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Juan José Cercadillo

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Como una Cuba

Reclamar las libertades donde existen a las claras y obviar las represiones, las disfunciones, las injusticias donde saltan a la vista no es bajeza intelectual, es renuncia personal a ser moral

Foto: Personas juegan domino en una calle este sábado, en La Habana (EFE/Ernesto Mastrascusa)
Personas juegan domino en una calle este sábado, en La Habana (EFE/Ernesto Mastrascusa)
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Poco partidario de los ismos, siento especial repulsión cuando ponen el sufijo detrás de lo que tenemos en común. Comunismo. Tener en común muchas cosas no nos hace a todos ser lo mismo. Otros ismos intervienen: egoísmo, machismo… pero sobre todo realismo. En sí mismo no es locura el sueño de unificar el mundo; el problema viene luego, cuando de forma inevitable alguien tiene que ponerse con las manos al volante. Y deja de ser chófer al servicio para conducir sin permiso. Y se marca la distancia del cartel —cuando no del cártel— de prohibido hablar con el conductor. Algo de eso pasó también, y muy pronto, en esta empobrecida Cuba. Todavía hoy se paga el error y siempre lo pagan los mismos.

Basado en el cálculo fatal de no tener referencia real de los precios de las cosas y otorgar el mismo coste a la unidad trabajo/hombre, sin considerar ni el valor añadido ni la necesidad de remunerar el capital, ningún sistema comunista ha llegado a puerto alguno que se pueda considerar alternativa a la economía de libre mercado. Sus resultados han ido más bien por otros lados: o falta total de libertad o la pobreza más absoluta.

Cobijo de élites disfrazadas de uniforme o chándal, sangría monetaria con destinos extranjeros y fraudulentos, a los que llegan demasiado rápido. Privaciones de libertad por manifestar lo que pienses y la dependencia total de un sistema reprimido y represor que desincentiva el esfuerzo y domestica sin pudor a base de regalías. Y de servicios públicos, mitos tan publicitados como corruptos o inoperativos. Y todo rodeado de miseria física real, con seguridad provocada y camuflada en una inexplicable superioridad moral que debe engrandecer el hambre para sostener su verdad. Todo se apuesta a la esperanza de mejor vida al estilo religioso. Por la que también persiguen hasta exterminar, tal es su odio a la competencia, a cualquier atisbo de vida clerical o espiritual.

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Cuba sin revolución tenía clases, pero no castas como sucede hoy. Las clases resultan móviles gracias al capitalismo, verdadera revolución social que en el siglo XVI nos rescató del feudalismo. Por entonces, el hijo de un carpintero moría sin remisión carpintero y el hijo de un conde, de no resultar condenado por caprichos superiores, moría conde. Solo los más aguerridos, violentos y salvajes hacían carrera militar, único ascensor social de la época, reservado a los más ambiciosos, desalmados o arrogantes que escalaban con agallas, y a costa de breve vida, el muro de desigualdad que regía aquellas vidas.

Suena a la Cuba de las últimas décadas. Se ha heredado sin pudor el poder revolucionario; se han alistado, más que adherido, a una causa trasnochada todos los cabecillas de barrio por unas pocas migajas. Y han ascendido a las estrellas, las que se ponen en los hombros de la jerarquía militar, los capaces de ejercitar la fuerza en sus compatriotas. Continúa el aparato comandado, nunca mejor dicho, por los Castro y los castrenses. Prueba irrefutable de que el comunismo solo se ampara en la fuerza. Y en que las vallas se erijan para que no huya nadie a contarles su verdad, no para evitar que otros vengan a su supuesto paraíso, ese al que nadie quiere ir, ni dejan abandonar.

Las quejas sobre el bloqueo resultan contradictorias. Se quejan de los perjuicios de no trabajar con el sistema que ellos detestan y evitan con todas sus fuerzas ideológicas y coercitivas. Si no fuera por el cobijo que otros dan a cambio de sostener en sus respectivas casas la falacia comunista, Cuba ya sería Haití. La anarquía desesperada, el caos sin esperanza alguna de reconstruirse. El comercio nos enriquece, la globalización coopera, la especialización y la distribución permiten mejores rentas y, por tanto, mejores vidas. Con muchas injusticias, resulta ya difícilmente discutible que un mercado regulado es mejor que la política del control estatal, del subsidio y del economato. Pero algunos lo siguen negando.

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Por estas y otras razones se me tiran a la cara los titulares sobre los neomarxistas que comparan el comunismo teórico con el capitalismo aplicado que, con todas sus rendijas, resulta ser la vida misma que nos sigue funcionando. Y me fastidia aún más que disfracen su apología con causas humanitarias. Los miembros de las flotillas, llevándoles unas migajas que no resolverán nada, mientras blanquean el sistema que las hace necesarias, me resultan marionetas que a su vez manejan a los más manipulables.

Ver a Pablo Iglesias, nunca mejor dicho lo de Iglesias, sermoneando sobre las causas de la pobreza de Cuba mientras mira en el lado equivocado de un lobby de un hotel de cinco estrellas me resulta más dañino que una falsa moneda. Que eso es lo que es y en lo que resume el comunismo. En el valor irreal de las cosas, en los precios intervenidos, en los planes imposibles, en las locuras históricas y mesiánicas de, normalmente, unos chicos consentidos. Esos que organizan sus fiestas en cruceros, pero en los supuestamente bien vistos.

Reclamar las libertades donde existen a las claras y obviar las represiones, las disfunciones, las injusticias donde saltan a la vista no es bajeza intelectual, es renuncia personal a ser moral. Por mantener un discurso que aprendieron de jóvenes, aceptan la destrucción de todo lo que supuestamente defienden. Arrugan el entrecejo enfatizando su indignación cuando lo hacen en España. Y lucen amplia sonrisa, pedigüeña, colaboracionista y sumisa cuando visitan las máquinas de homologar a la gente, igualando sus miserias. Su defensa es egoísta, pero nunca individual. Es el ego el que les grita, los intereses ocultos su altavoz y la pobreza el eco que todo lo repite hasta que se haga verdad. Reclaman el control sobre los otros, imponer felicidad alimentando el conformismo. La falacia es que solo son felices los que disfrutan controlando los repartos. Esa actitud prepotente que ha martirizado a tantos la defienden desde un barco con soflamas y reproches, nunca con soluciones.

No sé si tomarán mucho ron, pero hay que estar como una cuba para defender que sigan gobernando allí a los que tienen así a Cuba. Si en el crucero entraban las bebidas –no sería de extrañar–, me resultaría la única explicación admisible.

Poco partidario de los ismos, siento especial repulsión cuando ponen el sufijo detrás de lo que tenemos en común. Comunismo. Tener en común muchas cosas no nos hace a todos ser lo mismo. Otros ismos intervienen: egoísmo, machismo… pero sobre todo realismo. En sí mismo no es locura el sueño de unificar el mundo; el problema viene luego, cuando de forma inevitable alguien tiene que ponerse con las manos al volante. Y deja de ser chófer al servicio para conducir sin permiso. Y se marca la distancia del cartel —cuando no del cártel— de prohibido hablar con el conductor. Algo de eso pasó también, y muy pronto, en esta empobrecida Cuba. Todavía hoy se paga el error y siempre lo pagan los mismos.

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