Miredondemire
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Redes, merluzos y alevines
Ese consenso social de niños tan consentidos, entretenidos de más, debería retornar a niños más atendidos. Sin más
Nos hacemos los sorprendidos, pero no podían haber venido más de frente. Redes sociales. Redes. Diseñadas a la perfección, mejoran la trama y el nudo de aquellas que nos convirtieron el mar en despensa y miles de años después no podrían tener otro desenlace que el primero que le otorgamos: la pesca del merluzo y el besugo. Todo "mejora" con el paso de los siglos, con la ambición, con el hambre de ceros en la cuenta. Hoy la urdimbre, la maraña, es planetaria y sus hilos ópticos, y a la vez invisibles, se anudan inevitablemente a las manos de cualquiera que, simplemente, no se quiera sentir aislado. Renunciar a la telepatía, al entretenimiento, al conocimiento que nos da ese nuevo órgano artificial que nos acabarán implantando no es fácil. De hecho, es imposible. Renunciar a la virtualidad, al mundo aumentado que nos ofrece, va contra la esencia humana, contra su voluntad de evolución y por lo tanto su uso está plenamente garantizado por los siglos de los siglos… que duremos.
Desde las sombras proyectadas por la luz de la hoguera en la pared de la cueva, hasta la realidad virtual que se nos viene encima, pasando por el teatro, el disfraz, la radio, la televisión o el cine, rodearnos de otros mundos siempre nos pareció atractivo. Hoy la pantalla en la que hemos convertido nuestra palma de la mano es la sublimación de la respuesta a la necesidad extracorpórea que atiza nuestra mente inquieta. Pero da la sensación de que se nos está yendo de las manos. Todo lo contrario de lo que está sucediendo realmente, que no nos quitamos el terminal de ellas.
Es un problema reciente, de hace nada en términos evolutivos, pero el salto es tan grande como que nos promete el abismo. Y la sensación de caída parece ser adictiva. No siempre fue así, visto con perspectiva de hace apenas treinta años. Vi nacer los móviles, pleno ya de mi consciencia. Tenía 25 años cuando dispuse del primero, en el trabajo. Resultaba paradójico que tenerlo avergonzaba al principio. Recuerdo a un amigo defenderse argumentando, y mintiendo, sobre un hipotético aviso para un trasplante. Estábamos en un bar y el reproche parecía lícito al no estar por entonces al alcance de cualquiera. La frustración empequeñece y proyecta, casi siempre acaba en insulto. La respuesta fue tan exagerada como eficiente, muy de aquella época.
¡Cómo ha cambiado el cuento en apenas un suspiro! De la voz del jefe o de algún amigo al pleno conocimiento universal. Del pixel escrito lento, a pulsiones, al vídeo sintético y colorido creado por la propia máquina que parece haber leído nuestro verdadero pensamiento. De las señales de humo convertidas en impulsos eléctricos para comunicarnos a distancia, a una ventana de seis pulgadas abierta a tantos mundos como tiene nuestro universo. El cósmico pero sobre todo el mental.
A mundos y a inframundos, desde luego. La cantidad de bazofia, de imágenes repugnantes, de sexo aspiracional y violento, de mentiras y de arengas ideológicas de los extremos de nuestra humanidad, vencen en número y en difusión -en audiencia- a todos los contenidos culturales, históricos y científicos. Esos que también esperan a ser vistos en ese revoltijo inmenso de granjas de servidores que mezclan lo útil con lo sucio, lo formativo con lo que corrompe, lo lícito con lo delictivo incluso. Y en el inmenso entremedio, billones de gigas de absurdo entretenimiento. Acciones banales, espejos con filtros, retos virales sin ningún argumento. Memeces, que debe venir de meme. Vidas populares, expuestas hasta el absurdo, replicadas por los imitadores del populacho, proveyéndose por igual de escape, alternativas a su mediocridad y, de forma inversamente proporcional, de ridículo.
Que cayeran merluzos y besugos en estas sofisticadas redes era de esperar. Forma parte de la cadena trófica que aquellos que se dejan arrastrar acaben engullidos a la vez por su desidia y por el sistema. Hay que ser pescado blanco para pasarse el día tragando ciertos contenidos. Pero el problema derivó en otro. En la pesca de alevines.
Primero nuestra juventud, alimentada con pienso intelectual para no tener que pensar, precisamente. Después la pesca de arrastre. De arrase. Crearon la necesidad de que nuestros niños estén localizados y vaya si los localizaron. Como grupo de consumo. El anzuelo hizo el trabajo. Picamos todos. Y hoy con diez años eres un verdadero pez abisal si no te luce algo al final de tu bracito.
El formato al que han derivado la exposición de los contenidos es asimilable al de las máquinas tragaperras. La adicción está garantizada, imagínense en un niño. Ese cerebro en formación es un auténtico coladero igual que lo son el compromiso ético de muchos padres que ven como mal menor la lenta destrucción intelectual de sus hijos siempre que les quede tiempo para atender sus propias redes, su propia desafección.
Una nueva forma de discriminación se cierne sobre el futuro. Una más. Dentro de veinte años se distinguirá a la legua quien tuvo control parental y a quien echaron al océano de mierda a vagar y a vaguear. Dicen que en China Tik Tok es herramienta de formación y arma de destrucción masiva en Occidente. Guerra sucia, guerra híbrida. Puede que se esté exagerando, pero estamos viendo los resultados de que pueda ser verdad. Basta ver una comida en cualquier restaurante un domingo y observar a los adolescentes, incluso a los niños, sin intercambiar palabra alguna con los padres. Ni miradas de entreplatos, ni comentarios, ni nada. Como mucho interpelarles para que les quede claro que su felicidad y futuro dependen de que pueda llegar a ser influencer.
Prohibir es mala palabra. Suele conducir al desastre. Pero la emergencia se desmadra. Y se despadra, si empiezas a dar por sentado que hoy los padres no pueden educar a sus hijos como les diera la gana. Ese consenso social de niños tan consentidos, entretenidos de más, debería retornar a niños más atendidos. Sin más.
Nos hacemos los sorprendidos, pero no podían haber venido más de frente. Redes sociales. Redes. Diseñadas a la perfección, mejoran la trama y el nudo de aquellas que nos convirtieron el mar en despensa y miles de años después no podrían tener otro desenlace que el primero que le otorgamos: la pesca del merluzo y el besugo. Todo "mejora" con el paso de los siglos, con la ambición, con el hambre de ceros en la cuenta. Hoy la urdimbre, la maraña, es planetaria y sus hilos ópticos, y a la vez invisibles, se anudan inevitablemente a las manos de cualquiera que, simplemente, no se quiera sentir aislado. Renunciar a la telepatía, al entretenimiento, al conocimiento que nos da ese nuevo órgano artificial que nos acabarán implantando no es fácil. De hecho, es imposible. Renunciar a la virtualidad, al mundo aumentado que nos ofrece, va contra la esencia humana, contra su voluntad de evolución y por lo tanto su uso está plenamente garantizado por los siglos de los siglos… que duremos.