda de la que disfrutaba el local obligaba a un horario muy estricto, teniéndonos que sentar y levantar a la hora señalada por lejanos descendientes de los inventores del cronómetro digital. Una hora y veinticinco minutos exactamente. Extraño marketing, pensé, no muy coherente con la ceremonia y la parafernalia con la que dotan a sus almuerzos las culturas milenarias orientales, pero insisto en que no me parecía prudente oponer criterio alguno en mi humilde condición de huésped.

Tras tres días de golf y ardores, nos trasladaríamos a Málaga. A disfrutar de la corrida picassiana y de tres grandes toreros: Fortes, Juan Ortega y Pablo Aguado. Invitados por el flamante empresario saliente, y no obstante debutante al día siguiente en la Maestranza, José María Garzón, que, por cierto, se lo merece. Lleno de "no hay billetes" y esa tarde malagueña de entretiempo, de primavera, que es el mejor clima del mundo y seguramente el mejor perfumado de la Tierra. Tarde de disfrutar el toreo y de su buena mezcla con las artes plásticas. La plaza engalanada y cubista, los toreros vestidos a pinceladas.

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Lo de "sujétame el cubata que lo mejoro" podría haber sido literal, porque la idea era celebrar la noche en Málaga entre bares, qué lugares, y procesiones que van por dentro. Y al día siguiente llegar por la mañana a Sevilla. Otro amigo nos procuraba entrada en primera fila de su soñado debut en la Maestranza. No en la plaza, que también hubiera triunfado, sino en el atril del escenario del teatro del mismo nombre. Pregonero por todo lo alto, a Rubén Amón debimos sacarlo a hombros tras su magistral pregón de apertura de temporada. Defender la tauromaquia desde el sentimiento no impide adorarla desde la razón y nadie mejor lo explica que el inigualable Amón. Le brindó su intervención a su amigo Curro Vázquez, se confesó exiliado del ruido y la voluntad de exclusión de algunos aficionados de Las Ventas, reivindicó el derecho a hacerlo de muchos en los tendidos y de algunos en los ruedos. Lo hizo nombrando a El Juli. Admirador de los silencios, cuando hablar no aporta nada, normal que se sienta más a gusto en la plaza albero y blanca que entre los duros granitos en los que te sientas —o dan esas palmas de tongo— de ese Madrid que abanderan por demás tacaño y ruidoso. Y sobre todo ponderó y reconoció la figura de Morante como hito en sí mismo del toreo. Como época, como futuro recuerdo inexplicable, como un absoluto privilegio.

El triunfo estaba tan cantado como cantada estaba la resurrección de Morante esa misma tarde. El número de orejas daba lo mismo, pero que fueran dos, mucho le alaban. La competencia con Roca Rey, el empuje de David de Miranda, el ritual de Sevilla, la sensación de un evento, de nuevo el arranque del toreo desde su expresión máxima...

Qué mejor Semana Santa podría yo haber soñado. Y digo soñado porque con todas las entradas, los green fees y reservas en la mano, se me ocurrió que era buena idea quedarme a jugar con mi hijo tranquilamente en mi casa. Normal que cuando crezca, le mienta. Le contaré mi mejor Semana Santa en muchos años. Prefiero parecerle un padre despegado que uno idiota.

Soy idiota. Pero no un idiota mediocre, soy un perfecto idiota. Pero lo de esta Semana Santa me ha elevado a un nivel superior de idiocia. Me miro hoy lunes en el espejo y me siento el idiota esférico, ese que, lo mire por donde lo mire, es idiota. Sin que para muchos de los que me conocen sea necesario abundar en mi afirmación autodescriptiva, procederé a justificar esta mezcla de sentimiento inevitable —me siento idiota— y de definición incontestable —soy idiota—.

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