Miredondemire
Por
Aves de paso
Reflexión íntima tras un accidente: el dolor desgarra, el determinismo promete consuelo y falla; quedan fe, respeto y compañía para acompañar el duelo y resistir la ausencia insuperable
mBuscamos la felicidad, pero hay días que no encontramos consuelo. La tragedia, hasta de lejos, te hace su muesca en el alma. Más cercana la tragedia, más profunda y más te sangra. Pero ni el confort de tu sofá, ni la distancia a los hechos, ni lo anónimo de las víctimas para tu conocimiento, restan el escozor intenso que un tren tumbado en las vías, que un amasijo de hierros, producen en tu barriga viendo tal acontecimiento.
No puedo pensar, ni quiero, el dolor tan angustioso, la desesperación tan por dentro de saber que un familiar, un amigo, un compañero, pudiera haber sacado un billete que me lo lleve tan lejos. Tan popular, tan usada, tan asequible por cierto, esa línea y sus boletos circulan por nuestro entorno con la característica estadística de que nos pudo pasar a todos, de que no somos ajenos.
Las explicaciones, esquivas, se mezclan con gritos y lloros. La tragedia de la vida es la muerte prematura. Morir y sobrevivir a esto, a unos padres fallecidos, a un hermano, a un hijo, a unos recientes nietos. No sé el lado que elegiría en esos primeros momentos cuando la incertidumbre da paso al mazazo irreparable de esa ausencia inesperada. Quedarse y sobrellevarlo o marcharte, sin llevarte nada. No sé lo que duele la muerte, pero sé lo que el duelo te mata.
Ese corazón que arranca el ser querido en su marcha. Ese estómago encogido crónico, crónica de una muerte en vida y anunciada. Ese vacío de entrañas que nunca llenarás con lágrimas. Ese temor a vivir amputado de un amor y de por vida. Ese quererte reír que siempre se quedará en mueca. Ese haberte preferido ir, a que se hubiera marchado… te deja un mar de preguntas y un desierto de respuestas.
De las pocas que nos quedan: la fe en todos sus formatos. La mejor vida en otra vida, las maleables promesas. El ir hacia el siguiente paso, el superar una prueba. Y cada uno se aferra al clavo que menos le arde y clama contra la simpleza de esta vida pasajera y transitoria, volandera, aleatoria y escueta. El cuerpo se finiquita justo cuando el alma se libera. Y se queda entre nosotros… o vuela. O se instala en otro cuerpo y vuelve a girar la rueda. Conozco muy poca gente que cuando se acerca su muerte, o la de alguien que quiere, afirme científicamente el final de la consciencia. Urdimos diversos caminos para renunciar a un final tan a negro, tan temprano, tan a ciegas.
Muchos he visto evolucionar de naturalista ejemplar, de mortalistas convencidos, a pontificar que todo está conectado. Mortalistas irredentos por el hecho, hoy por hoy irrefutable, de que el alma no nos sobrevive al cuerpo. La consciencia sin soporte biológico parece no encontrar su hueco. Eran sus reflexiones, sus convicciones científicas de bareto. Pero la edad les hizo cambiar. Convertir el deseo en convencimiento. Y hoy se niegan a pensar que la vejez de su cuerpo, remate como remate, por accidente o agotamiento, suponga ningún final a su ensimismamiento.
Y en esas y en su simplicidad se aferran al determinismo. Y piensan, o quieren pensar, como pensaba Laplace en su ensayo filosófico sobre las probabilidades. Y desde ahí, en el pasado necesario y en ese futuro único e irremediable, que hace traducir nuestra ignorancia en lo que llamamos azar. Todo, absolutamente todo, estaría calculado. Cada acto sería por algo y para algo, y existiría una mente capaz de calcularlo todo. Un ser -una mente- ideal, con conocimiento total y con capacidad de cálculo ilimitada para que lo siguiente que pase, sea lo que tenía que pasar: el demonio de Laplace. Ese que lo urde todo y lo conoce al detalle.
Opinión Miedo da ese parecido con la inteligencia artificial. Así que ahora se deslizan al determinismo metafísico que defendía hasta Einstein como explicación de Dios: el de Spinoza. Dios es la Naturaleza y sus leyes infranqueables. Y todo vuelve a pasar por un algo y para un algo. Todo tiene su porqué. Y se debe explicar bien, por poco que lo entendamos, porque la Naturaleza permanece. Y nosotros, como parte de ella, también. Somos conscientes de nuestras acciones, pero no reparamos en las causas que las determinan. Es la explicación más cómoda que han encontrado para explicar sus deficiencias y nuestras limitaciones.
El porqué de lo ocurrido nunca nos llega instantáneo. Se entenderá con el tiempo. Fue por algo o para algo ese enorme sufrimiento, repiten en su burbuja blindada para el sufrimiento. El ajeno, claro. Y más nos vale aceptarlo porque lo contrario hunde, aniquila y te masacra. Es perverso, nunca más que dicho hoy, que te expliquen el determinismo con el ejemplo de un tren que no puede abandonar su vía. El camino está trazado, incluso cuando descarrila.
Y yo de verdad, no puedo escuchar eso sin que se me rompa el alma, me resulta insoportable su lógica y su distancia. Lo escuché, y repetido, hace apenas unos días tratando de explicar la muerte del joven hijo de una amiga al que descarriló una moto. Y es lo último que quieres oír en ese tipo de circunstancias. Yo les haría entender el desconsuelo y la rabia. La que no se explica, la que se sufre en lo más interior de tus entrañas. Y el no saber ni qué hacer, ni dónde ir, dónde meterte, cuando lo que te importa te falta.
No soporto ni lecciones filosóficas, ni compasión impostada. Las viví hace unos días y las intuyo por Huelva. Respeto, amor y condolencias. Abrazo, comprensión y calma. Con un nudo en la garganta brindarles también nuestro duelo, acompañar su dolor y sufrirlo hombro con hombro. No les vale ni el consuelo de sabernos todos frágiles y sin remedio mortales. Nunca podrán entender, aun sabiéndonos aves de paso, que algunos levantaran ayer el vuelo sin avisarnos.
mBuscamos la felicidad, pero hay días que no encontramos consuelo. La tragedia, hasta de lejos, te hace su muesca en el alma. Más cercana la tragedia, más profunda y más te sangra. Pero ni el confort de tu sofá, ni la distancia a los hechos, ni lo anónimo de las víctimas para tu conocimiento, restan el escozor intenso que un tren tumbado en las vías, que un amasijo de hierros, producen en tu barriga viendo tal acontecimiento.